Durante la pandemia hemos experimentado ese fenómeno en el cual quien padece una enfermedad se vuelve casi un experto en la misma. Sin embargo, como esa persona, no podemos decir que sea realmente experta sino que ha acumulado tanta información que se vuelve capaz de manejarla como si estuviéramos ante el médico especialista.
De esa manera, hemos visto convertirse a la gente de las redes en eminentes epidemiólogos, infectólogos, virólogos e incluso “vacunólogos”. Economistas con las “supuestas” mejores estrategias para equilibrar que la economía no se derrumbe y no incrementen los contagios; cabilderos de la industria farmacéutica con “supuestos” mejores planes de vacunación; químicos que nunca han tomado una muestra de paciente covid-19 pero ofrecen charlas virtuales para capacitar a otros químicos en toma de muestras, y dentistas que se convirtieron en prominentes epidemiólogos de la noche a la mañana.
Es decir: presenciamos en tiempo real a gente que, por tener un título, la anuencia de los medios o de su propio gremio y una idea distorsionada sobre lo que ocurre en una pandemia, se convierte supuestamente en expertos cuando distan mucho para serlo. Y no está mal que se genere una conversación pública alrededor del quehacer científico o cómo entendemos fenómenos complejos -una pandemia-, pero lo aterrador es que se validen voces que no tienen la experiencia requerida en temas donde se pone en riesgo la vida de millones. ¿Cómo puede ser posible que se pretenda instaurar a una experta en microbioma bucal con conocimientos moleculares, en la supuesta autoridad y crítica de la estrategia sanitaria de un grupo de verdaderos expertos? ¿Cómo es que los economistas pueden opinar con la mano en la cintura sobre tener mejores resultados en el manejo de la pandemia? ¿Por qué validamos a gente sin la suficiente capacidad para hablar de algo que plenamente desconoce?
Esto en México se ha convertido en una disputa política antes que técnica desde los primeros días de la pandemia. Se quiso imponer la visión de que el gobierno encabezado por AMLO era una simple urdimbre de improvisados con un jefe de Estado más creyente de símbolos populares que de verdaderos elementos científicos para combatir al virus.
Primero fue la idea de cierres anticipados a las actividades (planes de 5 días para evitar la tragedia), luego se dio cabida a un ruido ensordecedor con el fetichismo de las pruebas y más pruebas, seguido por la insistencia de que se imponga al cubrebocas como ‘la medida’ sanitaria sin integrar las medidas que logran que esto funcione -como es el aislamiento social y el lavado de manos-. Pasamos luego a la disputa entre el exceso de personas fallecidas, otros planes de 8 semanas para acabar con la pandemia y llegamos a la culminación de la desfachatez con la publicación de un libro que sentencia de una vez por todas que el Dr. Hugo López-Gatell es un criminal y lo hizo todo mal.
Pero lo que no nos dicen esos supuestos expertos es todo el contexto sobre el que nos encontramos: la crisis no solo es exclusiva de nuestro país sino de prácticamente todo Occidente; no se expone la decadencia del sistema de salud pública en México -que se encontraba desarticulado para poder evitar una tragedia mayor-, ni se explican las razones de la falta de soluciones mágicas en un plano donde el virus circula cada vez más y apenas tenemos vacunas.
Los que acusan de criminal a este gobierno son verdaderos agentes de querer lucrar con la tragedia a costa de lo que sea por dinamitar una estrategia de un grupo tecnocientífico capacitado. Es increíble que en México se quiera instaurar una versión alejada de la realidad a punta de golpes mediáticos y charlatanes que, sin empacho, dictaminan que todo lo que se ha hecho está mal. Pero como siempre pasa -y más si hacemos caso a la experiencia del devenir científico- los charlatanes de inicio logran cautivar pero, cuando es el momento de trascender a la historia, aquellos que actúan con ética, empatía y apegados a las herramientas del método científico son quienes terminan por ser reconocidos. Así pasará entre la dentista molecular y el experto de la pandemia, cada quien quedará en el lado de la historia que le corresponde.


