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La rebatinga de la vacuna para los países ricos

Uno de los mejores inventos de la ciencia es proteger la vida con una vacuna. Descubierta contra la viruela por el médico inglés Edward Jenner, tuvo mejor suerte cuando asolaba al mundo en 1796 que las que lo hacen ahora contra covid-19. El acaparamiento fatal de los países ricos consiguió neutralizar su efecto al alargar el contagio hacia aquellos en vías de desarrollo y subdesarrollados, que no tardará en revertírseles.

México, una de las diez naciones en adquirirla junto a las de primer mundo y el primero de América Latina, sigue en esa fila; otros aguardarán hasta que los grandes decidan.

Si con la viruela el mundo esperó 183 años para su erradicación -hasta 1979-, en 2021 quizá la vacunación no sea tan eficaz por tres razones: 1) monopolizar la vacuna aumentará el contagio en un mundo globalizado; 2) no hay garantía de que inmunice según la OMS y 3) existe riesgo de nuevas cepas que mantendrían en vilo a la humanidad. A pesar de la vacuna, se deberá continuar con el uso de cubrebocas. Apostarle a que el acceso se limite al mundo desarrollado es perder de antemano la batalla por la sobrevivencia mundial.

Si antes de ese veredicto la avaricia ya se asomaba, con los recientes descubrimientos se confirma que se camina en sentido inverso al de una protección universal. No hay consciencia, ni generosidad, ni ayuda humanitaria. El que paga y produce las vacunas, manda. El Reino Unido y Estados Unidos están al frente en la producción porque invirtieron lo necesario en su desarrollo. Los siguen la Unión Europea y Canadá. Pero las tienen para sí mismos, no para compartirlas a los países que carecen de esa posibilidad.

Los grandes, con capacidad de inocular a millones al día, se han saltado la lección de la globalización confirmada desde Wuhan, China que reveló cuán aldeano era el único mundo que tenemos al contagiar en semanas a todos los continentes. Si se deja a la deriva a los demás, la vacuna no detendrá la pandemia. La volverán ineficaz.

El drama de los avanzados que producen o compran cinco veces más vacunas de las que necesitan -como Canadá-, olvida un detalle: si no se inmuniza simultáneamente a toda la humanidad, servirá de poco; el mundo es un pañuelo. El primer mundo -incluso inmunizado- se volverá a contagiar y, pese a haber sido los inicialmente protegidos, se enfermarán y trasmitirán a otros alguna de las nuevas cepas. Habrá que volver a empezar viviendo de nuevo la pesadilla de contagio y muerte.

Los países en vías de desarrollo están expuestos y no hay consenso para protegerlos, a excepción de la petición formulada por el Presidente Andrés Manuel López Obrador durante la cumbre del Grupo de los 20 (G20) de no excluir a nadie de las vacunas y hacer una distribución gratuita. Aunque aprobada por la mayoría en ese foro en noviembre de 2020, ese supuesto acuerdo ha caído en el vacío.

En Latinoamérica, son más los países que no tienen vacuna -casi ninguno- que los que la han conseguido: apenas cuatro. Además de México, inmunizan Chile, Costa Rica y Argentina. Cuba desarrolla una propia. El resto está a expensas del virus.

¿Qué hacer en esos casos? Para cuidar a sus ciudadanos, Belice, un país de 400 mil habitantes, mantuvo cerradas sus fronteras durante meses; en octubre reabrió el aérea por presiones económicas. Pero mientras no tenga la vacuna, la frontera terrestre con México y Guatemala permanecerá cerrada. Estas medidas son

su único camino para evitar o disminuir los contagios. Hace falta la cooperación internacional de las potencias.

De poco sirve vacunar a unos pocos millones del mundo desarrollado si la mayoría restante trae al virus en su cuerpo, dispersándolo. Dueños de sus vacunas y de sus antígenos, los industrializados carecen de empatía para sostener a las naciones menos afortunadas. Es una discriminación al acceso a la salud. ¿De qué sirve que en Londres o en Houston estén vacunados mientras el resto puede ser infectado? Como lo revelara Wuhan hace más de un año, el virus no requiere pasaporte para enfermar a personas de otras latitudes.

Por decisión del Presidente Andrés Manuel López Obrador, México tuvo la previsión de comprar vacunas de diferentes laboratorios. Le encomendó al canciller Marcelo Ebrard la tarea más importante del gobierno: salvar vidas y conseguir la vacuna en donde la hubiera, en una carrera contra la muerte. Las aprobadas fueron conseguidas temprano, con contratos de pre-compra desde octubre de 2020. En la batalla contra covid-19, los tropiezos de los laboratorios no han faltado.

Un dato: de acuerdo con la BBC, los países acaparadores de la vacuna poseen el 60% de la misma cuando ellos conforman apenas el 16% de la población mundial. Entonces, se puede asumir que, si ellos inmunizan apenas a ese pequeño porcentaje, estarán provocando que el 84% restante permanezca expuesto y se contagie.

La misma fuente señala que casi el 90% de los seres humanos “de 70 países de bajos ingresos tendrán pocas posibilidades de vacunarse contra covid-19 en 2021”. Las naciones pobres no contarán con vacunas ni siquiera para su población vulnerable, señalan.

Esta semana Pfizer está de regreso y reanuda su distribución con 600 mil dosis semanales. No se inmuniza “sin vacunas” lo que ha sucedido es que algunas marcas se han retrasado. Los países que no producen -los compradores de la vacuna- están sujetos a los tiempos de los laboratorios. Cuando no se figura entre las potencias almacenadoras, la distribución no siempre es inmediata.

De acuerdo con el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, se gastaría en las vacunas hasta 32 mil millones de pesos. El canciller Ebrard informó que, hasta ahora, México ha adquirido 224.3 millones de dosis de las autorizadas y que 134 millones de mexicanos serán vacunados.

Si se nace en un país rico, ya se recibió la vacuna; si se pertenece a uno pobre, no se tiene idea sobre cuánto tendrá que esperar, ni siquiera si será vacunado. Se ha olvidado que la salud es un derecho humano.

Ojalá que las naciones desarrolladas se percaten de que, si no comparten gratuitamente sus vacunas con los menos afortunados, se volverán a infectar. De poco servirá haberse vacunado antes que los demás. Si acaso, gozarán de un privilegio temporal. Mientras la generosidad, bondad y la consciencia estén ausentes, las vacunas serán inútiles. La vacuna que le urge al mundo es contra la mezquindad y el egoísmo. Cuánta falta hace un poco de humanidad.

Esta columna fue actualizada el 17 de febrero de 2021.

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