Pluma Patriótica

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26 de septiembre, no se olvida

El 27 de septiembre de 2015 se cumplió un año de la desaparición de 43 estudiantes normalistas de la Escuela Normal Isidro Burgos, en Iguala, Guerrero. La fecha cayó en sábado y coincidió con la jornada futbolera del torneo mexicano en que se jugaba el Clásico Nacional, Guadalajara-América, en el Estadio Azteca.

Hubo ahí algunas estampas ahí vividas que, acaso por lo efímero del mundo mediático comtemporáneo, no vivieron el foro que les correspondía. Obviemos el aspecto fubtolístico del partido, y sólo resaltemos que fue un juego de buena intensidad donde el equipo rojiblanco doblegó al rival capitalino con apuros pero también con chispazos de buen juego. Sin embargo, hubo elemenos extracancha a los cuales hoy se les debe hacer remembranza.

Cuando el delantero rojiblanco Omar Bravo marcó el primer gol del partido, al minuto 15, hubo un desborde esperado de euforia de la afición rojiblanca. Pero resaltó un amplio afluente de la barra «La Insurgencia» que, acomodados estratégicamente en una zona alta de las gradas, sacaron en ese momento de visibilidad mediática una manta enorme con la leyenda «¿Dónde están?», protesta y exigencia de justicia alusiva al caso de desaparición forzada contra los 43 estudiantes. Mientras saltaban y coreaban un gol, aprovecharon para hacer un gesto solidario simbólico.

Asimismo, al minuto 43 del juego, por iniciativa de la barra americanista «Ritual del Kaos», un nutrido efluvio de voces comenzó a contar del uno al cuarenta y tres, cosa que el grueso de la asistencia al estadio secundó, antes de gritar por todo lo alto «¡Justicia!». Todo un estadio, y de los más grandes del mundo, independientemente de sus filiaciones futboleras irreconciliables, se unió en una coincidencia ética: decir «no» al autoritarismo y a la violencia.

En sana reproducción de otros episodios donde la gente aprovecha foros populares para una causa justa, esa tarde la asistencia al Clásico actuó con la dignidad de los hinchas argentinos que en 1979 en Berna, en un partido entre Argentina y Holanda, arriesgaron mucho para poner una manta que decía «Videla Asesino»; o con la entereza de los aficionados «Bukaneros» del Rayo Vallecano, que denuncian y combaten contra actos de racismo y otras miserias desde las gradas del Estadio de Futbol de Vallecas.

Para mayor contundencia, aquel sábado 27 de septiembre de 2015, la puerta número 43 del Estadio Azteca fue intervenida gráficamente, hubo pegada una portada del periódico La Jornada, donde sobresalía la pregunta «¿Dónde están?»,  que se complementaba con el rótulo «43» de la puerta.

Más allá de señalar la relevancia de cómo expresiones populares como el futbol -pese a sus aristas indeseables como sus malos manejos- pueden ser espacios de protesta y visibilización de injusticias, es relevante señalar cómo la herida abierta por el caso Ayotzinapa es una fractura que no tiene  punto de retorno. La memoria colectiva a favor de la justicia y la indignación contra la violencia en ese caso son un denominador común en los mexicanos, salvo en una minoría sociopática que aún hace escarnio, revictimiza y hace burlas sobre ese atroz acto.

A siete años de acaecido, muy poco ha avanzado la lucha por la justicia. Se apuntan dos pasos en ese sentido: el desmoronamiento de la «verdad histórica» del falsario y hamponil gobierno de Peña Nieto, ocurrido cuando el actual gobierno mexicano halló restos fuera del área indicada por dicha «verdad» y ello debió replantear el caso. Y la llegada de Omar García, normalista sobreviviente, al Congreso mexicano en la presente legislatura, quien dará no sólo voz y poder a la lucha por la verdad, sino también, con su sola presencia, dignificará a la Cámara de Diputados.

La lucha de Omar debe ser de todos. La disposición oficial para secundar esa dignidad está abierta, pero le falta celeridad. Que la memoria digna que se vive en el país, incluso en escenarios despolitizados como estadios de futbol, sea la vanguardia que haga avanzar a esa disposición gubernamental y la justicia en México sea la regla y no una lastimosa excepción.

 

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