Pluma Patriótica

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Amnistía

El Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, dio a conocer su intención de firmar un decreto para liberar a los presos del fuero federal que no hayan cometido delitos graves, entre los cuales se encuentran los siguientes grupos: todas aquellas personas que hayan sido privadas de su libertad por más de diez años sin haber sido sentenciadas; personas de más de 75 años; personas de más de 65 años que padecen enfermedades crónicas —las cuales serán diagnosticadas por la Secretaría de Salud—, y personas a quienes se compruebe que hayan sufrido tortura según el Protocolo de Estambul, que busca investigar y documentar los incidentes de tortura y otras formas de maltrato, así como castigar a los responsables de manera completa, efectiva, tácita e imparcial.

Al otorgar amnistía a las personas privadas de su libertad que cumplan con estas características, el mandatario estará demostrando un humanismo sin precedentes, además de cumplir una de sus propuestas presentadas durante su candidatura presidencial en 2018. Como era de esperarse, ahora como entonces, la noticia fue recibida sin entusiasmo alguno por cierto sector de la población y fue el pretexto perfecto para que el clasismo se hiciera presente en cada uno de sus comentarios.

Los centros penitenciarios han sido lugares marginados desde su origen, pues suelen estar a las afueras de las ciudades, como si se enviara el mensaje de que la gente que está ahí dentro no pertenece a la sociedad. Las problemáticas, el dolor y las injusticias que viven aquellos privados de su libertad suelen importar poco. Es como si una vez dentro de las cárceles las personas fueran un número más también para los que estamos del otro lado. Poco importa la corrupción, la fabricación de falsos culpables y la declaración bajo tortura: sólo importa tener un culpable para reforzar la dicotomía de buenos contra malos.

Desde la psicología, específicamente desde el área social y experimental, han sido ampliamente documentadas la influencia y la repercusión que tienen en la salud mental los centros penitenciarios y la gran variedad de abusos que se sufren ahí dentro. Un maravilloso ejemplo de esto es el experimento de la prisión de Stanford, en el que el psicólogo Philip Zimbardo pudo demostrar —entre muchas otras cosas— que cualquier persona, por “buena” que se considerara, podía llegar a castigar, violentar y ejercer poder sobre otra persona si se encontraba en un entorno negativo, por lo que los actos inmorales no son exclusivos de la gente “mala”, creencia que ha sido grabada a fuego en el inconsciente colectivo por mera comodidad.

El decreto en cuestión puede ser el primer paso para pensar en alternativas más allá del punitivismo y para garantizar verdadera reinserción social a todas las personas que sean liberadas. Del mismo modo, nos brinda la oportunidad de empezar a tener conversaciones sobre seguridad, políticas públicas, e incluso, la posibilidad de una reforma penitenciaria.

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