Pluma Patriótica

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Academia mexicana, trabajo no remunerado y subempleo

Hace algunas semanas, las redes sociales ardieron en indignación por la convocatoria emitida por la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG) en la que se invitaba a docentes, normalistas, investigadores, cronistas, maestros y bibliotecarios a participar en el rediseño de los materiales educativos para el próximo ciclo escolar. La fuente del enojo de miles de cibernautas se concentró en el punto 8 de la Convocatoria, que indicaba que cada participante recibiría una constancia con valor curricular por sus aportaciones en lugar de una remuneración económica.

Se habló profusamente de la precarización laboral generalizada y de una infame política pública que se valía de un trabajo no remunerado para un asunto crucial del sistema educativo. En su momento, la percepción generalizada fue de condena y se omitió que en el magisterio hay un sistema de ascensos similar al de la academia universitaria, donde las constancias obtenidas cuentan para subir en un escalafón de niveles jerárquicos y salariales.

El debate, por lo tanto, podría extenderse a cómo funciona la academia en sus más elevados niveles. ¿Es justo que profesores, investigadores independientes y estudiantes colaboren en programas académicos que “únicamente” ofrecen una constancia? ¿Acaso es “más valioso” o “menos condenable” que este modelo se ejerza en las universidades? ¿Deberían pagar también toda colaboración académica en las instituciones de investigación y educación superior?

Es muy probable que, además del manejo mediático sobre la convocatoria de CONALITEG, la indignación se haya suscitado por un cambio en el modelo terciarizado de la producción de los libros de texto, que era una forma muy lucrativa para empresas privadas, en muchas ocasiones ajenas a las experiencias de los profesores que trabajan directamente en el aula. Por eso hubo debates muy incendiarios contra un cambio que implica una pérdida económica para un sector antes muy apapachado por las arcas públicas (debates incendiarios que han sucedido recurrentemente en lo que va de este sexenio).

Sin embargo, en las universidades el trabajo no remunerado y el subempleo son aceptados incluso como una labor casi altruista en aras del avance científico y el conocimiento. Es muy común, por ejemplo, que estudiantes titulados en áreas humanísticas o científicas, sean integrados a centros de investigación con becas que están por debajo del salario mínimo y sin ninguna prestación en horarios de tiempo completo. También se publican libros o artículos en revistas que no reciben remuneración alguna. Eso sí, otorgan un nivel de prestigio que, se intuye, se considera suficiente e incluso deseable, a diferencia de colaborar con la formación de millones de niños y niñas de todo el país.

Este texto no es una defensa del modelo de colaboración para los más recientes libros de texto —que merecería discusiones profundas sobre la mejor forma de crear herramientas didácticas con inclusión de profesores y profesoras—. Lo que intento exponer es que, si vamos a argumentar que es injusto realizar trabajos educativos o académicos no remunerados, tendríamos que pensar por qué se sostiene sin indignación y desde hace décadas: el modelo de la academia mexicana. En la aceptación de trabajar sin pago para investigaciones científicas, parecería que opera una percepción de que una cosa vale la pena y otra no, pues incidir en la formación del grueso de la población no otorga el prestigio asociado a espacios cerrados y elitistas, como las universidades y centros de investigación.

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