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domingo, 28 marzo, 2021
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El arte de hacer un perro Oxxo

El neoliberalismo —como todo proyecto político e intelectual— tiene diversas aristas, entre las cuales destaca la que mayor impacto ha tenido en la sociedad mexicana: su sentido filosófico-ideológico, cuya principal intención ha sido el pregonar determinado tipo de valores, determinado modo de ponderar los hechos, determinada vía de conducirse en sociedad y ante el poder. En síntesis, se trata de un modo específico no solo de entender el mundo sino de preconizar una manera de organizarlo.

Las promesas del neoliberalismo en el terreno económico y político han sido un páramo desolado, un listado incumplido. Prosperidad social producto de una suma de esfuerzos individuales, eficacia administrativa de un gobierno reducido —pero fuerte—, la privatización de bienes y servicios que derivaría en beneficios colectivos tanto de proveedores como de consumidores y un fortalecimiento del Estado de derecho y seguridad para todos.

En ese terreno concreto, el neoliberalismo poco ha aportado en beneficios sociales en el caso mexicano. Sin embargo, dentro del sentido común del país, las voces a la defensa de ese modelo ineficiente abundan, aferradas a un ideario que carece de asidero, del mismo modo que existen aún sacerdotes que niegan —por ejemplo— los crímenes de Marcial Maciel. Cuando se trata de ponderar al ideario por encima de los hechos, usualmente los resultados son desastrosos. 

En la actual coyuntura, un elemento ayuda a entender la sobreideologización que, por ignorancia o interés, impera en los voceros del neoliberalismo como filosofía social, radica en la defensa irrestricta de la sobreoferta invasiva de tiendas llamadas Oxxo.

Dejemos de lado el hecho de que estos locales ofrecen trabajos precarizados y están vinculados a Femsa. En días recientes se hizo público que se ha tratado de un emporio que ha abusado de privilegios fiscales en un rubro que no es una simple mercancía, sino un sector estratégico: la energía eléctrica, ante la cual no han emitido los pagos justos que debieran, lo que significa no solo una competencia desleal ante pequeños empresarios, sino un fraude a la nación.

Eso debió significar un escándalo nacional, en donde todos los sectores sociales —desde los seudoliberales irredentos preocupados por la "competencia justa" hasta los más agudos defensores de la primacía estatal— debían, a una sola voz, condenar prácticas que solo se han traducido en beneficios mínimos en detrimentos máximos para todos, en tanto que se trata de un perjuicio monetario y energético.

Por desgracia, no fue así. En soterradas legitimaciones de esta práctica, las voces del neoliberalismo filosófico en lugar de condenar el abuso han preferido deturpar al mensajero bajo una premisa rudimentaria: lo público, por definición es "malo"; la Comisión Federal de Electricidad es de origen "ineficiente y quebrada”, y los privados tienen el derecho de auparse en lagunas legales o crear mercados paralelos energéticos en pos de defraudar al país en cuestiones que van más allá de lo económico, como la energía. Defender la condición estratégica de la electricidad no es una cuestión ideológica. Los recientes apagones en el norte del país debieron dejar en claro lo vulnerable que es un Estado que depende de otro país en ese rubro, con el agravante de que tiene elementos tecnológicos, y recursos, para pugnar por su soberanía.

Si hoy se hiciera una campaña que denunciara la maldad de los Oxxos por su reticencia a tener más de una caja abierta, o se organizara una quejumbre colectiva sobre su negativa a vender caguamas después de la media noche, no sería sorpresivo que multitudes concretaran ejercicios de indignación pública contra esos lesivos latrocinios contra su comodidad y su derecho a embriagarse. No es descabellado pensar que hay sectores mexicanos a quienes les resulta más ofensivo que Oxxo haga estas cosas en perjuro de su consumo irrelevante a que confabule fraudes millonarios contra lo público.

La sevicia de los Oxxo y sus débitos públicos contra la nación epitomizan muy bien qué se ha entendido en estas décadas por "competitividad": traficar influencias ante directivos del Estado negligentes. Y por otro lado, la ausencia de una condena unánime de la sociedad puede reflejar el gran triunfo ideológico del neoliberalismo.  Ese proyecto intelectual se ha preocupado por tornar cualquier sentido de educación cívica, cooperación colectiva o soberanía por una mentalidad de cliente prepotente.

Un perro Oxxo, pues.

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