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jueves, 11 marzo, 2021
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Tatemar, freír, pelar

A pesar del boom (por gusto o necesidad) que existe alrededor de la comida, poco hemos hecho para disfrutar las cosas que realmente significan cocinar: lavar, cortar o freír.  Vemos los procesos como trámites desprovistos de cachondería para el rito. “Cocino para consentir a los demás”, “cocino porque es la mejor manera de cuidarme”, como si COCINAR, y lo que implica, no fuera suficiente ni atractivo.

Terrible… pero no es extraño. 

Estamos acostumbrados a entender las vidas como la consecución de ‘momentos clave’  desde los que damos sentido a las cosas que hemos hecho. La prueba si no: cuando narramos la historia de nuestra existencia, buscamos las epifanías que le den un vuelco épico a la rutina “en ese momento me di cuenta que no sería feliz si permanecía en ese lugar…”; al parecer, lo interesante es buscar los instantes «límite» que dejen al filo del olvido o la eternidad. Qué hueva. 

¿Por qué tenemos la necesidad de hacer de cada momento un suceso trascendente? Peor aún, ¿por qué si sabemos que eso no es posible, nos frustra la tranquilidad y parsimonia de la rutina? Quizá en cocinar y comer tengamos una pista. 

Cocinar se trata resolver de manera más efectiva, funcional y emocional,  una necesidad vital. No hay otra actividad que nos determine tanto, no hay otra cosas más rutinaria que eso… cocinar es sencillo –que no simple– porque se trata de hacer las cosas en el momento que debes, y cuando cortas una jícama no hay metáfora posible. Cocinar demanda tiempo y atención, perspectiva y disfrute por limpiar, lavar los trastes y acomodar y reacomodar. Cocinar es una tarea repetitiva, algo mántrica. Pero cocinar es tan demandante que, cuando se hace, no deja espacio para sobreinterpretaciones y ni adornos de propósitos vacíos. 

Como la vida, cocinar no se trata de editar momentos para hacernos más interesantes ni atractivos, porque lo valioso está en una permanencia de la experiencia: lo que comemos no nos abandona, no es fugaz, no es un momento que nos fragmente, sino el disfrute de los hábitos que nos conforman. Solo falta una mirada; las grandes cocineras tienen una relación entrañable con los utensilios, se apropian de una cuchara de madera, un cuchillo o un sartén predilectos, porque construyen con los objetos relaciones funcionales y afectivas por igual: porque son medios que les permiten realizar esas pequeñas acciones que significan cocinar de una manera más eficaz; la experiencia de cortar es más gratificante con ese cuchillo favorito: como en la oración, el perdón se encuentra en la devoción con la que se emiten las palabras, el lugar físico en el que nacen la risa o el lamento… 

Quizá por eso a muchas personas nos cuesta tanto cocinar, porque hemos delegado funciones sencillas y básicas a otros, o hemos creado intermediarios entras la necesidad y la manera en la que las satisfacemos. Nos alejamos del hogar cuando no tendemos nuestra cama, y de nuestro camino cuando olvidamos lustrar nuestros zapatos.  

Por eso descreo cuando se le quieren imponer propósitos grandilocuentes a cocinar, anulan lo realmente importante: cortarse las manos para educar al cuerpo a escuchar el acero del cuchillo… o a la nariz a identificar el punto correcto para poner el orégano en el caldillo de tomate. 

Como cuando salimos a correr… si tememos a los callos, lo abandonaremos después de unos días; porque si tememos a los callos significa que nos horroriza caminar. Comenzar una carrera pensando en el mañana y en el resultado final es hacerla más pesada, más aburrida, más irrelevante. Por eso no quiero cocinar, ni hacer nada en la vida, con el propósito ulterior, sino por el delicioso gusto de limpiar los trastos después de tatemar chiles y freír ajos, por el gusto de tener las manos frías por pelar camarones o enrojecidas después de pelar tunas.

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