junio 13, 2021

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miércoles, 10 febrero, 2021
La imprescindible
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La imprescindible

Todas hemos escuchado historias de terror o experiencias desafortunadas en diversas áreas médicas. Me atrevo a decir que algunas de las más duras son relacionadas con la ginecoobstetricia, ya que es necesario revisar a las mujeres en una posición incómoda y vulnerable, además de que el área obstétrica implica la vida de dos seres. Las complicaciones y los resultados adversos en algunas circunstancias se vinculan con las condiciones propias de la paciente, con los recursos humanos del hospital, con los insumos médicos y con el ambiente que rodea a las pacientes durante la valoración y tratamiento.

Hace nueve años inicié mi formación como gineco-obstetra en una burbuja de cristal si se compara con la realidad del resto del país. Estudiaba en un hospital de tercer nivel que contaba con recursos médicos (tanto en personal como en insumos) en general suficientes, lo que causaba entonces que cada paciente tuviera una adecuada valoración médica. En cuanto salí, tuve la oportunidad de trabajar en un hospital en las afueras de la ciudad que tenía la característica de tener demasiadas pacientes, poco personal y aún menos insumos médicos. A pesar de eso, comencé mi etapa profesional con mucho entusiasmo porque creía que podía con ello. Mi razonamiento era que solo debía aplicar lo aprendido a lo largo de los cuatro años previos, pero un balde de agua fría -la realidad- me alcanzó muy pronto.

Para empezar, yo estaba acostumbrada a que todas las pacientes parieran sin dolor si lo querían. En cambio, aquí  había un anestesiólogo para 20 pacientes, por lo que sólo se ponía analgesia a las que se les realizaban cesáreas. No había suficientes especialistas, así que el área de urgencias obstétricas era atendida por médicos generales. Mucho menos había pediatras, por lo que el servicio de enfermería se encargaba de reanimar a los recién nacidos. A las pocas semanas ante mis ojos no sólo veía cómo sucedían tragedias, sino que empezaba a entender que no había manera de evitarlas. Mi primer evento traumático fue cuando tuve una paciente con dos cesáreas previas -no podía tener un parto por riesgo de ruptura uterina- debía ser operada y, al mismo tiempo, otra paciente con baja reserva fetal -cuyo bebé no estaba tolerando un parto- debía ser intervenida, pero solo había una sala disponible para cirugía. Cuando le comenté a la encargada del servicio, me contestó con un tranquilo “pues escoge”. 

A esta situación se añadían otros factores, como colegas que hacían lo menos posible en el trabajo, pacientes que nos culpaban por no dar un buen servicio, autoridades que nos exigían hacer milagros para el manejo de pacientes complicadas y, finalmente, terminar por acostumbrarse a otro óbito, a otra muerte materna, a otra eclampsia, a otra hemorragia obstétrica… Llegó un momento en que me cansé de pelearme contra el sistema, de operar pacientes que mis colegas de otros turnos no hacían y de estar angustiada por las complicaciones que pudieran tener. Y cuando el hartazgo estaba a punto de transformarme, Mónica estuvo ahí para impedir que me envolviera la apatía y el conformismo. Literalmente fue como una luz cuando yo solo veía obscuridad. Día con día me enseñaba con su ejemplo y con una sonrisa me repetía que íbamos a demostrarles cómo se hacía el trabajo, porque de lo contrario las pacientes pagarían por un sistema podrido. 

Me decía: “Pues si Yoa, ellos están mal, pero ¿qué hacemos? Son miserables y eso nunca se les va a quitar. Ya lávate y vamos a operar.”. Y, además de todo, tenía una enorme habilidad quirúrgica que repercutió de manera positiva en nuestros resultados. Nunca la vi desesperarse en las cirugías, así no tuviera tono el útero, así tuviera muchas adherencias la cavidad abdominal o así el feto estuviera en una posición difícil para nacer. Han pasado cinco años y, aunque cambió de hospital, la situación en torno al ambiente médico no fue muy diferente. Los mismos patrones de inseguridad a la paciente se repitieron, así como las mismas exigencias de hacer milagros. No tiene reparo en ir a pelearse con su jefe para operar a una paciente que lo requiere. Además, a pesar de ser explosiva, ha tolerado estoicamente agresiones de pacientes que se desquitan con ella porque el sistema de salud es deficiente. Nunca huye de las cirugías complicadas ni busca pretextos para no operar. 

En los hospitales públicos, así operes una o 100 pacientes, recibes el mismo sueldo. Conozco a muchos que prefieren no arriesgarse. Además, ella les explica a las pacientes los riesgos y beneficios de todo lo que hace, en lugar de simplemente entregar un consentimiento como muchos y decirle “firme ahí si quiere que la opere”. Sigue hablándome, en ocasiones llorando, para contarme cuando una paciente no tuvo el desenlace esperado. Tiene la humildad para preguntarme mi opinión en el manejo de algún caso.  No conozco a alguien como ella. El sistema no se la ha comido, literalmente no ha podido contra ella. Mónica sigue llegando a trabajar con la misma alegría con la que hizo su primera cesárea. Entendió su papel como doctora y la vulnerabilidad de las pacientes en este sistema. Así que cuando alguien pide comprensión por la mala actitud de un profesional de la salud en un hospital, siempre creo que le falta una Mónica en su vida, que con el ejemplo les enseñe cómo no perder la calidad humana. Cuando Bertolt Brecht hablaba de que hay quienes luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles, estoy segura de que se refiere a personas como Mónica. Gracias, imprescindible, por enseñarnos con tu ejemplo y con tu amor a no rendirse.
 

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