junio 12, 2021

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domingo, 28 febrero, 2021
  • Actualidad

Marchar no es fácil

Me siento muy feliz por haber sido invitada a escribir en una publicación como esta. 

Siento un poquito feo que no sea como Letras Libres, pero cualquier medio es importante ahora para nosotros, que tenemos una especie de cerco informativo desde que llegó Este Señor al poder. Quiero aprovechar la oportunidad para dar el punto de vista de un sector de la población, el más importante del país, cuyo sufrimiento muy pocos conocen.

Nadie nos dijo lo que nos esperaba. Bueno, sí sabíamos porque durante 80 años nos pusimos muy abusados para que no llegaran este tipo de personas a la Presidencia. Hicimos todo lo que pudimos: a veces de manera velada ‒como con la campaña “Un peligro para México” ‒; otras ya con estrategias más fuertecitas, como el robo de la Presidencia para que pudiera llegar Felipe. Pero hoy, estamos inermes viendo cómo Este Señor está destruyendo todo lo que habíamos construido. Destruyó nuestro negocio del aeropuerto, destruyó nuestra ilusión de no pagar impuestos, destruyó nuestro querido huachicol ‒que ya habíamos hecho una tradición popular‒. Destruyó nuestra autoestima con su mugre mañanera… y bueno… todas nuestras ilusiones. A tal grado llegamos, que hizo lo que jamás se había visto en este país: que gente como yo, o sea, gente bien, saliera a marchar a las calles. 

Y fue horrible, porque salir a marchar no es cualquier cosa. Es algo dificilísimo y hay que tomar en cuenta muchísimas cosas que jamás nos pasaron por la cabeza. Por ejemplo: tener claro para qué se marcha. Eso resulta clave sobre todo cuando te abordan en la calle periodistas infames como un tal Hernán Gómez. Una amiga salió en la televisión diciendo que no quería a Anlo porque era “un bribón, un pillo y había cobrado moches para poner unas macetas en Reforma que estorbaban”. Ya no es mi amiga, obvio. 

En fin. Ya pasando a lo importante, es fundamental decidir cómo ir arreglada a una marcha, para no parecer del pueblo. Mis amigas y yo íbamos super bien arregladas, con nuestros lentes de sol y blusas casuales pero elegantes. Sombrero de paja por supuesto. Lo segundo fue llevar unas pancartas con unos mensajes bien fuertecitos (Anlo vete), que lamentablemente iban con faltas de ortografía.  La maquinaria mediática del dictador ha hecho que hasta la fecha estemos ‘estigmatisadoz de tener faltaz de hortografía’. En fin. 

Otra cosita: lo de las pancartas es todo un tema. Hay que mandarlas hacer, definir los contenidos y miles de cosas dificilísimas. Pero lo peor no es eso: lo peor es cargarlas. No estamos hechos para eso. Lo resolvimos con nuestras muchachas y choferes y no pasó a mayores. 

Por último: para salir a marchar y no hacer el ridículo, hay que llevar gente. No saben cuánto tiempo, dinero y esfuerzo le hemos invertido a conseguir la gente. 

Nuestra solución mágica fueron las casitas de campaña. Imagínense: tener presencia sin tenerla. Lo má-xi-mo. 

Y sí, soy conservadora: quiero conservar mis privilegios. 
 

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