Que un presidente no muestre logros claros en su primer año de gobierno es, por sí solo, una señal de alerta. Sin embargo, el problema se agrava cuando, frente a la opinión pública, se intenta maquillar la ausencia de resultados con decisiones simbólicas y gestos propagandísticos que no impactan en la vida cotidiana de la población. Eso fue lo que ocurrió cuando Donald Trump dedicó una conferencia de prensa de casi dos horas a justificar su gestión con acciones que carecen de fondo y alcance real.
Entre los supuestos “logros” presentados por el mandatario destacan el cambio de nombre del Golfo de México a “Golfo de América”, la declaración de ANTIFA como organización terrorista, la modificación del nombre del Departamento de Defensa por “Secretaría de Guerra” y la proclamación del inglés como idioma oficial de Estados Unidos. Medidas que, más allá de su carga ideológica, no generan empleo, no mejoran la seguridad ni resuelven los problemas económicos y sociales que enfrenta el país.
Lejos de mostrar liderazgo o capacidad de gobierno, este tipo de anuncios exhiben una estrategia basada en la confrontación, el espectáculo y el nacionalismo vacío. Cuando un gobierno no puede presumir avances en bienestar, crecimiento o estabilidad, recurre a los símbolos para distraer. Y cuando los símbolos sustituyen a los resultados, lo que queda a la vista no es fortaleza, sino un ejercicio de poder penoso y políticamente estéril.


