Pluma Patriótica

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AMLO, nuestra historia como camino

En su trayectoria política como militante por las causas de los pobres de México, Andrés Manuel López Obrador ha hecho constante referencia a personajes y sucesos de la historia nacional. Desde su acompañamiento a pueblos indígenas y movimientos sociales en su natal Tabasco podemos rastrear cómo el pensar histórico ha sido la guía para la acción política. La historia de México ha sido una herramienta que ha estado presente en fechas, símbolos, posiciones y reivindicaciones que se han retomado como pautas para la lucha democrática desde la década de años setenta. La historia como maestra de la vida y la política es una tesis fundamental del pensamiento obradorista.

“El 9 de noviembre de 1988, en el número 343 de la revista Por Esto!, Andrés Manuel López Obrador, candidato al gobierno de Tabasco, le dice al reportero José Flores: “Mi ideología se inserta dentro de las aspiraciones de Independencia de nuestro país. Que no haya injusticia social. Nuestro proyecto parte de lo que se ha de llamar la República Restaurada, con Juárez… Mi definición, pues, se inserta dentro de la corriente juarista en lo político, y cardenista en lo económico social” (Batres, 2008).

Estas referencias han quedado plasmadas en citas, libros, escritos, declaraciones públicas, discursos y conferencias; a lo largo de su trayectoria como dirigente político prevalece en AMLO una idea de la función social de la historia, como ha referido: “Ya Morelos estableció en Los Sentimientos de la Nación el propósito de moderar la opulencia y la indigencia; para qué buscar modelos en el extranjero si nuestra historia nos dice como construir una sociedad justa”.

Hitos de la historia nacional han sido fundamentales para volver a levantar las banderas que el neoliberalismo ha querido arrancarnos: la reivindicación de 500 años de resistencias indígenas, la revuelta emancipadora de los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón, la gesta libertaria de los liberales del siglo XIX, la lucha anti releccionista con que comenzó la revolución mexicana y la expropiación petrolera que durante el cardenismo consolidó el estado de bienestar son ejemplos que el dirigente López Obrador supo retomar para combatir a los neoporfiristas de los siglos XX y XXI.

Tanto al ganar la jefatura de gobierno del Distrito Federal, como al llegar a la presidencia de México por la vía electoral y pacífica, los símbolos y los personajes de las luchas del Pueblo son retomados como imagen y contenido del proyecto alternativo de Nación que se ejerce hoy en día desde las instituciones; a diferencia de la historia de bronce y petrificada que empleó el régimen priista en sus años de partido único de Estado —para legitimar con un discurso hueco sus acciones contrarrevolucionarias—, en la actualidad la historia implica una serie de remembranzas que son mostradas a la luz de la vida pública para puntualizar como la lucha por el bien común, la soberanía nacional, la austeridad republicana, la independencia y el Estado de bienestar son construcciones de las generaciones y las culturas de México a través del tiempo.

En una ruta paralela, el Presidente ha iniciado una estrategia de comunicación inédita para la política mexicana y más aún para la investidura presidencial: las conferencias mañaneras que son diálogos circulares y auténticos paradigmas de la libertad de prensa y de expresión; rompiendo los formatos de la vieja y autoritaria comunicación institucional. Estos encuentros con los medios (incluso aquellos cuyos dueños son empresarios adictos a los privilegios que les otorgaba el viejo régimen) se han convertido en intercambios con el Pueblo de México —a quien López Obrador se dirige con mensajes de concientización y urbanidad política— en los cuales la historia y la memoria tienen un lugar primordial como elemento pedagógico, para nuestros días y esencialmente para el porvenir.

La Cuarta Transformación tiene en la historia nacional su fundamento, argumentos y principal baluarte para sostener un proyecto político inédito que intenta romper la hegemonía de los discursos que el neoliberalismo estableció como únicos. Esto no es menor tras casi cuatro décadas de gobiernos que priorizaban las recetas extranjeras y que llevaron al país al despeñadero.

Retomo a Martí Batres, quien sintetiza la importancia de la historia nacional en el proyecto transformador como una de las claves de AMLO:

“En la historia de México está todo nuestro proyecto. La educación gratuita, el ejido, la comunidad indígena, los derechos laborales, la propiedad originaria de la nación, la universidad pública, el sector público de la economía, la planeación democrática, la expropiación del petróleo, la propiedad social, la seguridad social, el municipio libre, la división de poderes, el derecho de manifestación, la libertad de prensa, el Estado laico, en fin, un proyecto nacional-popular-democrático”. (Batres, 2008).

Las gestas de la historia de México vuelven a irrumpir como ejemplos de la existencia de proyectos alternativos a la dictadura del mercado —que el capitalismo tardío sostuvo con la narrativa simplista de: el fin de la historia—, pues según los ideólogos conservadores después de la caída del muro de Berlín solo había un camino, donde la historia perdía todo sentido porque se imponía el sistema unipolar. Nada más lejano a la realidad: en el México del siglo XXI resurge un proyecto nacional anclado en nuestra historia, tradiciones, culturas, y valores.

Es indispensable no dejar de lado que la inmersión en nuestra historia nacional es la estrategia que López Obrador hereda a la izquierda —en otras etapas muy dada a retomar los discursos y copiar los valores de sus adversarios históricos o de los exponentes de otras latitudes territoriales e ideológicas—.

En la actual hora de confrontación directa al proyecto transformador desde el conservadurismo y sus intelectuales orgánicos —que medraron durante sexenios del uso de la historia a satisfacción del poder—, son tareas de militantes críticos (en el más amplio y sentido de la palabra), las siguientes:

  • Contextualizar y ampliar cada referencia, dentro de la historia nacional o la historia de las civilizaciones, para profundizar su argumentación como parte de un ejercicio pedagógico dirigido al Pueblo de México.
  • Difundir esta visión historicista como estrategia de formación política, tanto para la militancia como para las nuevas generaciones que ha crecido en el desdén al pasado y en la opción por la desmemoria que la ideología neoliberal ha impuesto como signo de modernidad, bajo el mantra “superemos el pasado” y desde la profusa difusión de banalidades.

Como ha dicho Paco Ignacio Taibo, los jóvenes requieren saber y tener pasado, no pueden estar solo flotando en una sociedad en conflicto, donde su participación estará llamada a ser esencial.

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