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domingo, 14 febrero, 2021
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AMLO, el cubrebocas y el mesianismo: el culto oculto de la personalidad presidencial

En México hay diez entidades federativas donde el uso del cubrebocas es obligatorio: Ciudad de México, Puebla, Morelos, Tamaulipas, Nuevo León, Quintana Roo, Oaxaca, Durango, Coahuila y Yucatán. En diciembre del año pasado, la Secretaría de Salud, basada en un estudio de una universidad británica, expuso que México es uno de los países donde la población más cubrebocas usa de manera voluntaria, cuestión en donde se rebasa a los otros dos países de Norteamérica: Estados Unidos y Canadá. En suma, continúa el estudio, México es uno de los países de todo el mundo con mayor uso voluntario de mascarilla, práctica ejercida por el ochenta por ciento de la población.

Aun así, la pandemia ha golpeado fuertemente a todos y somos uno de los países donde la letalidad del virus es mayor. Desde hace tiempo, estas cifras nos debieron haber dejado en claro que el fondo de este asunto no radica en el uso o no de cubrebocas, sino en otros factores, escenario donde se resaltan –sin ser lo único en ese respecto- las comorbilidades históricas de nuestro país.

Sin embargo, el reciente contagio de López Obrador de covid-19 y su reaparición pública sin cubrebocas suscitaron una intensa serie de quejas que revela una vena elitista tanto en el debate público como en el escenario político: se exige que López Obrador use la mascarilla para “poner el ejemplo”, y, además, para que sus “fanáticos” también lo hagan. O algo así.

De acuerdo con los números, los mexicanos ya usan mayoritariamente el cubrebocas. No han necesitado ni del ejemplo de López Obrador, ni de Jorge Alcocer, ni de Hugo López-Gatell ni de Claudia Sheinbaum ni de los gobernadores de la oposición. Los mexicanos por sí mismos lo usan. Sin embargo,  el reclamo –más fetichista que racional-, es que como AMLO no lo usa, entonces concita a que nadie lo use y a que los contagios y muertes se multipliquen.

Las razones de la alta mortalidad del virus en México, así como la discusión sobre si hay buenos motivos para pedir que el Presidente de la República use el cubrebocas, son de otro debate. Más allá de eso, es importante resaltar la vena autoritaria de la oposición a la que se aludía antes, y consiste en el hecho de que ese sector, que domina espacios de opinión y foros públicos, asume sin razón que los mexicanos en general –y los votantes/simpatizantes/seguidores de López Obrador en particular- son una plasta homogénea y zombificada,  cuya capacidad de intelección es nula y apenas rigen su primitiva conducta mediante rudimentos imitativos, más propios de una marioneta que de la especie homo sapiens sapiens. Si el líder iluminado de esa masa amorfa se pone cubrebocas, entonces la masa amorfa se lo pondrá también.

Esa manera de pensar no sólo es contraria a los hechos (porque los mexicanos sí usan mayoritariamente cubrebocas, se lo ponga o no el Presidente), sino que es una pulsión elitista e irrespetuosa: la creencia de que un liderazgo político como el de AMLO es una relación conductista, y los “30 millones de ignorantes” son corresponsables de los problemas que, en el imaginario de ese grupo, el país padece.

Es ahí donde repunta esa deleznable práctica opositora: omiten hechos clave que explican la trágica forma en que la pandemia a golpeado a México; omiten las acciones clave de la Secretaría de Salud por las cuales esta situación no ha empeorado; y pretenden reducir todo a una simplonada de causa y efecto: como “López no usa cubrebocas pues entonces fomenta que nadie de sus perros pavlovianos y tontos seguidores lo use y eso es lo que ha hecho aumentar los contagios y muertes”.

Esa “reflexión” absurda es increíble por dos razones: la primera de carácter empírico, pues no hay evidencia alguna que la sostenga. Y otra de carácter ético, pues de verdad hay que padecer una soberbia patológica –o una ignorancia y desmemorias interesadas- para asumir que el día de hoy puedes insultar a un amplio sector de la población al considerarlo una masa amorfa, y el día de mañana tratar de hacer que esa masa amorfa simpatice por ti –y no por “López”- y de convencerlo que de verdad estás interesado en su bienestar.

Sin embargo, la realidad es que este perfil elitista y agresivo no es cosa nueva ni se reduce al problema del cubrebocas. Desde hace décadas esas ínfulas antipopulares de los adversarios de AMLO se han sublimado en conceptos que suenan críticos, pero que en realidad entrañan un desprecio ramplón por los simpatizantes del hoy Presidente de México:  cada vez que se le ha tildado de “caudillo”, “iluminado” o “mesías tropical”, necesariamente hay una presunción de que detrás de él hay una punta de bestias primitivas que han renunciado a pensar para que su líder lo haga por ellos.
Poco importa que quienes apoyan al Presidente sean una gama diversa, compleja y heterogénea donde se suman desde los intereses más legítimos, movimientos sociales democráticos, perfiles sociodemográficos diversos, simpatías que hoy en México son notoriamente mayoritarias, hasta sectores oportunistas de la política profesional.

Poco importa que se haya demostrado hasta el cansancio que la preeminencia  y popularidad de AMLO no nace del pensamiento mágico sino que es un ejemplo claro de lo que Max Weber llamaba el “liderazgo carismático”: López Obrador tiene ese vínculo fuerte con la gente porque en su biografía política han sido constantes los actos de excepcionalidad; es decir, ha emergido como un personaje que, a excepción de sus contemporáneos, ha encabezado hechos que -de no haber ocurrido- no habrían devenido en el modo en que la historia acaeció. En su juventud, mientras la mayoría de los burócratas priistas tabasqueños llevaba una vida regalona, López Obrador en el instituto indigenista trabajaba más allá de su horario laboral  y de manera eficiente, mientras que monetariamente vivía como un chontal más. Mientras los mandos medios priistas se habían beneficiado o acostumbrado a la corrupción, López Obrador la denunció en su propio partido. Mientras la mayoría de los políticos miraban de lejos a la gente y sólo en tiempos de campaña electoral  fingían interés, López Obrador ha llevado un hábito permanente de ir a ras de suelo, casa por casa –primero en Tabasco, luego en el DF, luego en el país entero-, recogiendo diagnósticos y mirando los problemas más apremiantes de toda la geografía mexicana y, asimismo, actuando en consecuencia, al hacer visibles y tratar de resolverlos por la vía institucional o de la resistencia civil. 

El liderazgo político de López Obrador conlleva ventajas y desventajas, pero es una mezquindad no reconocer que se ha anclado en una biografía donde esos episodios de excepcionalidad en la conducta han sido la regla, y por ende el vínculo con sus simpatizantes nace de una relación más constructiva que deletérea. Alguna vez así la definieron con gran acierto Carlos Castaño y Octavio Rodríguez Araujo: el liderazgo de López Obrador es democrático por la sencilla razón de que es un líder que sigue a sus seguidores. Se trata de un personaje que, con acierto, ha diagnosticado los problemas nacionales desde la óptica directa, a ras de suelo, uniendo múltiples voces que han contenido urgentes reclamos que la burocracia elitista que gobernaba el país ni siquiera sabía de su existencia. La pobreza lacerante, los excluidos, el racismo, el clasismo, la violencia como resultado de una pérdida de sentido de comunidad, la contaminación de las mineras, la deserción escolar evitable, el abandono a los adultos mayores y la pauperización del campo habían sido los grandes problemas de las mayorías que fueron desapercibidos por otros gobiernos y hoy son ejes centrales de la administración lopezobradorista. Así se ubicaron gracias a esas “formas populistas” de hacer política, y gracias a que esa “masa amorfa” se atrevió a visibilizarlos y compartirlos con ese que es su “líder iluminado”.

Entre el coro opositor, el único que parece haber entendido esto es el limitado y ambicioso Ricardo Anaya, quien -al menos en el plano de la simulación- ha optado por centrar su pre-campaña presidencial en imitar a López Obrador y tratar de recoger, a ras de carro, uno que otro sentir popular para exhibirlo en redes. Hasta el momento nadie ha hecho las acusaciones en su contra que sí se le hicieron a AMLO (“¿de qué vive Ricardo Anaya?”, “¿quién financia su campaña?”, “¿por qué recurre al populismo de ir a preguntarle cosas a la gente?”), pero bien podría ponerse de relieve que, en el fondo, él y su equipo asumen que la gente no es tonta y da más réditos pretender darle su lugar –así sea de forma hipócrita, como lo hace el panista- que insultarla y menospreciar su intelecto desde redes sociales o espots mañosos.

Y es ahí donde repunta la falacia del “mesianismo” de AMLO. En el fondo, quienes de eso lo acusan asumen que ellos son una especie de élite sobre-ilustrada y de casta, que tiene el derecho de achacar minusvalía a las mayorías mexicanas, menospreciarlas y considerarlas tontas (aunque sean ellos los que sistemáticamente caigan en la difusión de notas falsas, padezcan desmemoria y desconozcan notoriamente los grandes problemas sociales del grueso de la población).

Ese será el tono de este año electoral. Aun cuando los números apunten a lo contrario, de nuevo el desprecio a la gente aflorará mediante absurdos como el presunto uso electoral de la vacuna contra el coronavirus y la consigna de que quien confirme su voto por el proyecto del tabasqueño lo hace desde la manipulación o la ignorancia. Este sector elitista debió aprender desde mucho antes de 2018 que si mucha gente perdió confianza en ellos no fue porque hay un populista mesiánico que los tiene hipnotizados, sino que son ellos quienes le han dado la espalda a la gente al tratarla como tonta… cuando quizá eso sea más un defecto propio que una tara de las mayorías.

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