Pluma Patriótica

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Breve disección de los moneros de las derechas

Este texto se redacta no desde una especialización gráfica o artística, sino desde una reflexión periodística a propósito de un género fascinante en la prensa mexicana: el cartón político.

Es ya un lugar común mencionar que la caricatura política ha sido no solo un modo de expresar ideas en publicaciones, sino un instrumento de lucha en ciertas coyunturas. Remitidos a esta tesis, pensamos en el porfiriato, cuando grandes caricaturistas fueron insignes porque su trabajo desentrañaba a la dictadura en tiempos donde el analfabetismo era un obstáculo ante la difusión de ideas.

Ello por una razón: el cartón no consiste en ilustrar chistes, sino fundamentalmente en hacer análisis políticos gráficos, capaces de capturar, en un instante, no solo la postura política crítica del autor, sino también su reflexión documentada y ponderada de los personajes o situaciones que caricaturiza.

Con base en eso, resalta un hecho paradójico: cuando por primera vez en mucho tiempo gobierna en México un Presidente con cierta carga a la izquierda, la caricatura política de las derechas parece estar en una crisis. Si el poder institucional está en manos de un proyecto con el que discrepan, y las decisiones colectivas y su escrutinio van impregnadas del peso de ese poder institucional, esto debería ser un campo fértil para que los caricaturistas de las derechas dieran rienda suelta a su ingenio y, sobre todo, basaran su trabajo en la abundante información sobre el gobierno con el que discrepan.

Pero no es así. Una revisión somera del trabajo de los principales caricaturistas de las derechas expone que todos coinciden una cosa: sus cartones son simples ilustraciones de lo que ellos quisieran que pasara o recurrencias obsesivas que en vez de aclarar problemas complejos los enredan con chismes y fantasías, a veces empeorado con chistes más simplones que la barra cómica dominical del Canal de las Estrellas.

Pongo dos ejemplos sobre la mesa, ambos del Reforma. Por mucho tiempo se ha dicho que Francisco Calderón es el mejor caricaturista de la derecha. Yo iría más a fondo. Calderón es uno de los menos iletrados ideólogos conservadores, y su libro —compilación de sus minihistorietas dominicales— La lata de domingo es sin duda un compendio claro del pensamiento de la derecha mexicana de la posguerra fría. Ahí están expuestas sin ambages las ideas elitistas con la que la derecha partidista mexicana interpreta la realidad, con sus más prejuicios que virtudes intactas.

Sin embargo, su trabajo de divulgador ideológico, más que de analista político, se ve opacado por un problema de deshonestidad intelectual. El gobierno de López Obrador ha significado en el trabajo de Calderón cuestiones que no son disensos legítimos sino distorsiones cínicas, donde sobresalen los bulos falsarios con que este señor «interpreta» la realidad, como por ejemplo, el creerse las mentiras de que en Estados Unidos la vacuna contra covid-19 estuvo en venta abierta al público, la sandez mayúscula de que el aeropuerto de Santa Lucía tiene una antena chueca, o barbaridades más agresivas, y peligrosas, como jurar que existe un narcogobierno solo porque López Obrador intercambió un par de monosílabos con la madre de un delincuente preso en Estados Unidos, obviando el penoso papel que Calderón jugó, como vocero no oficial, del, ése sí, narcopolítico, Genaro García Luna y su fraudulenta y sanguinaria Guerra contra el narco.

Así, hoy podemos seguir afirmando que Calderón es el mejor monero de las derechas. Pero esto ya no es un halago sino un timbre de preocupación. Si ese tergiversador consumado es su mejor representante, ¿cómo estará el peor?

Ahí emerge la figura —es un decir— de un tal Pacasso, quien publica en el mismo diario que Calderón y asimismo tiene espacios en Televisa, donde ha hecho glorificaciones cínicas a favor del autoritarismo. En noviembre de 2008, durante la ceremonia de la entrega del Premio Nacional de la Juventud, el señor Felipe Calderón fue increpado por uno de los galardonados, el joven genio matemático Andrés Leonardo Gómez, quien le recordó su origen fraudulento en la elección de 2006. Calderón, fiel a su estilo autoritario y hamponil, fue responsable de que Andrés Leonardo fuera separado del grupo de jóvenes y, por expresar su legítimo derecho a criticar a un delincuente electoral, fue amagado por la policía, tratado como delincuente y llevado al ministerio público, donde sólo libro la bajeza calderonista gracias a la presión social.

En esa coyuntura, el señor Pacasso, mediante una animación criatura suya llamada «Mario Netas», no solo hizo una glorificación del autoritarismo, sino que se burló de la grave experiencia de Andrés Leonardo Gómez en un velado apoyo a la inmundicia golpeadora del calderonismo.

Hoy, los cartones —es un decir— que este señor publica son verdaderas odas a la estulticia. En recuadros donde el ochenta por ciento es un fondo vacío, el tipo garabatea dos o tres baratijas pequeñas, y, mediante golpeteos con base en la asociación forzada, se dedica a la difusión de opiniones basadas en notas falsas o a la especulación de absurdos.

A últimas fechas, su fijación obsesiva se ha centrado en asegurar que la revocación de mandato propuesta por López Obrador es un simple derroche para medir su popularidad.  El monero jamás se enteró de los hechos: la revocación de mandato en sí misma es una exigencia de las izquierdas mexicanas desde hace décadas y López Obrador la ha puesto de manifiesto como parte de su ideario desde los años noventa. Hace veintidós años, fue uno de sus ejes en campaña para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, y desde antes consideraba que los gobernantes debían ser sometidos a la evaluación comicial constante de sus gobernados, precepto eminentemente democrático.

Después, tanto en 2006 como en 2012, la revocación de mandato fue una promesa de campaña de López Obrador si ganaba la Presidencia de la República. En 2018, volvió a serlo y desde entonces propuso que en 2021 debía ejecutarse tal cuestión.

Pero esos hechos confirmados y documentados, y ese fragmento interesante de la historia de la democracia reciente, son borrados de un plumazo por parte de un panfletero simplón como Pacasso, quien —mediante una interpretación conductista y mal informada— pregona que todo se reduce a que AMLO desea paliar su vanidad personal midiendo si la gente lo quiere. Así, sus cartones no son reflexiones políticas documentadas, sino la expresión publicada de sus fijaciones y malos deseos. Todo ello, empeorado por una estética de garabato y un «humor» de teletubbie tardío. En lugar de sentirse capaz de leer mentes, el señor Pacasso debería tener la decencia de leer periódicos para sustentar sus juicios.

El panorama en otros moneros de ese espectro ideológico no es muy halagüeño. Ilustradores de sus propios prejuicios y fobias, no son más que expositores de la gran denuncia de Sor Juana: primero ponen el coco y luego le tienen miedo, aunque eso signifique renunciar a lo que debe ser la labor de un caricaturista: ser un pensador gráfico y ácido que clarifica el debate público, no un panfletero que, con distorsiones, lo contamina.

 

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