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miércoles, 17 marzo, 2021
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Diplomacia Popular, a la altura de la Cuarta Transformación

No hay artículo constitucional para cualquier internacionalista que cobre la relevancia que tiene el 89º y fracción X de nuestra Carta Magna. Nuestra política exterior es una de principios constitucionales, que rigen el actuar y decir de México en el concierto internacional. Todo ello cuenta con distintos matices políticos que cada administración hace dentro de sus facultades y del texto constitucional.

Nuestro país tradicionalmente había tenido una política exterior de excelencia, con profesionalización y grandes hazañas dejadas a un lado durante los últimos 30 años. Hoy, y en consonancia con los tiempos que vive México, el Presidente López Obrador y el Canciller Marcelo Ebrard encabezan una política exterior con una notable perspectiva de género ‒la denominada política exterior feminista‒ y el regreso de la mirada al sur del ecuador como aliado incondicional de nuestro país. De esta forma, México regresa a sus orígenes constitucionales de política exterior olvidados durante los últimos sexenios.

Hoy, escribo para analizar los recientes eventos en la agenda de nuestra política exterior, pero, además, para encuadrarlos en el apego irrestricto al humanismo, la democracia, el derecho internacional y la solidaridad entre los distintos Pueblos del mundo. 

En primer lugar, la presente administración comenzó el proceso de transformación del que es objeto México prácticamente solo en la región. Únicamente Uruguay contaba con un gobierno ideológicamente cercano en diciembre de 2018. Fue la elección de Alberto Fernández en Argentina y la convicción de ambos mandatarios por hacer un nuevo eje de esperanza popular lo que permitió a la región respirar ante los embates de una América Latina virada hacia la derecha conservadora. 

En ese marco, México logró una sólida posición en la región al desmarcarse del llamado Grupo de Lima en la problemática que enfrenta Venezuela. En ese sentido, nuestro país se apegó a los principios de no intervención, solución pacífica de controversias y la autodeterminación de los pueblos para fungir como intermediario a las partes en conflicto, sin violar o imponer sobre la soberanía del Pueblo venezolano en ningún momento. Con el pasar de los meses, el tiempo le dio la razón a nuestra política exterior: solo una salida negociada del conflicto parece ser viable para Venezuela. El Pueblo pone, y el Pueblo quita, dice el Presidente López Obrador. 

En ese mismo tenor, vino una de las hazañas diplomáticas más importantes en los últimos 50 años para nuestro servicio exterior: denunciar el flagrante golpe de Estado en Bolivia e iniciar una operación de rescate a los perseguidos de una dictadura militar que minó las garantías constitucionales de un Estado soberano. Todo ello en auténtica soledad en la región, pues Alberto Fernández aún no tomaba protesta y el Frente Amplio había dejado la presidencia de Uruguay. En estas condiciones, México brindó asilo político —en concordancia con la historia de nuestra política exterior y en consonancia con nuestra tradición diplomática— al Presidente constitucional de Bolivia Evo Morales y al Vicepresidente Álvaro García Linera, quienes habían sido dispuestos por un golpe militar.

Varios Estados solapadores —y organismos multilaterales como la OEA— no solo justificaron con una supuesta causa democrática el golpe, sino que lo patrocinaron y auspiciaron. En un momento histórico y de enorme tensión para la región, México logró de nuevo resistir y hoy la historia nos volvió a dar la razón: la democracia retornó a Bolivia y el golpismo ha sido detenido.

Ustedes se preguntarán, ¿cómo se ha logrado esto? ¿No dice el PAN que no tenemos política exterior, Andrés? Bueno, considero que la respuesta es simple. Con la auténtica —y no simulada— creencia en la igualdad soberana entre los Estados, el irrestricto apego a nuestros principios constitucionales (para eso están) y la implementación de una política exterior feminista interseccional. 

Ha sido también el renacimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños —y el trabajo de grandes funcionarios en la Cancillería encabezados por Marcelo Ebrard— lo que ha “revivido” un organismo internacional que actúa como contrapeso en la región a los intereses de Estados Unidos encarnados en la OEA. Todo esto, con el convencimiento de que se puede hacer política exterior con sentido social, humano, perspectiva de Derechos Humanos y, sobre todo, amor por América Latina, la Patria Grande y la esperanza en el porvenir en un futuro donde nadie se quede atrás en la región.

Solo la perspectiva histórica que traen las décadas permite hacer un balance con todos sus matices en materia de política exterior y, en esta entrega, se terminan las letras para analizar la política exterior, pero no queda duda que el trabajo y resultados son amplios; a decir verdad… a la altura de la Cuarta Transformación de México. 

La historia seguirá poniendo a la Cancillería y a la Cuarta Transformación en lo más alto de la diplomacia mexicana. Al tiempo.

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