Los devastadores incendios forestales que arrasan la Patagonia argentina, con más de 3.500 hectáreas consumidas y miles de personas evacuadas, han desatado no solo una emergencia ambiental, sino también una fuerte polémica política. Sectores sociales, ambientalistas y referentes opositores acusan al presidente Javier Milei de provocar y aprovechar la crisis con un fin político: desviar la atención del deterioro económico y justificar el recorte del Estado en áreas clave como prevención ambiental, protección civil y combate a desastres.
El gobernador de Chubut, Ignacio Torres, confirmó que el principal foco del incendio en Puerto Patriada fue iniciado de manera intencional mediante el uso de acelerantes, lo que encendió las alarmas sobre la falta de controles y la retirada del Estado nacional en zonas estratégicas. Para críticos del gobierno, el discurso de Milei —que minimiza el cambio climático y promueve la desregulación total— ha generado un clima de impunidad que facilita este tipo de delitos ambientales.
Mientras brigadistas, bomberos y voluntarios enfrentan el fuego con recursos limitados, organizaciones civiles señalan que el ajuste impulsado por el presidente libertario debilitó estructuras de prevención y respuesta rápida. La reducción de presupuestos, la eliminación de programas ambientales y el desprecio público de Milei hacia la agenda climática son señalados como factores que agravaron una tragedia anunciada, en una región que desde hace meses registraba sequías históricas.
Para la oposición, el gobierno utiliza el relato de “saboteadores” y “enemigos internos” como provocación deliberada para evitar asumir responsabilidades políticas. Denuncian que Milei convierte el desastre en un arma discursiva: criminaliza sin pruebas concluyentes, promete castigos ejemplares y recompensas, pero elude explicar por qué el Estado llegó debilitado a enfrentar uno de los peores incendios de los últimos años.
Con el fuego aún activo en Chubut, Neuquén, Río Negro y Santa Cruz, la tragedia de la Patagonia expone algo más profundo que un desastre natural: un modelo político que, según sus críticos, provoca, abandona y luego capitaliza el caos para sostener su proyecto ideológico, incluso a costa del territorio, el ambiente y la vida de miles de personas.




