Una realidad de ayer contada hoy, puede no ser más que una mentira; y una mentira de hoy contada ayer, no es más que una ilusión óptica.
El mundo atraviesa una transformación profunda. Las certezas que sostuvieron el orden internacional tras la Guerra Fría han dejado de ser sólidas. La hegemonía construida por Estados Unidos y Europa se resquebraja. El sistema unipolar ya no puede sostenerse.
¿Por qué Cristiano Ronaldo o Neymar se van a jugar a Arabia Saudí? ¿Por qué China invierte en los derechos de transmisión y en los clubes europeos? ¿Cómo usó Mussolini el fútbol como herramienta de hegemonía cultural? El fútbol nunca ha sido un simple juego: es un reflejo de las disputas por el poder global.
Como en el fútbol, cambian los equilibrios. Ya no son aquellos partidos de Copa de Oro donde los rivales eran un trámite para México. Ya no es aquella Europa que avasallaba a todo equipo de América. Y ya no es aquel Estados Unidos que dictaba las reglas y al que el mundo entero se alineaba.
El tablero internacional es otro. Estados Unidos se repliega sobre sí mismo, envuelto en pugnas internas, tentado por un nacionalismo defensivo. Europa atraviesa una crisis estratégica y de identidad, atrapada en el estancamiento del conflicto ucraniano y en su dependencia de Washington. China avanza como potencia económica y tecnológica. Rusia desafía abiertamente el equilibrio europeo y fortalece nuevas alianzas. Irán aumenta su influencia en Medio Oriente. Los BRICS se amplían como polo emergente.
Las guerras han regresado al centro de la política internacional. Gaza arde mientras las potencias occidentales guardan silencio o justifican la agresión. En Ucrania, el conflicto se prolonga, guiado más por la geopolítica que por la búsqueda de paz.
La autodenominada “comunidad internacional” ha perdido toda autoridad moral. El relato liberal-democrático que legitimaba el dominio occidental se derrumba. La hegemonía cultural que sostenía ese poder ya no puede imponerse como verdad universal.
El Sur Global, lejos de permanecer pasivo, se reorganiza. América Latina vive un nuevo ciclo progresista y soberano. África resiste los nuevos ropajes del neocolonialismo. Los BRICS construyen espacios alternativos. Nuevas alianzas surgen en un mundo cada vez más multipolar.
Desde la banda izquierda, México —con la Cuarta Transformación— juega un papel clave. La política exterior impulsada por el Presidente López Obrador y continuada por la Presidenta Claudia Sheinbaum defiende la soberanía, rechaza la guerra, promueve la paz, sostiene el derecho internacional. No repite discursos ajenos. No actúa con camiseta prestada. No se subordina a intereses externos.
Por eso incomoda. Porque no legitima condenas selectivas. Porque no repite la narrativa de las potencias dominantes. Porque defiende un proyecto propio, nacional, soberano y popular.
Hoy la polaridad no es entre bloques ideológicos rígidos, sino entre proyectos históricos en pugna: aquellos que buscan perpetuar su dominio mediante la guerra, el chantaje económico y la manipulación cultural, y aquellos que apuestan por un mundo multipolar, justo, respetuoso de la soberanía de los Pueblos.
En un nuevo mundo multipolar, mientras México esperaba a su primer Messi, a su segundo Hugo Sánchez, o la tercera vuelta del descenso, apareció la Cuarta Transformación.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Y el mundo, tampoco.



