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Distintos años, misma parálisis: el aniversario luctuoso de los más grandes

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“Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0″
Víctor Hugo Morales

Ha pasado un año desde que el mundo convulsionara en toda su dimensión, congelándose un instante por completo, superando las leyes elementales de la física. Y curiosamente, en el mismo día, pero de diferente año, el mundo fue víctima de la misma convulsión para que solo se escuchara el murmullo del lado izquierdo del pecho, con un corazón que golpeaba los huesos en un tamboreo que se sentía del lado correcto de la historia. Hace un año, el Diego; hace cinco, el Comandante.

Recuerdo escuchar en la lejanía una tristeza profunda, como el ruido del césped húmedo en la cancha cuando la recorre un balón que apaga la incandescencia de la tribuna del estadio. Recuerdo recibir la noticia como un rayo que parte el calor intenso de una discusión política en la cima de la barra alentando hasta el final a tu equipo, dejándote perturbado e insípido como una plática académica.

La obra de dos gigantes que interactúan uno con el otro es una coincidencia mágica de la vida misma. Uno navegando en su Granma hacia la culminación histórica de la exigencia de su patria para llevar a cabo la revolución; el otro, pateando una esfera del tamaño del mundo, haciendo un recorrido memorable hasta los límites de las franjas de la cancha con unas gambetas finas y burlando a los rivales antagónicos de la clase trabajadora mundial.

Lo terriblemente sorprendente es que ambos se hayan difuminado más allá de la Granma y las franjas de la cancha, hacia las limitaciones planetarias y hayan sido reclamados el mismo día. De hecho, el mismo día que el ejemplo de lucha, dignidad, y la asimilación de que otra visión del mundo es posible: el día que zarpó el yate que llevaba la revolución de Tuxpan Veracruz hacia las costas orientales de Cuba.

El reclamo del cielo era inminente, pues su labor en la tierra estaba culminada para los dioses de épocas pasadas. Sin embargo, era demasiado pensar en que se nos fueran simultáneamente, con un desborde en el centro de la cancha, los dos. Si hubo una negociación con los dioses de parte de la humanidad, fue primero con el Comandante, el constructor de los cimientos de la revolución, el líder histórico de aquella esperanza que le cambió la vida a millones y nos entregó una razón para seguir luchando por las y los pobres. Y si esta negociación fue, tenía fecha de vencimiento; el segundo gigante ya se había burlado muchas veces, con sonrisa en el rostro, con unas ganas inmensas de hacer una tarde infinita de caños y gambetas. Finalmente, el gigante se convirtió en un dios, pero el dios más humano entre los dioses que lo reclamaban, como bien palpaba con sus palabras Galeano.

Y no por la belleza en su conducción del balón, ni por su liderazgo en el campo, ni menos por devolver la alegría a una ciudad marginada por los poderosos del norte de un país sumergido en el mediterráneo de Europa, en donde lo único con lo que contaba su gente era su equipo, con el que hacía justicia cada 90 minutos de rodar el balón, sino por sus errores.

Errores que cualquier mortal pudiese cometer, errores que después de un tiempo son perdonados por la grandeza mágica del dios humano en la cancha. Sin embargo, no cualquier mortal era un dios encarnado como Diego, con presencia total en todos los rincones del campo de juego: imagínate que la guerra desatada por una potencia del norte de Europa, con miras en adueñarse de un territorio que no era suyo, se topa con una mano divina y una obra de arte por la franja del extremo derecho de la cancha del estadio Azteca en el mundial de México 86 para hacerle justicia años después. Se topa con un barrilete cósmico desparramando bestias, “para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina”, demostrándoles que nadie es dueño del mundo y menos de la pelota.

Son muchas las curiosidades y contradicciones de estos dos gigantes que han dejado rastro palpable y severo en mí. Me estremece recordarlos pensando en una ocasión, poco probable como solo ella, donde se mezclaron un eufórico Víctor Hugo Morales narrando Argentina contra Inglaterra, con un discurso histórico en las Naciones Unidas de mi comandante en el 79 regañando al imperio por su desastre en el planeta con sus bombas nucleares y la pobreza. Tan improbable en su mezcla como presenciar una noche fría de entre semana donde un beso de dos enamorados al salir de un bar del centro de la ciudad cristaliza las palabras de Fidel y materializa la crónica de Víctor Hugo Morales. Esos momentos me hacen recordar la finalidad de mi papel en la historia.

Hace un año que me enteré de la noticia de que el dios más humano había muerto. Un estupendo camarada me llamó para contarme y yo no creía tal suceso como no creí jamás años atrás, pero el mismo día, la muerte del líder histórico de la revolución cubana, hasta que miré los ojos de mi madre con lágrimas y comprendí que la historia lo había absuelto. En las dos ocasiones de las terribles noticias me quedé helado sin poder expresar mi profunda admiración hacia aquellos gigantes. Hoy, al pasar de un año y de los años del reclamo de los dioses a los gigantes escribí lo que no puede decir en su momento, por tan duro impacto. No obstante:

“Oh mamma, mamma, mamma,
Oh mamma, mamma, mamma,
Sai perchè mi batte il corazon,
Ho visto Maradona,
Ho visto Maradona,
Oh mamma, inamorato sono…”

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