A veces nos olvidamos de que militar en redes también es militar. Aunque a veces nos lo hagan sentir menos. Como si lo único «verdadero» fuera estar en la calle, pegar volantes, organizar asambleas, marchar. Y claro que eso también es militancia, y de la que forja comunidad y convicción. Pero no podemos seguir subestimando el papel que tiene hoy la trinchera digital en la lucha política.
Las redes no son solo un espacio de exhibición. Son un campo de disputa política y cultural. Desde la teoría política, sabemos que todo espacio donde se construye sentido común es también un espacio donde se disputa la hegemonía. Y las redes, hoy más que nunca, son eso: el lugar donde circulan las narrativas, donde se instalan las mentiras como verdades, y donde quienes detentan el poder buscan sostener su dominación simbólica. No se trata solo de visibilidad: se trata de control sobre lo que se considera verdadero, justo, deseable. En ese terreno, lo digital es profundamente ideológico.
Gramsci decía que una clase dirigente no se mantiene.
Militar en redes, entonces, no es solo hacer presencia. Es disputar el consenso, abrir grietas en lo establecido, sembrar la posibilidad de otro mundo. Como decía Marx, la crítica debe ser despiadada: no solo refutar, sino transformar. Y en tiempos donde la política se banaliza y la opinión pública se confunde con entretenimiento, hacer militancia digital es ejercer crítica, pedagogía y construcción de pueblo, todo al mismo tiempo.
No basta con indignarse. Hay que tener narrativa. No basta con compartir. Hay que argumentar. No basta con publicar. Hay que escuchar, responder, replicar.
A veces, el trabajo que se hace para redes se subestima. Se le quita peso político, se le considera accesorio, como si no fuera parte de la lucha ideológica diaria. Como si la batalla digital no fuera real. Como si la opinión pública se construyera sólo con desplegados y editoriales en papel. Ese menosprecio viene muchas veces de quienes no comprenden que cada imagen, cada tuit, cada video forma parte de una disputa por el sentido común. La comunicación nunca es neutra. Y cuando se despolitiza, gana el enemigo.
Una consigna viral puede abrir camino a una ley. Una campaña digital puede frenar una injusticia. Una estrategia en redes puede mover conciencias y cambiar votos.
También es militancia cuando desmontas una mentira con datos. Cuando corriges con respeto. Cuando haces que más gente comprenda el para qué de un proyecto.
Cuando sostienes la esperanza en medio del descrédito.
Cuando formas comunidad. Cuando contestas dudas sinceras, aunque no den engagement. Cuando amplificas voces que históricamente han sido silenciadas.
Cuando en lugar de burlarte, explicas; en lugar de cancelar, politizas.
La militancia digital no sustituye a la militancia territorial. La complementa. La expande. La defiende. La visibiliza. En un mundo cada vez más interconectado, no estar en redes es ceder terreno. No comunicar es dejar que otros hablen por nosotras. Y nosotras, las de abajo, las de la izquierda, las feministas, las que queremos transformar, no estamos para callar.
Estamos para disputar. También en redes.
Y sí: militar en redes también es militar.
Hay quien dice que todo esto es superficial, que lo que importa es el cuerpo a cuerpo. Pero olvidan que en un país donde millones se informan por TikTok, militar en redes es también llegar a donde no siempre llega el volante. Donde no siempre llega la asamblea. Donde no siempre llega el periódico impreso. Las redes no sustituyen el territorio: lo amplifican, lo resguardan, lo proyectan.
A veces nos olvidamos que las redes no son el problema, sino el nuevo territorio. El que hay que disputar con claridad, con estrategia y con conciencia. La revolución también se juega en el lenguaje. Y en redes, el lenguaje no solo comunica: crea realidad.
¿Y qué clase de izquierda seríamos si le dejamos ese terreno a la derecha? Si solo ellos se organizan, comentan, responden, posicionan. Si solo ellos producen contenido cotidiano, emocional, directo. Nosotras tenemos algo mejor: la verdad del pueblo, la dignidad rebelde, el horizonte de justicia. Pero hay que saber decirlo. Hay que saber contarlo. Hay que querer difundirlo.
Si Gramsci militara digitalmente, entendería las redes como el nuevo terreno donde se juega la hegemonía. No escribiría desde una celda, sino desde un celular, disputando cada trending topic con estrategia, ética y conciencia de clase. Usaría hilos, videos, memes. Pero no para hacer espectáculo, sino para politizar lo cotidiano. Porque como él mismo escribió: «instruíos, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia». Hoy también necesitamos toda nuestra conexión.
Y todo nuestro corazón. Porque militar en redes no es solo una tarea técnica: es también una tarea afectiva. Defender la esperanza, responder con ternura, sostener la mirada larga. Tejer comunidad en la inmediatez. Resistir al cinismo, a la desinformación, a la mercantilización del debate. Apostar, día tras día, por una comunicación con proyecto, con raíces, con pueblo.
A veces nos olvidamos. Pero estamos aquí para recordarlo. Para decir, una y otra vez: militar en redes también es militar. Y hoy, más que nunca, lo necesitamos.



