Ciudad de México a 10 diciembre, 2025, 15: 14 hora del centro.
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Arquitectura hostil, exclusión y clasismo

postal PP horizontal Estefania Arenas

Hasta hace unos días, amable lector, desconocía la existencia del término “arquitectura hostil”. Aunque para algunos es conocido, para la mayoría sin duda es novedoso, filosóficamente, políticamente y sociológicamente bastante se ha estudiado; sin embargo, al día de hoy, la Real Academia Española (RAE), como referente mundial de habla hispana, no lo tiene en sus registros (definición completa). No obstante, podemos articularla de acuerdo con sus componentes.

Arquitectura, según la RAE, es el arte de proyectar y construir edificios; en tanto, hostil se refiere a lo que es contrario o enemigo. De ahí que el término puede interpretarse como un tipo de diseño arquitectónico que excluye a cierto grupo de personas de espacios urbanos, modificando y/o restringiendo comportamientos sociales.

Por la década de los 80, el teórico político Langdon Winner sostenía en su famoso ensayo Do Artifacts Have Politics que los objetos inanimados (cualquier objeto que no tiene vida) tienen connotaciones políticas. Es decir, mediante herramientas e infraestructuras pueden reflejarse relaciones de poder e imponer estructuras sociales.

Según la teoría existen dos formas en que un artefacto puede ser político: ya sea por su intención (fue diseñado con un propósito político) o por sus efectos estructurales (aunque no haya sido su intención, su adopción moldea relaciones sociales).

De ahí que en esta imposición de estructuras se inmiscuye en espacios urbanos infraestructura (bancos, picos de metal, aspersores de agua intermitentes, jardineras, señalética, etc.) como forma de control que previene la llegada de personas en situación de calle, personas pertenecientes a grupos vulnerables, inclusive fomenta la segregación, es decir, el diseño urbano en sí mismo contiene una forma política y social que desde luego es intencionada, creando dinámicas sociales particulares.

La Ciudad de México es claro ejemplo de varios lugares con “arquitectura hostil”: la Av. Masaryk, Parque la Mexicana o Santa Fe en sí mismo, en donde el enfoque del poniente de la CDMX —hasta hace unos meses— seguía siendo capitalista a favor del automóvil, excluyendo a peatones y de alguna forma al transporte público, haciendo más evidente la segregación y que decir del parque Lincoln que permite cohesión solo con los suyos.

Es decir, algunas decisiones de diseño tienen implicaciones profundamente de exclusión y racismo y el ignorarlas lo único a lo que refiere a una sociedad dormida, sonámbula con claras carencias de sentido social.

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