junio 12, 2021

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jueves, 25 febrero, 2021
  • Actualidad

Juventud, rap y política

El domingo recibí una llamada con la noticia de que un viejo amigo del barrio había falleció por tuberculosis, derivada del uso excesivo de drogas al interior de un centro penitenciario de la región noreste del país. La noticia me causó muchos sentimientos encontrados; era un joven de menos de un cuarto de siglo, a quien desde muy pequeño las oportunidades de tener una vida digna se le cerraron. Como para muchos jóvenes en el país, ingresar a un centro educativo o tener acceso a un trabajo digno es prácticamente una cuestión de suerte. 

La falta de oportunidades para las juventudes es una circunstancia estructural propia del sistema; es la condición fundamental de la sociedad capitalista dividida en clases sociales, lo que pone desventaja a la clase trabajadora al respecto de la clase empresarial. 

La juventud de la clase trabajadora carece de oportunidades para sobresalir más allá de su barrio. Esta situación continúa reproduciéndose en las nuevas generaciones, como una herencia maldita de las categorías de marginación y de pobreza. Sin embargo, el periodo neoliberal exacerbó esa falta de oportunidades, condenando a más de 7 millones de jóvenes a no tener acceso al derecho de la educación o un trabajo formal, lo que provocó que más de 75 mil jóvenes entre 16 y 25 años fueran reclutados por las filas del crimen organizado y sean las principales víctimas de consumo de drogas, una situación que vivió mi viejo amigo. 

En la era posneoliberal iniciada con el gobierno popular de la 4T ‒encabezado por Andrés Manuel López Obrador‒ emergió la visualización de las problemáticas concretas de la juventud ‘de a pie, de abajo’, lo que revivió  la esperanza de las oportunidades que les arrebata el sistema, a través de programas gubernamentales prioritarios y conquistas de derechos sociales (como Jóvenes Construyendo el Futuro y las becas universales para jóvenes de bachillerato público "Benito Juárez" para evitar la deserción escolar). El esfuerzo del actual gobierno para mejorar la calidad de vida de las y los jóvenes evita que se sumen a prácticas del crimen organizado como ocurrió en los sexenios anteriores. 

El barrio que compartía con mi viejo amigo era un espacio físico y virtual que extrae una identidad sociocultural y política con valores de distinción simbológica-ideológica que nos mostraba una visión del mundo en contraposición con enfoque de nuestra realidad inmediata. Un principio del barrio es enaltecer tu territorio donde sea que te encuentres; es como pelear si ofenden a tu madre, quien te dio la vida. En mi mediana experiencia del barrio, puedo mencionar dos: los arcos plaza me forjaron desde niño ‒siempre los revindicaré‒ y loca priva de huertas de san Lorenzo me enseñó movidas –experiencias de vida‒. De este último era mi viejo amigo. Me ocasiona sentimientos encontrados y se apropia de mí el egoísmo por tener más de 7 años sin ir al barrio, pero sin la experiencia obtenida jamás lucharía por construir un bienestar de la gente de a pie, de abajo.

La peculiar identidad que compartimos todas y todos quienes enaltecemos al barrio –L.P.- concuerda con que el mundo es un barrio y que nuestra expresión cultural es el hip-hop y el rap como instrumentos políticos para manifestar las frustraciones, las desigualdades y carencias que se viven al día a día en el barrio. En dos o más minutos eres completamente libre, liberas cualquier pesar encima de ti y entras en un estado de armonía porque canalizas la ira, la depresión y la alegría en esa métrica, rítmica y melódica; como si fuese un canal de comunicación del juicio del mundo que se construye dentro del barrio para mostrar el contraste de la realidad. A pesar de solo ser escuchas del rap, nos sentíamos identificados, porque este género en nuestro país tiene rasgos de conciencia social, muestra el México profundo y enmarca la desigualdad que prevalece en el país, a su estilo. Con sus diferentes categorías, para unos el rap es un movimiento que se debe promulgar, para otros unos negocios del cual se debe vivir y para otros cuantos es solo un mecanismo de comunicación con el que no se debe lucrar, manteniéndolo real y ‘underground’ en su esencia. Sin embargo, ninguna de las concepciones está mal, porque a todos de una otra forma u otra el hip-hop nos sacó a las calles para luchar por nuestros derechos, solo véase el caso de Pablo Hasél en España. 

Las movidas como lecciones aprendidas del barrio y la forma como abarca el rap los elementos de sensibilidad son para mi quehacer político como una consigna permanente. Están en mis valores y principios, que asumo al luchar por una trasformación y revindicar a todos aquellos que el barrio se tragó, a la juventud de abajo ‒cuyas problemáticas no son visualizadas y que son olvidados por las políticas públicas convencionales‒. Los políticos de la oposición solo rescatan en el concepto de juventud tintes de privilegio y pulcritud, olvidando a las y los jóvenes del barrio, quienes no se encuentran disfrutando del tiempo libre en un antro o bar porque trabajan ahí y no tiene la solvencia económica para pagar de esa diversión, ni saben del consejo ciudadano de la juventud que lo representa, porque les aseguro que no tienen ni conocimiento de su existencia o de la dirección de juventud en el cabildo.

Esta juventud no se encuentra en desayunos tomándose fotos, sino en el barrio donde viven las carencias al orden del día. Se debe arrancar la política elitista que determina una falacia de la realidad; se debe hacer en la calle, en la periferia con aquellas y aquellos jóvenes que todo el día se enfrentan a un sistema que lo repela.

Por eso hago política, para lograr un cambio, porque “el hip hop me sacó de la calle, solo quiero devolverle el favor” (como dice mi carnalito el DangerAK en su canción D. E. F.) y no quiero que a más jóvenes les suceda lo que le pasó a mi viejo amigo. Deseo que por fin descanse en paz.
 

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