China cerró 2025 con el mayor superávit comercial de su historia y dejó en evidencia los límites de la estrategia arancelaria de Estados Unidos. Pese a los impuestos impulsados por Donald Trump para frenar a las fábricas chinas, el país asiático registró un superávit récord de 1.19 billones de dólares, 20 por ciento más que en 2024, de acuerdo con datos oficiales de su administración aduanera.
Los aranceles sí redujeron el comercio chino con Estados Unidos —el superávit bilateral cayó 22 por ciento—, pero Pekín respondió redireccionando sus exportaciones hacia otros mercados. Europa, África, América Latina y el sudeste asiático absorbieron buena parte del excedente, mientras muchas mercancías terminaron llegando a territorio estadounidense a través de terceros países, burlando los controles de Washington.
El resultado también se explica por una política industrial agresiva que prioriza la autosuficiencia. China sustituyó importaciones con producción nacional, mantuvo deprimida su demanda interna y apostó por exportar el excedente de sus fábricas. A ello se sumó un renminbi débil, que abarató los productos chinos en el exterior y los volvió aún más competitivos frente a la inflación que golpea a Norteamérica y Europa.
Desde Pekín, el mensaje fue claro. Funcionarios chinos acusaron a otros países de “politizar” el comercio y restringir exportaciones de alta tecnología, mientras el propio gobierno empuja a sus empresas a consumir insumos nacionales. El modelo, cuestionado por organismos internacionales como el FMI, ha generado millones de empleos en China, pero también ha provocado cierres de fábricas y tensiones comerciales en otras regiones del mundo.
El dato final deja una lección incómoda para Washington: los aranceles no frenaron a China, solo aceleraron su reacomodo global. En lugar de aislarla, reforzaron su papel como potencia exportadora y evidenciaron que, en la disputa económica mundial, Pekín aprendió a darle la vuelta a las reglas impuestas por Estados Unidos.


