junio 13, 2021

Pluma Patriótica

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martes, 28 enero, 2020
Moralmente derrotados: una mue

Moralmente derrotados: una muestra

En 1990 Estados Unidos, en complicidad con la familia real de Kuwait, aplicó una de las mejor ejecutadas estrategias de comunicación para justificar la operación Tormenta del Desierto frente a su congreso, su población y sus aliados internacionales. De la mano de los grandes conglomerados mediáticos, armó una cadena de mentiras que tuvo una resonancia extraordinaria. No sería la primera ni la última vez que lo hiciera, pero, cuando menos en esa ocasión, sería extremadamente eficaz para legitimar la acción militar hasta el punto de que la Guerra del Golfo sigue siendo considerada en amplios sectores como una acción humanitaria.

¿Cómo se logró el apoyo popular a una iniciativa semejante que tendría lugar al otro lado del globo, sin que estuviera en juego la seguridad nacional norteamericana (noción que fue explotada después, para la invasión a Irak de 2003) y después de las terribles lecciones de la guerra de Vietnam? Se perfeccionó la infalible fórmula de la humanización de las causas, a través de mentiras que mas tarde fueron reveladas (no, por supuesto, con la misma difusión que la propia mentira): una enfermera kuwaití afirmaba que soldados iraquíes arrancaban de incubadoras a bebés recién nacidos para dejarlos morir en los pasillos. La maldad pura corrió como versión verificada por la mayor parte de los canales de televisión y la semilla de la indignación social quedó sembrada para lo que siguió.

Es imposible no pensar en la anécdota a la luz de acontecimientos de los últimos días: el video de un niño enfermo de cáncer implorando medicinas recorrió las redes sociales y el nombre de una niña que supuestamente falleció por falta de medicamento se instaló durante días en los medios de comunicación, de la mano de una acusación contra la política de austeridad y la negligencia de las instituciones públicas de salud.

Cada vez existen más datos del desabasto programado de medicamentos por parte de las farmacéuticas y del necesario jaloneo entre éstas y un gobierno que intenta romper con la lógica del monopolio en el que estas empresas han estado cómodas por años, auspiciadas por gobiernos anteriores. Por supuesto que ninguna de estas empresas va a salir a decir: “No quiero perder ganancias”. ¿Qué hacen entonces? Contienen la oferta, conociendo, desde luego, el impacto que esto tendrá sobre los usuarios de los medicamentos y, de ser posible, usándolo para provocar indignación, porque ¿cómo es posible que un gobierno deje morir a sus enfermos por la necedad de recortar presupuesto?

Pero las farmacéuticas no son las únicas responsables del consumo de versiones equivocadas o deliberadamente impuestas en la opinión pública. Existen, además, quienes están prestos a usar el momento para multiplicar la indignación y darle forma: actores políticos, comunicadores, opinócratas. Da igual si la indignación está basada en una verdad a medias o una mentira. Da igual si es tan grave como para afirmar falsamente que una niña murió a causa de la falta de un medicamento. Da lo mismo, también, si la fuente del dolor humano provocado es uno, cuando lo que se quiere es usar ese dolor para golpear políticamente a otro. Nada de eso importa porque estamos en medio de una guerra de comunicación en la que lo que se pretende es comprobar a toda costa el fracaso de este gobierno.

Para nuestra suerte, ni estamos en el contexto de impunidad de que gozaban los medios de comunicación, ni este país es el mismo de hace 30 años. Si bien ninguno de estos montajes debiera pasar sin ser debidamente exhibido como lo que es, contra el resultado esperado de estrategias mediáticas como la descrita, éstas han tenido poca resonancia por la falta de credibilidad de sus voceros —y en eso es clave el dato de la falta de convocatoria que tienen quienes han querido capitalizarlas.

No se equivoca Andrés Manuel cuando afirma: “Están nerviosos, fuera de quicio” y no han podido constituir una fuerza de oposición creíble porque están “moralmente derrotados”, incapaces de “establecer un paralelo entre la nueva realidad y el último periodo neoliberal caracterizado por la prostitución y el oprobio”. Lo que hemos visto los últimos días es parte de la confirmación crónica de quiénes son y lo que les importa.

Azul Alzaga Magaña. Analista política y social, politóloga del CIDE y fundadora de la Asociación Civil Observatorio de la Justicia A.C. Actualmente es colaboradora de Milenio como columnista invitada en temas políticos, en materia de comunicación, seguridad y justicia, así como co-conductora del noticiero dominical de las 22:00 y del segmento de entrevistas La conversación

@azulalzaga

Otros textos de la autora: 
-Repensar hacia adelante
-Le echó ganas

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