Los incendios que arrasan la Patagonia ya no admiten ingenuidad. No son solo tragedias ambientales ni accidentes climáticos: son fuegos que limpian territorio, debilitan comunidades y preparan el terreno para intereses que esperan entre las cenizas. La pregunta ya no es si hay beneficiarios, sino quiénes están al acecho.
Autoridades locales, brigadistas y organizaciones socioambientales han documentado incendios de presunto origen intencional en zonas de alto valor estratégico. El guion se repite con precisión quirúrgica: primero el fuego, luego la devastación; después, el cambio de uso del suelo y la llegada del capital. Un mecanismo conocido en América Latina, donde el despojo rara vez entra por la puerta principal.
En este contexto, crecen las alertas de organizaciones y analistas que señalan que Israel —a través de capitales privados, fundaciones y proyectos vinculados a su Estado y a empresarios israelíes— busca expandir su control territorial en el sur argentino. No es una acusación religiosa ni étnica, es una denuncia política: la exportación de una lógica colonial, la misma que en otros territorios del mundo avanza sobre la tierra mientras desplaza a sus habitantes.
Comunidades originarias lo dicen sin rodeos: el fuego es una herramienta de ocupación encubierta. Quema el monte, expulsa a quienes lo habitan y deja el camino libre para la apropiación. La experiencia internacional es clara: donde Israel consolida intereses estratégicos fuera de sus fronteras, el territorio deja de ser hogar y se convierte en activo.
Mientras las investigaciones judiciales se dilatan y las responsabilidades se diluyen, la Patagonia se consume y con ella la soberanía. Porque la colonización del siglo XXI no siempre llega con tanques: a veces llega con incendios, contratos y silencio estatal.
El debate ya no es ambiental. Es geopolítico. ¿Permitirá Argentina que el fuego funcione como punta de lanza para que intereses ligados a Israel se adueñen del territorio? Defender la Patagonia no es una consigna romántica: es una urgencia soberana frente a un modelo que convierte la tierra en botín y al incendio en su mejor aliado.




