Ciudad de México a 24 enero, 2026, 23: 46 hora del centro.
Ciudad de México a 24 enero, 2026, 23: 46 hora del centro.

Balance de un cambio real frente al futuro

postal PP horizontal Manuel Antonio-3

Diciembre es tiempo de fiestas, de descansos, de vacaciones y de aguinaldos para una parte de la población, y hay que decirlo sin romanticismos, para otra parte no lo es. Aun así, el mes mueve algo profundo. Calles llenas, mercados reventados, tianguis vivos, mesas compartidas. Hay una energía social que se siente en el espacio público y que dice mucho más de lo que a veces se quiere reconocer.

Esa derrama no es una casualidad estacional ni un regalo del mercado. Es el resultado de conquistas históricas de la clase trabajadora. El aguinaldo, el descanso pagado, la posibilidad de consumir un poco más no cayeron del cielo. Son victorias arrancadas con organización, lucha y decisión política. Recordarlo importa, porque en tiempos donde todo se intenta explicar cómo dinámica natural, conviene insistir en que los derechos también se expresan en la vida cotidiana y en el bienestar material.

La demanda que hoy se observa en diciembre no nace de la especulación financiera, sino del bolsillo popular. Cuando el salario alcanza, cuando existe una certidumbre mínima, cuando el ingreso deja de erosionarse mes con mes, la economía se mueve desde abajo. Por eso no sorprende que mercados, centros comerciales y comercios locales estén llenos.

Durante décadas se nos dijo que mejorar el ingreso de las mayorías era irresponsable, que subir salarios destruiría la economía. Esas afirmaciones, convertidas en políticas públicas, fueron profundamente dañinas. Sumieron a millones de familias en la pobreza durante años y dilapidaron su capacidad adquisitiva. El cambio de ese rumbo también fue producto de una lucha popular. Fue la arrasadora mayoría popular la que decidió emprender el camino de la cuarta transformación de la vida pública, y sus representantes, encabezados primero por Andrés Manuel López Obrador y hoy por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, dieron las batallas políticas, las negociaciones y los acuerdos necesarios para modificar la dinámica económica que durante décadas castigó a las clases trabajadoras de nuestro país.

Hoy vemos lo contrario. Cuando al pueblo le va mejor, la economía respira. No es magia. Es sentido común económico con justicia social.

Este cierre de año también obliga a un balance más amplio. Siete años después del inicio de la transformación, es sano mantener la humildad. Hay mucho por hacer y los problemas no desaparecen por decreto. Pero también sería deshonesto negar lo evidente. Por primera vez en más de una década se rompió la inercia de crecimiento permanente de la violencia que se desató desde que la guerra contra el narcotráfico se convirtió en política de Estado. Hoy los homicidios dolosos diarios han disminuido de manera significativa. No se trata de una victoria definitiva, pero sí de un cambio de rumbo histórico. Detener una tendencia tan prolongada significa que el país dejó de deslizarse sin frenos hacia el abismo, y eso es una realidad que abre espacio a la esperanza.

En el terreno económico, el mito neoliberal también empieza a resquebrajarse. El salario mínimo aumentó como nunca y la catástrofe anunciada no ocurrió. No hubo hiperinflación, no colapsó la economía, no se desplomó el empleo. Al contrario, millones de personas mejoraron su ingreso real. Trece millones y medio salieron de la pobreza durante el último sexenio y las mediciones recientes confirman algo inédito. Por primera vez en la historia reciente, la población considerada clase media supera a la población en situación de pobreza. Incluso organismos internacionales han tenido que reconocerlo, como el Banco Mundial. Estos datos no son propaganda. Son el resultado de políticas públicas que apostaron por la redistribución y el bienestar.

A ello se suman decisiones estratégicas que a menudo se pierden en la grilla cotidiana. La defensa de la soberanía energética, la construcción de obras públicas en todo el país, la inversión en infraestructura que genera empleo y conecta regiones históricamente olvidadas. Todo esto también se traduce en una mejora tangible de la calidad de vida. Por eso resulta casi cómico escuchar a quienes hablan de un país en ruinas mientras los espacios públicos están llenos y la gente consume, festeja y critica con absoluta libertad. Es una dictadura muy peculiar, una donde se compra, se celebra y se disiente sin miedo.

Cerrar el año no implica negar los pendientes ni cantar victoria anticipada. Implica reconocer que hay buenas noticias. Implica afirmar que los avances no son concesiones graciosas del poder ni accidentes afortunados, sino frutos de luchas históricas de la clase trabajadora y de un proyecto político que decidió poner a las personas en el centro. En tiempos de ruido y exageración, quizá el acto más honesto sea este. Mirar la realidad con calma, con memoria y con perspectiva histórica.

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios