junio 12, 2021

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martes, 16 marzo, 2021
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La reacción frente a la resignificación de la memoria

El pasado 10 de marzo, la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum dio a conocer el programa 2021 de conmemoraciones históricas. Entre el extenso programa anual ‒que incluye inauguraciones, actos conmemorativos y eventos de corte académico‒ se encuentra la propuesta de cambiarle el nombre a la Avenida Puente de Alvarado, ubicada en la Alcaldía Cuauhtémoc. 

La nomenclatura de la calle había rememorado el episodio de huida del conquistador Pedro de Alvarado de la Ciudad de Mexico Tenochtitlan, tras haber desatado una situación de crisis y guerra después de haber ordenado a las tropas españolas que estaban a su cargo temporalmente, un ataque a la flor de la élite indígena durante una celebración ritual. Los nativos desarmados participaban en la fiesta de Tóxcatl, y Alvarado demostró su crueldad y sanguinario temperamento en ese acto, en uno de los muchos momentos cuando sus acciones de conquista implicaron genocidios ‒como ocurrió también en sus expediciones por Centroamérica‒. 

El ejercicio de rememoración histórica a través de un cambio de nombre busca replantear en la memoria urbana la pertinencia de mantener la denominación de una avenida que recuerda a un personaje y un momento de crueldad extremas. La nomenclatura será reemplazada por Avenida Mexico Tenochtitlan, en reconocimiento de una de las calzadas de acceso históricas a la gran plaza central de la ciudad prehispánica. De fondo, implica también el reconocimiento de un legado ancestral y urbanístico, como un acto de conciencia de largo aliento sobre la resistencia indígena. 

Frente al anuncio de este acto conmemorativo en particular, el periódico Milenio recogió la opinión de algunos escritores, divulgadores, arqueólogos e historiadores. La postura en contra por parte de un grupo de conocedores y especialistas resulta significativa, pues devela la reacción hacia la discusión de nuevas interpretaciones sobre el pasado de la Ciudad de México, y los elementos que conforman sus procesos históricos. Por ejemplo, el arqueólogo Leonardo López Luján explicó que, a su parecer, esta propuesta se enmarca en la creación de una nueva historia de corte oficial que no atiende al conocimiento científico sino a la política. Por su parte, otros argumentos tendieron hacia el sentimentalismo, como lo expresado por el escritor Ignacio Solares, quien lamentó el cambio por el dolor que le provoca en el corazón. 

La perspectiva de la propuesta como un acto más político que académico o carente de bases científicas, se ha esgrimido constantemente en 2021 frente a un calendario conmemorativo muy ambicioso, tanto a nivel local como federal. Como si la memoria pudiera no ser política o las interpretaciones sobre el pasado no estuvieran indefectiblemente inmersas en un horizonte de interpretación, un grupo de críticos contumaces del proyecto de nación de la Cuarta Transformación aducen que hay un uso político de la historia. Se ha dicho en varios espacios que se busca imponer una sola visión oficial o una nueva “historia de bronce” en alusión al estilo acartonado de figuras históricas monocromáticas que se difundió en las perspectivas más básicas sobre la historia de México durante el priismo del siglo pasado.

La 4T ha demostrado tener a la Historia como un referente imprescindible en el ejercicio de la política, que se refleja también en las acciones que tienden hacia ejercicios de memoria colectiva (las cuales tendrán al 2021 como un momento clave en la exposición de esa interpretación del pasado). Es significativo que tras haber estado muy conformes con gobiernos cuya política de memoria le apostó básicamente al olvido, algunos historiadores y conocedores de la historia dirijan sus críticas a los esfuerzos por colectivizar la reflexión sobre el pasado. EL cambio de nombre de una calle es un acto que implica e incluye a la colectividad, sus espacios públicos y la difusión de un acto que implica el ejercicio de re-pensar un acto infame. 

La preocupación por “olvidar” a un sanguinario genocida que expresaron algunos conocedores y especialistas, o por la inclusión de nuevas interpretaciones puestas en un extenso programa de reflexión colectiva, especializada y de difusión histórica, de fondo reniega el reconocimiento de las resistencias indígenas. La crítica parece, además, resistirse a su pérdida personal de primacía y reflectores, que reinó en las administraciones pasadas y privilegiaba los acotados espacios académicos y endogámicos para tomarlos únicamente como coyunturalmente decorativos. 

En esa desesperación por haber perdido la batuta interpretativa, hemos visto tristes desvaríos tales como intentar defender la figura histórica de un sanguinario genocida. En cualquier momento podríamos hasta leerles argumentar que Pedro de Alvarado fue un brillante estratega de la conquista, para aderezar su defensa hispanófila del proceso de conquista. 

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