junio 13, 2021

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lunes, 29 marzo, 2021
  • Actualidad

El gobernante insensible

Hay dos tipos de política que hemos conocido en México. Una es la de élite, de unos cuantos, esa medio aristocrática que buscaba excluir a los muchos del poder, no compartirlo y aprisionarlo entre aquellos que se autonombraron dueños del país. 

Por otro lado, está la política que muchas veces no se toma como tal —la de abajo—. Cuando los y las muchas se organizan para atender injusticias, buscan soluciones para el bienestar común, ver por el o la otrx. 

Una de las cosas que hace a la política funcional para las mayorías es que podamos sentir las injusticias. Aquello que impide al otro tener bienestar.
Hasta hace poco tiempo, la insensibilidad de nuestra clase política y gobernantes era el común denominador. Incluso nos llegaron a hacer creer que la política sólo existía si se hacía de la primera forma. 

Aún recuerdo cómo me impresionaba lo poco que había hablado Enrique Peña Nieto sobre los terribles acontecimientos de Ayotzinapa, de cómo el silencio del gobierno develaba más sobre sus intereses que ninguna otra cosa que pudieran hacer o decir. 

Y es que, aunque hay muchas cosas que se pueden simular en política o desde algunas posiciones de poder, la sensibilidad hacia los problemas de los otros y las otras es aquella que menos se puede fingir.

Para hacer política para la gente y con la gente, con las mayorías y con el objetivo más noble, que es preocuparse por el y la otra; es necesario escucharles, entenderles, ser paciente y aprender a dar soluciones a sus problemas sin olvidarlos. 

Por eso, cuando algunos políticos que jamás se han preocupado por la gente y su bienestar nos quieren venir a vender sus buenas voluntades, resulta cómica la forma como quieren lograrlo o acercarse. 

Un caso emblemático es que la burla que a todos nos causa el ahora repentino interés de Ricardo Anaya por conocer la realidad social de miles de mexicanos, cuando por años se dedicó a robarle al erario y a mentirle a la gente; incluso, a aceptar sobornos para aprobar reformas que iban en contra del interés público y del Pueblo.

Caso similar sucede con Enrique Alfaro, quien nos quiere vender que le interesa la gente de Jalisco y su bienestar, pero que desde su posición como gobernador cuando toca realmente hacerle frente a los problemas vemos que prefiere irse de vacaciones, porque como toda persona normal tiene que descansar —a pesar de que no es una persona normal porque tiene una responsabilidad enorme—.

Al final del día, la gente siempre sabe y reconoce cuando tiene autoridades que la respaldan, que la escuchan y que le pueden ayudar a resolver sus problemas. Por eso, cuando acaban los mandatos de esos gobernantes insensibles, llegan a asegurar que el Pueblo es malagradecido, ingrato o desleal, pero nunca se detienen a pensar que en sus ejercicios políticos no se preocuparon por los otros. 

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