Pluma Patriótica

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Cara a cara: dos modelos de nación

Por: Martha Zamarripa

A estas horas ya se conocen los resultados preliminares de la elección intermedia más relevante en la historia del país, que mantuvo en vilo a los mexicanos y que no estuvo exenta de intromisión extranjera, capital que reclama el trato del privilegio de antaño y campañas negras nacionales, donde la propuesta fue sustituida por el desprestigio del adversario. La cita electoral se cumplió y pese a esos embates lo importante será afianzar una democracia aún no consolidada.

El gobierno del Presidente López Obrador -el más acotado y atacado de la historia- seguirá así hasta que su gobierno concluya. Los mexicanos soportaron 89 años del mismo sistema; su contraparte no ha tolerado ni dos años y medio del cambio en curso. Lo relevante es que la mayoría decida.

Se pierden de vista dos circunstancias: en democracia se gana o se pierde. Y, la democracia no depende de que a los involucrados les guste el resultado. La resistencia tiene el derecho de ganar espacios de los cargos de elección popular en disputa. Pero no con los vicios del pasado. Aferrarse a lo de antes, es retroceso. La búsqueda ciudadana reclama que lo que no funcionó sea sustituido.

El antiguo sistema ofreció a los electores multitud de voceros que iban desde las cámaras empresariales, jerarcas de la iglesia católica, organizaciones no gubernamentales, hasta conductores y columnistas de medios y los intelectuales del régimen antiguo. Alertaban que la elección planteaba elegir entre democracia y dictadura, pero las dictaduras nunca han sido parte de un proceso democrático y sin embargo así lo difundieron.

La colocación de mensajes que aseguraban que la elección se encaminaba a un supuesto comunismo no la sostiene ninguna evidencia. Endilgar autoritarismo a un gobierno que surge de una elección democrática es pretender borrar el pasado autoritario del anterior sistema que los mexicanos no olvidan. Fue no solo autoritario, sino fraudulento. Bien podrían verse en un espejo cuando lanzaban los mensajes de su falacia. El pasado era maravilloso, el presente, un desastre. La amnesia política tiene sus límites.

El apoyo económico que da el Gobierno de Estados Unidos a la ONG «Mexicanos contra la Corrupción» de 25.7 millones de pesos se minimiza con el argumento de que no es muy oneroso, pero el tema –más que el monto- es la intromisión en el proceso electoral de una nación independiente y soberana. Que sea costumbre no lo justifica.
No es la única intervención de instancias del exterior. El papel del Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, causó inquietud en países miembros del organismo. Al menos ocho mostraron desacuerdo en que su secretario general disponga de la OEA, para sus posturas personales y controvertidas sin consultar a ninguno a quienes se espera represente.

Cuando el Secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard dijo lo que muchos piensan, es decir, que la gestión de Almagro «es la peor o una de las peores gestiones de la historia al frente de la OEA» destacó ese actuar autónomo o independiente donde el Secretario General de la OEA supone que no está obligado a preguntar y respetar el consenso pues «asume que no necesita consultar a los estados miembros»

La oposición ha caminado sin mostrar rumbo ni objetivo desde hace más de dos años. No hubo aprendizaje ni autocrítica, lo que les imposibilita entender qué es lo que los mexicanos quieren y esperan de un gobierno. Esa oposición fue capaz de fusionarse con quienes se suponían eran adversarios, aunque no tanto, antes se han aliado, aunque no al punto de perder identidad. Esa clase política se puso en manos del capital para regresar al añorado pasado.

Quienes votaron por ese pasado conectaron con un discurso que solo podía ser creíble en un sector que decidió no informarse y actuar de oídas. No distingue una democracia de una dictadura; no conoce la diferencia entre el comunismo y una economía de mercado. Si México no se asoma ni de lejos al socialismo, mucho menos al fantasma comunista con que se manipulaba a los mexicanos en los años sesentas y setentas. Más aproximado es ubicarlo en un progresismo, una izquierda moderada, que promueve la inversión –es un récord la inversión extranjera que ha llegado– que ha considerado prioritario el aspecto social, lo que ha impedido un estallamiento que pudo darse de haber continuado el sistema anterior. Ese sector un tanto apático, no percibe que el voto que sacó del poder a los anteriores decidió adjudicarle su autoritarismo al actual gobierno. Los adjetivos krauzeanos se hicieron sentir. The Economist y Le Monde también le entraron a apoyar a la derecha que tiene el respaldo de los intereses desplazados.

México no interviene en las elecciones de otros países. Pero no todos siguen esa política. Inmiscuirse en los procesos electorales de otra nación, está lejos de una postura democrática. Se violan los principios de la libre autodeterminación de los pueblos y la no intervención. Un reclamo vigente contra Almagro al apoyar el golpe de estado contra Bolivia, un país democrático.

La duda plantea por qué el sector que no forma parte del grupo de los privilegios, apoya eso. A ellos no les tocará nada. Son quiénes han cargado con los impuestos del sector que se negó a pagarlos. Los que vieron disminuir sus ingresos y su nivel de vida conseguido a base de esfuerzo. No deja de ser inexplicable que se apoye a quiénes más los perjudicaron. Con algunas sorpresas, México y los mexicanos ya decidieron el rumbo del país. La mayoría aspira a acceder a un estado de bienestar que no sea exclusivo ni minoritario, como ocurre en los países desarrollados.

Aunque el tema más mencionado fue el control de la Cámara de Diputados, la oposición no logró su objetivo y la mayoría la conserva el partido en el poder. En la Ciudad de México, considerada un bastión de la izquierda, esta perdió la mayoría de posiciones.

Los ciudadanos decidieron y su voluntad será acatada. Fue una participación sin precedentes, una fiesta. El cambio, va.

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