200 años del Plan de Iguala: el proyecto de México como una nación para todos

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200 años del Plan de Iguala: el proyecto de México como una nación para todos

Por Pluma Invitada | viernes, 26 de febrero del 2021.

Por: René González

El nacimiento de México en 1821 como nación independiente es producto directo de un pacto político: el Plan de Independencia de la América Septentrional, proclamado en la sureña ciudad de Iguala el 24 de febrero de hace 200 años. El Plan de Iguala fue adoptado por todos los sectores y grupos que vieron en este documento una ruta para concretar la lucha independentista y colocar el destino político de este territorio en mano de sus propios habitantes.

Pero en las distintas versiones elitistas del poder que consideran a la historia como mérito exclusivo del genio de “hombres notables” (casi siempre blancos), el nombre de Agustín de Iturbide ‒quien aparece firmando esta proclama y plan‒ es el principal y casi único artífice de haber propuesto un camino pacifico hacía la independencia política, un camino distinto al tomado el 16 de septiembre de 1810. Resulta muy conveniente para la ideología conservadora sustituir la figura de Miguel Hidalgo por Iturbide y terminar asegurando que la soberanía nacional se consiguió como una reacción contra de los movimientos liberales que pusieron límites constitucionales a la monarquía absolutista en España.

Así se afirma que en América también se anhelaba el regreso de Fernando VII y que, si los españoles no lo valoraban en la península, aquí se tendría que ofrecer un nuevo trono a él u otro miembro de la casa real de Borbón. Sin embargo, una mirada crítica a esta versión es considerar que la proclamación del Imperio Mexicano fue más el proceso de aceptación de una realidad política que impuso la guerra insurgente bajo los principios liberales de igualdad ‒la misma demanda que se imponía en España, bajo el único sistema de gobierno que se conocía hasta entonces‒. Este pacto solo fue posible en la coyuntura política donde las elites novohispanas, tratando de sacar ventaja para reafirmar su posición económica y política en este territorio, coincidieron con los sectores políticos que habían sostenido el ideal de una sociedad sin distinciones de castas o donde la posición social no estuviera marcada por el lugar de nacimiento.

En 1820 la lucha militar estaba concentrada en el sur; las tropas realistas ‒bajo el mandón de Iturbide‒ ni así no lograban aniquilar la resistencia suriana. Después de más de 10 años de campañas militares para sofocar a los núcleos insurgentes, la llama independentista no lograba extinguirse, solo replegarse. A pesar del impasse militar, gracias a la guerra de guerrillas que implementó y sostuvo Vicente Guerrero, la lucha ideológica seguía su curso. En la conciencia de los diferentes sectores sociales, la causa de la soberanía americana ganaba adeptos incluso entre las propias clases dirigentes, como la misma jerarquía de la iglesia católica que veía cómo la reforma liberal en España amenazaba varios de sus fueros y privilegios.

Así se imponen los puntos del Plan de Iguala para asegurar la conservación de la Iglesia católica como única religión oficial del Imperio, una postura con la cual la tropa y el mando popular insurgente no tenía demasiados inconvenientes, en momentos en que ese era el credo mayoritario de los nuevos mexicanos. Si mantener la religión era punto innegociable para las élites, la unión de los desiguales ‒es decir la igualdad entre los futuros ciudadanos ya fueran “americanos, europeos, africanos y asiáticos” ‒ fue el punto que terminó de convencer a los insurgentes para sumarse al Ejercito Trigarante. La “Unión entre americanos y europeos, indios e indígenas” quedó establecida en este Plan como un principio político que rompía con una tradición de segregación de 300 años. Por último, el plan y el Ejército Trigarante se constituyeron en el programa y el medio para asegurar la independencia política de un nuevo reino, no de un virreinato, ni de una provincia.

En el intercambio epistolar que estableció Iturbide con Guerrero, cuando aún se combatían, este le reiteró que todo lo que no tuviera que ver con la Independencia estaba fuera de negociación. Así fue como partieron de una base común que después de 10 años se había vuelto un consenso. Si bien los 23 puntos del Plan de Iguala fueron redactados por el propio Agustín de Iturbide, en varios de ellos encontramos una síntesis de los ideales políticos por los cuales se levantaron los primeros insurgentes: abolición de la esclavitud y el sistema de castas, así como el reconocimiento de la igualdad jurídica de todos los americanos, tan solo por haber nacido o estar asentados en este territorio. 

A pesar de renegar del desorden y el caos que provocaron los núcleos insurgentes que él se encargó de perseguir, Iturbide no pudo sino terminar por asumirse partícipe de estos ideales, por lo que solo ofrece un camino pacífico y ordenado para alcanzar los mismos fines revolucionarios que él había combatido. Sin duda, el Plan dejó abierta las rendijas para que él mismo fuera proclamado primer emperador, pero tuvo que hacerlo pactando y legitimándose con sus antiguos enemigos.

No se puede sostener que todo fue producto de acuerdos secretos o la mera concreción de la conspiración de las élites, los mismos sectores acomodaticios que un día proclamaban su lealtad al Rey, como también lo habían hecho con las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, al tiempo que mantenían al ejército realista en persecución permanente de los insurgentes para terminar aceptando como un proyecto propio la independencia política.  

El Plan de Iguala estuvo dirigido tanto a los criollos americanos como a los “españoles europeos”, poniéndolos en el discurso al mismo nivel que los sectores que no titubearon en la lucha por la independencia. Se apelaba entonces, a “la cadena dulcísima que nos une”, haciendo énfasis en los intereses compartidos por todos los habitantes de América; así se convirtió en ideal la “Unión de disidentes y realistas”. 

La crisis política que significó la invasión francesa a España y el regreso al trono de Fernando VII, acotado por la Constitución de Cádiz, fue el contexto amplio en que las antiguas colonias de toda América fueran convirtiéndose en Repúblicas, pero el anhelo de soberanía y libertad, sin duda fue un hijo legítimo de los habitantes de este continente, un proyecto que hoy seguimos sosteniendo bajo el horizonte de la justicia social para todos los mexicanos.


@renegonzalez12
Licenciado en Historia y ex Consejero Universitario de la UNAM. Ha sido Director General de Educación Básica, Coordinador del Programa SaludArte y Director Zonal de Jóvenes Construyendo el Futuro. Fundador del Centro Integrador para el Migrante "Leona Vicario”, Cd. Juárez.

Por Pluma Invitada | viernes, 26 de febrero del 2021.

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