Altos mandos de países europeos y de Ucrania denunciaron que la reunión de cinco horas del mandatario ruso con enviados del gobierno estadounidense, en Moscú, no representó un cambio real hacia la paz. La acusación: que Putin no tiene intención de negociar una solución seria al conflicto.
Tras el encuentro en el Kremlin, la ministra británica de Exteriores, Yvette Cooper, afirmó que el presidente ruso debería “poner fin a la fanfarronería y al derramamiento de sangre, y estar dispuesto a sentarse a la mesa para una paz justa y duradera”. De igual forma, el canciller ucraniano Andrii Sybiha instó a poner fin a lo que calificó como una pérdida de tiempo global.
La causa de la desconfianza radica en que los contactos no arrojaron resultados concretos sobre los puntos fundamentales: las regiones ocupadas por Rusia y la retirada de tropas, asuntos que Kiev rechaza tajantemente. El asesor de política exterior del Kremlin reconoció que no hubo acuerdo, y se limitó a señalar que las negociaciones continuarán.
En respuesta al desencanto europeo, la alianza occidental redobló su compromiso: algunos países de la OTAN anunciaron nuevos envíos de asistencia militar a Ucrania, argumentando que la diplomacia rusa parece una distracción.
Líderes como los de Estonia y Finlandia —así como el secretario general de la OTAN— advirtieron que no basta con palabras, sino que se requieren acciones concretas, especialmente un alto al fuego, algo que Rusia aún rechaza.
Mientras tanto, en el terreno, los combates continúan: Rusia renovó sus ataques con drones y bombardeos contra objetivos civiles y militares de Ucrania, lo que refuerza la sensación de que el llamado “interés por la paz” no pasa de ser una estrategia diplomática.
La reunión del 2 de diciembre en Moscú podría quedar marcada como un intento más de imagen para el Kremlin. Pero para los aliados de Ucrania, quedó claro: lo que el mundo necesita no son promesas, sino cese de fuego real, respeto al derecho internacional y respaldo efectivo —no negociaciones de fachada.



