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domingo, 7 febrero, 2021
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Vaya que han sido semanas tensas en la capital a raíz del incremento de contagios por covid-19. Pero como con otras situaciones, algunos actores políticos y plataformas de comunicación, lejos de contribuir a la gestión de la crisis social, la agudizan y explotan haciendo de su participación un permanente patrocinio de la confusión, y desaprovechan la oportunidad histórica de promover un mensaje que, ya para estas alturas, debería haber quedado claro: ni de esta crisis, ni de ninguna,  se sale con la acción de uno solo -ni de un gobierno-, mucho menos en un contexto en el que cada quien jala agua para su molino. Sobre todo, en un ambiente democrático como el que hemos luchado tanto por alcanzar y que atesoramos, es simplemente imposible que las políticas y su instrumentación recaigan únicamente en la autoridad. Tampoco la responsabilidad de sus efectos. 

Claudia Sheinbaum ha canalizado una enorme cantidad de recursos y energía para enfrentar la pandemia. En una situación de recursos limitados, ha priorizado poner a disposición de los capitalinos dos grandes beneficios: por un lado, la ampliación de capacidades de atención médica y diagnóstico y, por el otro, información detallada, actualizada en tiempo real y lineamientos sustentados en investigación científica sobre qué hacer, cómo cuidarse, a dónde acudir, de qué manera prevenir el contagio. También ha mostrado una importante capacidad de adaptar sus políticas a la evidencia sobre el impacto que estas tienen, en función de la carga de contagio y necesidades económicas de la población, lo que representa uno de los equilibrios más difíciles de lograr, y cuya expresión más reciente está en las determinaciones que ha modificado con respecto a las condiciones de apertura de establecimientos comerciales y restaurantes. 

No debería sorprender que, aún con todo, en la capital tocamos un pico de contagio y hospitalizaciones graves; pero es un momento oportuno para reflexionar por qué, y alertarnos sobre evaluaciones limitadas, poco sustentadas, o mal intencionadas que, con o sin tintes políticos, terminan dinamitando todo intento de dar cauce al flujo de información y a marcos de referencia que sean útiles para las personas. 

Y es que no existe estrategia que soporte sin damnificados el resultado de décadas de abandono al sistema de salud, una población empobrecida y enferma y, además, actualmente desinformada por el flamante esfuerzo de los principales medios de comunicación, que han establecido desde el primer momento como mensaje principal que la obligación del gobierno es que la pandemia simplemente no exista, que se vaya. Lo contrario -se sugiere en cada nota-, es un fracaso de la estrategia. Pongo el ejemplo de los últimos días: hace semanas, cuando empezó a subir la curva de contagio en la capital, cundió la presión a la jefa de gobierno por declarar semáforo rojo y cerrar todo.

Sheinbaum resistió por las implicaciones económicas que tendría, con una agresiva campaña de información y emplazamiento a los ciudadanos a observar ciertas medidas, como no realizar reuniones en espacios cerrados y cuidar al máximo la sana distancia en establecimientos. No se hizo. Ni se hicieron cargo muchos establecimientos, ni hubo en medios un llamado o un discurso a la altura de las circunstancias. Sí vimos, en cambio, las cenas multitudinarias de Salinas Pliego, o bodas y fiestas privadas de gente famosa, mientras por otro lado se condenaba a Claudia por no cerrar. Vino lo inevitable: se declaró semáforo rojo y todo cerró. 

La queja se centró, entonces, en que los comercios estaban sufriendo pérdidas y que los recursos (que, repito, son limitados) debían usarse para apoyar empresarios y restaurantes. A nadie se le ocurría que eso pudiera significar que, en consecuencia, no se usaran en la atención de la gente ni en apoyos a la población más vulnerable, como finalmente se hizo. El otro grito, muy bien explotado por algunos medios, fue que de nuevo se les dejara abrir para que no se comprometiera la economía de los comercios y sus trabajadores, al mismo tiempo que se señalaba condenatoriamente el alza en los contagios. Es decir, la lógica mediática de que no hay salidas. Finalmente, en las dos últimas semanas se ha permitido una apertura gradual y bajo condiciones que toman en cuenta la experiencia anterior, en donde la mayor lección es que el contagio aumenta en lugares cerrados y, por tanto, la operación debe ser al aire libre. Ello derivó en que restaurantes sin terraza puedan hacer uso de las banquetas para operar. Y frente a las presiones de otro tipo de establecimientos, como los centros comerciales que son espacios cerrados, apenas se les permitió abrir con un aforo del 20% y supervisión del cumplimiento de sana distancia, además del uso de QR, en medio de una semana en la que el contagio bajó. Y de nuevo, nos encontramos con ocho columnas que aquello que acentúan es: “A pesar de semáforo rojo, abren centros comerciales”. 

¿Que hay crisis económica? Por supuesto. ¿Crisis de contagio? También. Pero en el centro del mensaje, poco se han preocupado la mayor parte de quienes tienen micrófono por difundir un entendimiento sobre el complejo dilema de atender ambos, mucho menos por los procesos de negociación que ha emprendido el gobierno con distintos grupos afectados para encontrar soluciones compartidas en las que se pueda operar reduciendo las afectaciones económicas, pero también mitigando al máximo el impacto de ello sobre el contagio. Y es que, si se pusiera atención en cosas como esa, la prensa contribuiría a la comprensión de que aquí todo el mundo tiene que poner de su parte y, también, al inevitable hecho de que este escenario afecta a cada sector social en el mundo, tanto en la salud, como en lo económico. 

De todo, y en medio de un fenómeno del que todavía no se conoce toda su dimensión, la responsabilidad compartida y la certeza de que la pandemia nos ha de afectar a todos tendrían que ser las grandes lecciones de esta crisis, y existe gran responsabilidad en quienes se resisten a otorgarle un lugar en nuestra vida social, económica y política, con información que más bien promueve el egoísmo, el golpeteo y la falta de comprensión de los problemas.  Y eso que no hablé de cómo se abordó lo de las vacunas, que esta semana fue brutal. 

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