Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 19: 01 hora del centro.
Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 19: 01 hora del centro.

Bienvenido 2026, ¡sigamos construyendo democracia!

postal PP horizontal Alejandra Salgado

Iniciar un año más en el contexto actual, implica asumir que el país atraviesa un proceso de transformación constante, profunda y todavía en disputa. La Cuarta Transformación ha planteado que el cambio verdadero no ocurre sólo desde el gobierno, sino desde los principios que orientan las decisiones públicas y partidarias. Y es ahí donde el inicio de un nuevo año cobra sentido político y ético.

En este marco, la discusión sobre paridad de género y no nepotismo no es un tema técnico, ni una moda normativa, sino implica una prueba de coherencia democrática. La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara y consistente: la transformación no puede sostenerse si se toleran prácticas que reproducen privilegios, exclusiones o herencias del poder. Su postura ha sido explícita al señalar que la paridad es una convicción democrática y el no nepotismo una condición ética mínima para servir al pueblo, no un obstáculo para la gobernabilidad. La paridad, elevada a rango constitucional desde 2019, marcó un antes y un después en la vida política del país. No se trató solo de abrir espacios a las mujeres, sino de reconocer que, sin igualdad en la representación, la democracia es incompleta. Anne Phillips aportó con precisión: la legitimidad democrática se erosiona cuando quienes deciden no reflejan la diversidad social. En esa lógica, la paridad no es concesión, es justicia.

Paridad no es simulación ni reparto estratégico; es reconocer que las mujeres tenemos derecho a gobernar, decidir y transformar desde nuestra propia experiencia y esa claridad política es parte del legado que consolida la 4T como un proyecto con base ideológica. El segundo gran eje —el no nepotismo— resulta igual de decisivo. Durante décadas, la política mexicana normalizó la idea de que el poder podía heredarse, compartirse en familia o repartirse entre círculos cercanos. La Cuarta Transformación ha cuestionado frontalmente esa práctica. Sheinbaum ha insistido en que el servicio público no es un patrimonio familiar ni una plataforma para reproducir apellidos, sino un encargo del pueblo que exige probidad, capacidad y compromiso social. La ciencia política respalda esta postura. Max Weber advertía que cuando el poder se patrimonializa, se vacía de racionalidad ética y se convierte en dominación personal. En términos más contemporáneos, Pierre Rosanvallon señala que la desconfianza ciudadana se profundiza cuando las élites políticas parecen cerradas sobre sí mismas. El no nepotismo, entonces, no es sólo una regla: es una respuesta a una crisis histórica de legitimidad. Este punto conecta con otro debate crucial: la diferencia entre popularidad y probidad. En tiempos de redes sociales y polarización, no es raro que ciertas figuras acumulen notoriedad a partir de conflictos, escándalos o coyunturas negativas. Sin embargo, como ha señalado Sheinbaum, la popularidad no sustituye a la honestidad ni a la capacidad para gobernar. La transformación exige algo más profundo que el aplauso momentáneo. Trasladado al terreno electoral, esto implica que los partidos —y especialmente MORENA, por su responsabilidad histórica— deben postular candidatas y candidatos probos, con trayectorias limpias, sensibilidad social y congruencia ética, más allá de su nivel de fama o posicionamiento mediático.

La Cuarta Transformación se ha definido, desde su origen, como un proyecto que pone en el centro la justicia, la honestidad y la atención prioritaria a los sectores históricamente olvidados. Esa definición no puede diluirse cuando llega el momento de tomar decisiones internas. Luisa María Alcalde, Presidenta de MORENA, ha reiterado que el movimiento no puede convertirse en aquello que combatió: prácticas de simulación, imposición o privilegio disfrazadas de estrategia política. Aquí es donde iniciar un nuevo año adquiere una dimensión colectiva. No se trata únicamente de balances o propósitos individuales, sino de una renovación del compromiso democrático. Los liderazgos políticos, sobre todo a nivel local, tienen la responsabilidad de entender que cada decisión envía un mensaje al país. Elegir con criterios éticos fortalece la confianza; ceder a intereses personales, la erosiona. Hannah Arendt advertía que la política pierde su sentido cuando se reduce a la gestión de intereses privados, la 4T ha buscado, precisamente, devolverle sentido público a la política: paridad y no nepotismo son expresiones concretas de esa aspiración. No son límites incómodos, sino principios que ordenan el poder en favor del pueblo.

Comenzar un nuevo año en México exige recordar que el cambio verdadero no se hereda, no se improvisa y no se negocia con la incongruencia. Se construye todos los días, con decisiones que reflejen que los principios de la 4T no son discurso electoral, sino una base ideológica viva, capaz de seguir transformando la vida política y democrática del país.

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios