junio 12, 2021

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martes, 23 marzo, 2021
  • Actualidad

Piezas de un todo

Veracruz

¿En dónde lo dejé? 

Ah sí, ya recuerdo, está en el segundo cajón de este bello mueble. Un mueble creado por mi padre, ese padre mío que desde los ocho años manejó la madera; “la caoba, es la reina de las maderas, mi hijita, mi niña…” su voz siempre presente en mis pensamientos, siempre conmigo. 

Me acerco al mueble y abro el cajón donde mis ojos se topan con varios objetos, pero no se detienen, solo se deslizan. Reviso con la mirada de un lado al otro desde el frente hasta el fondo. Hay varias cosas y todo lo que ahí se encuentra se percibe estático, suspendido, esperando ser revivido, recordado, restaurado; simplemente esperando… esperándome. Muevo un poco el contenido del cajón para lograr percibir todo lo que se encuentra ahí y sigo sin localizar eso que tanto he buscado. 

Mi mirada brinca de un objeto a otro, de un lazo de unión a otro, sin detenerse hasta que… es ahí, exactamente ahí que mi vista se posa en un… en un… recuerdo entre tantos, se detiene y en automático felizmente lo revive, sin preguntar, sin dudar. Sin embargo, no es sino hasta que mi mano lo sujeta y lo lentamente lo acerca hacia mí —no al objeto en sí, sino al cúmulo de vivencias que vienen junto con él—. Decido brindarme ese momento, ese momento nuestro que nadie más puede experimentar, lo que a mi mente llega es imperceptible —invisible— a todos y todo aquello fuera de mí. Disfruto de saber que ese objeto ahora en mi mano no me es ajeno, lleva incrustado en mi vida desde algún punto de mi tiempo pasado y por ende está conectado a mi presente. Me entretiene, me agrada, es simplemente delicioso buscar ese inicio, ese seguimiento y ese regreso en el que convivimos, coincidimos y construimos momentos y vivencias. Es como ir pasando las cuentitas de un rosario; ya no las miras, ya solo las sientes, las acaricias. Así, despreocupadamente me dejo llevar, me deslizo en esa ráfaga fresca y dulce de recuerdos que me invaden, me atrapa y me hacen suspirar, sonreír y añorar. Pareciera que apenas llevamos unos segundos ahí, el objeto y yo; pero no, llevamos días, horas, años, meses juntos. 

Por ende, detengo mi búsqueda, mi mente desea adentrarse en ese flujo de vivencias, en esa pieza, que en sí tiene piezas, piezas de… piezas de mí, de mí pasado y de mi presente. Y es inherente que yo a la vez soy esas piezas en su totalidad, unidas unas a otras, tantas piezas que me terminan conformando me terminan armando, armándome. 

Siempre he vislumbrado que todos los seres somos cúmulos de vivencias, de etapas, de capas, de lapsos, de uniones. Somos rompecabezas de carne y hueso, y algunas de nuestras piezas tienen partes más claras, otras partes más obscuras, otras que van en los bordes de nuestras vidas; unas en el centro, otras en la parte de arriba, otras más a la izquierda, otras más a la derecha; algunas muy fáciles de acomodar, otras no tanto; pero al final de cuentas todas unidas para formar un todo, para formar un ser. Unidas perfectamente, unidas y sin huecos entre ellas, sin posibilidad de cambiar una por otra, todas tienen y tendrán su lugar único y eso, eso es lo maravilloso de nuestra existencia. No hay nadie más como yo, nadie más como tú, somos piezas maestra inigualables e irrepetibles. 

Regreso al cajón, al objeto y mi memoria se posa en las vivencias suspendidas dentro de él, todas esas imágenes que logré inmortalizar gracias a muchas tomas perfectas. La primera que me llega a la mente es una de mi padre y yo en Veracruz, qué agradable viaje, sin duda alguna agradable. Él y yo en la playa después de una relajante caminata juntos, durante el atardecer, con el hotel de fondo a nuestras espaldas. Platicamos mucho; siempre platicamos mucho, siempre hay algo que contar, algo que compartir, algo que recordar. 

Una sonrisa se asoma en mis labios… sin embrago, me queda un sentir de tristeza, no logro descifrar que es y tampoco sé si deseo hacerlo. Me animo a regresar y revivir el momento exacto de esa imagen que captó mi objeto amable, el que tengo en mi mano, que me conecta a mí misma con mis memorias. Realmente deseo saber la razón de mi inquietud, pero no quiero que me duela y juego con mis recuerdos. Quiero seguir con la parte agradable, brinca mi mente cada que quiero adentrarme a ese sentimiento de tristeza; se niega, no tiene intención de llegar a ese parte de la memoria ya que seguramente eso que he bloqueado, lo hice para no sufrir. Me tomo mi tiempo, me tengo paciencia, mi mente juguetea un poco con detalles de aquella imagen hasta que valientemente se decide a transparentar el recuerdo completo, me muestra claramente el cuadro en su totalidad.

Estoy ahí, he viajado en mi memoria y mi corazón se apachurra, en ese viaje nuestras almas lloraban la partida de mi madre. No mucho tiempo había transcurrido desde que ella se fue de nuestro lado, no hace mucho, ahora recuerdo que en aquel momento simplemente se sentía como sí hubiera sido ayer.  En ese hotel, en esa playa, bajo ese mismo cielo pasamos muchos momentos juntos como familia, pero en aquel preciso instante, ella ya no estaba ahí caminando a nuestro lado. Aferrándome a la imagen en mi mente, logro percibir la inmensa pena en lo profundo de nuestros corazones, el desconsuelo disperso en la brisa, el dolor regado entre los granos de arena que acaricio con mis pies en la playa, las lágrimas vertidas en el agua del mar y su voz, la voz de mi madre en el golpeteo de las olas. Duele recordarlo, me cuesta respirar, mi cuerpo se ablanda, mis rodillas se doblan, no lo deseo más, aunque… Ya es tarde, abrí la herida y duele, duele mucho. Es una herida ahora doble, nostalgia de aquel momento vivido en compañía de mi amado padre y ahora revivido sin él, ya que él también ha partido.

Ya no lo disfruto, ya no lo deseo y decido brincar a lo bello, a los recuerdos que me hacen sonreír y empujo a mi mente mucho más atrás, le ordeno que me lleve mucho más allá, que entierre de nuevo la tribulación. Ahora me poso en un recuerdo que no causará quebranto, me veo de nuevo de niña con mis padres llegando al puerto. Emocionada como en cada viaje, convencida de que vamos a seguir la rutina de nuestro tan conocido paseo a Veracruz: llegar al mismo hotel de siempre; bajar las maletas, y saludar a todos los empleados que nos encontramos en el hotel, viejos conocidos y grandes clientes. Caminar hacia el restaurante de mariscos favorito de mis padres, platicar con meseros, con el capitán y con el dueño mientras disfrutábamos de un manjar de manjares. Mi madre sus ostiones a la diabla, mi padre su huachinango al mojo de ajo, mi hermano su filete de pescado y yo mis camarones empanizados. En seguida, ir al pequeño zócalo, comprar un helado y sentarnos en una de sus bancas para escuchar el cantar de los pájaros en las copas de los árboles. El sabor del helado en mi boca, las risas, las aves, la gente, que dicha aquella, que disfrute sin fin. Me transporto ahí, a mis momentos favoritos, mis mejores momentos, me siento feliz, acompañada y amada. 

Dejo el objeto, ese pequeño teléfono móvil viejo y nuevo a la vez.  Cierro el cajón y le doy vuelta al cerrojo de mis recuerdos, los dejo adentro en silencio estáticos, suspendidos de nuevo esperando ser revividos, recordados, restaurados; simplemente esperando… esperándome a que regrese otra vez a darles vida, mi vida.

Desde el cerro.

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