El genocida, Benjamín Netanyahu, sobrevoló impunemente el espacio aéreo de Grecia, Italia y Francia, tres países europeos miembros de la Corte Penal Internacional (CPI) que, conforme a sus propios compromisos jurídicos, estarían obligados a cooperar con dicho tribunal, incluida la detención de personas sujetas a procesos o señalamientos internacionales.
El genocida Netanyahu sobrevoló hoy media Europa con su avión presidencial; sobrevoló Grecia, Italia y Francia, 3 países miembros de la Corte Penal Internacional que están obligados a inmovilizar el avión y ARRESTARLO cuando entre en su espacio aéreo.
La justicia internacional… pic.twitter.com/uxK1E56Wf8
— Daniel Mayakovski (@DaniMayakovski) December 29, 2025
El episodio evidencia con crudeza la doble moral que rige a la llamada “justicia internacional”. Los mismos Estados que invocan el derecho internacional para sancionar, bloquear o intervenir a países considerados enemigos geopolíticos, optan por la omisión cuando se trata de aliados estratégicos del bloque occidental.
La Corte Penal Internacional —presentada como garante universal de derechos humanos— opera de manera selectiva. Actúa con rapidez contra líderes africanos, gobiernos del Sur Global o Estados enfrentados a Washington y Bruselas, pero guarda silencio cuando los señalados cuentan con respaldo político, militar y económico de las potencias occidentales.
El libre tránsito de Netanyahu por Europa no es un hecho menor: es una demostración de poder e impunidad, un mensaje claro de que existen líderes por encima de la ley internacional. Mientras tanto, los discursos sobre “democracia”, “libertad” y “estado de derecho” se repiten como consignas vacías, incapaces de sostenerse cuando entran en conflicto con los intereses del imperialismo.
La justicia internacional, lejos de ser un instrumento imparcial, funciona como una herramienta política, útil para castigar a adversarios y convenientemente inoperante frente a los crímenes de los aliados. El caso de Netanyahu lo confirma: no hay legalidad universal, hay jerarquías de poder.
Así, Europa vuelve a exhibir su hipocresía. Defiende la ley solo cuando conviene, y la ignora cuando incomoda. En este orden global, la justicia no es para todos: es un privilegio administrado por quienes dominan el sistema.




