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jueves, 25 marzo, 2021
  • Actualidad

Un año de cocinar

Cumplimos el año impensable. Cuando nos detenemos a ver lo que ha sucedido en estas varias normalidades a las que nos hemos tenidos que adaptar y resistir, parece que el tiempo perdió las referencias primordiales: salir de la oficina, ir a casa, los fines de semana, las vacaciones, una escapada… nada está o, mejor dicho, nada realmente ha vuelto o se ha ido del todo. Desde hace un año, nos inventamos esperanzas para sobrevivir a la incertidumbre; a veces lo logramos. 

Parece que simplemente tener la oportunidad de escribir esto ha sido un logro; miles ya no están, otros tantos —en este preciso momento— se juegan la existencia. Estar, y estar bien, es un privilegio. Hace un año nos metimos a un encierro que, en el peor de los casos, llegaría al verano… regresó la primera y aquí estamos de nuevo. En estos doce meses todo se trastocó. En estos doce meses cambió nuestra manera de entendernos, de administrarnos; quizá non nos hemos dado cuenta, pero en este último año fue el cuerpo lo que más ha cambiado. 

El confinamiento nos obligó a olvidar esa fonda junto a la oficina, los tacos de metro Etiopía, las tortas de Euler y el desayuno dominical en casa de mamá; tuvimos que aprender a resolver la básica tarea de alimentarnos con las pocas herramientas que teníamos; aprendimos de cocciones, grasa y acidez; nos volvimos más duchos al cortar y pelar los vegetales; hicimos rendir los pesos y maximizamos los momentos… y también nos aburrimos de hacer lo mismo, de descubrir que detrás de un chicharrón en salsa verde hay más tomates, chiles y fuego… y que nuestra angustia también sazona los frijoles y los huevitos al gusto del sábado por la mañana. 

Estos doce meses hemos tenido que convivir en unos metros cuadros con nuestra ansiedad, carencias, esperanzas y sueños pausados; también entendimos que cocinar era una manera de poner orden al caos, hilvanar el día, sobreponernos de la desidia. Cocinamos porque recordar nos atraganta de pasado y al futuro le faltan muchas horas de marinado… La cocina de casa es, en muchos casos, un espacio para tener cierta privacidad y refugio, donde podemos, al menos durante la preparación de los alimentos, tener el control del tiempo y el momento. 

Hemos encontrado manera de sobrevivir y de organizar el día, pero tenemos claro que no queremos vivir, cocinar ni comer así… porque necesitamos de los abrazos de nuestros hermanos y las palmadas de nuestros amigos, porque extraños el baile y la embriaguez, los estadios y juegos mecánicos. Extrañamos nuestro cuerpo libre… extrañamos salir. 

Mientras todo termina de suceder, seguir cocinándole a Y porque es la manera más sencilla de decirle cuánto la quiero y cuidarla, como ella hace cuando la ansiedad se apodera de mí y me abraza en la cama… Tenemos un trato sencillo: yo cocino, ella pone y levanta la mesa. Cada quien con sus espacios, sus momentos y los paseos que tocan con Libre y Victoria… llevamos un año sobreviviendo porque tenemos la dicha de querernos. 

Aún falta tiempo…. y mucho cariño nos queda. 
 

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