En muchas ciudades mexicanas, la temporada de lluvias también viene acompañada de imágenes que ya se han vuelto cotidianas: calles inundadas, coladeras tapadas, avenidas convertidas en ríos y basura flotando como testigo de una problemática que no hemos querido enfrentar.
La basura en las calles no es solo un problema estético. El verdadero impacto se ve en los drenajes colapsados, en los encharcamientos que paralizan la movilidad, en las inundaciones que dañan casas,comercios y en la proliferación de enfermedades cuando el agua sucia se estanca. Cada temporada de lluvias nos recuerda que nuestra relación con los desechos sigue siendo irresponsable y que el costo lo pagamos todos.
Tirar basura en la calle puede parecer un acto menor. Un envoltorio aquí, una colilla allá. Pero cuando millones de ciudadanos repiten la misma acción, el efecto es devastador. Según datos de la Secretaría de Medio Ambiente de la Ciudad de México, aproximadamente el 30% de las inundaciones en temporada de lluvias están relacionadas con basura que obstruye coladeras y alcantarillas.
Lo más preocupante es que gran parte de esta basura no llega sola. Son los ciudadanos quienes, por costumbre, apatía o descuido, la dejan ahí. Es cierto que las autoridades tienen la responsabilidad de ofrecer servicios eficientes de recolección y limpieza, pero la mayor parte de la basura en la vía pública no cayó del cielo: la tiró una persona que decidió que no era su problema.
Cada pedazo de papel tirado al suelo habla de cómo entendemos nuestro papel en la comunidad. Creemos que la calle es de alguien más, que otro vendrá a limpiar, que un trabajador del servicio público resolverá lo que nosotros provocamos. Pero las ciudades son una extensión de nuestra casa y si las tratamos como basureros, las consecuencias se sienten de inmediato.
En época de lluvias, esa falta de conciencia se traduce en desastres que parecen “naturales”, pero que en realidad son sociales. No es la lluvia la que inunda las calles: es la basura que impide que el agua siga su cauce. Cada imagen de un automóvil atrapado en un encharcamiento o de un río de bolsas y botellas flotando en la ciudad debería hacernos reflexionar sobre la cadena de acciones que lo provocaron.
La solución no es sencilla, pero sí empieza con un cambio individual. Como ciudadanos, tenemos una responsabilidad ética que no podemos seguir evadiendo. No basta con esperar que las autoridades limpien detrás de nosotros; debemos asumir que cada residuo que generamos tiene un destino y que si no lo depositamos correctamente, tarde o temprano volverá a nosotros en forma de inundaciones, contaminación y problemas de salud.
La basura tiene memoria: regresa en forma de agua contaminada, de olores fétidos, de plagas y de calles intransitables. No hay ciudad limpia sin ciudadanos responsables. Podemos exigir mejores servicios de recolección y sanciones más severas para quienes ensucian, pero nada de eso funcionará si no asumimos la corresponsabilidad que nos toca. Educar a las nuevas generaciones en esta cultura es vital. Que los niños vean a los adultos actuar con coherencia, que entiendan que la calle también es su hogar, que la ciudad que habitan les pertenece.
El cambio no llegará de la noche a la mañana, pero cada temporada de lluvias nos recuerda que la naturaleza cobra factura. Mientras sigamos dejando basura en las calles, seguiremos viendo nuestras avenidas convertidas en ríos y nuestras casas en riesgo.
Hoy más que nunca, necesitamos un compromiso colectivo. Que cada ciudadano asuma que su acción, por pequeña que parezca, tiene un impacto real. Que entendamos que la ciudad que queremos comienza con el respeto a nuestro entorno y la ética de no dejar lo que no queremos recoger.
Si queremos dejar de vivir cada lluvia como una emergencia, debemos empezar por mirar al suelo y preguntarnos: ¿qué ciudad estamos construyendo con cada pedazo de basura que dejamos atrás?




