Se entremezclaban distintos sentimientos aquel domingo 16 de julio de 2006, pero quizá el que más prevalecía era el de la frustración, “esto ya lo vivimos en 1988” —sentenció un añejo militante de orígenes en el PMT (Partido Mexicano de los Trabajadores) en referencia al fraude de Carlos Salinas contra el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas—. El Zócalo estaba colmado quizá desde el amanecer, quienes participábamos en el contingente de la UNAM solo pudimos llegar hasta el horrendo “Caballito” del tal Sebastián, que al menos era amarillo y combinaba con el mar de gente que se agolpaba y compactaba desde la plaza mayor de México casi hasta los albores de Chapultepec, todavía en esos años bajo una ola de banderas amarillas perredistas.
El 2 de julio de 2006 se había consumado un nuevo atraco electoral contra el Pueblo de México, y aquella mañana dominguera de verano el Pueblo sintetizaba la demanda colectiva de justicia en la consigna: “voto por voto, casilla por casilla”, que exigía abrir todos los paquetes electorales para contar todos los votos, y que el entonces IFE demostrara que Felipe Calderón había realmente ganado los comicios. El IFE nunca escuchó al Pueblo.
El Pueblo esperaba con expectativa el plan de acción que presentaría Andrés Manuel López Obrador, entonces en medio de una plaza infinitamente desbordada y sobrevolada por helicópteros que nunca trasmitían esas imágenes, apareció, quien Enzo Traverso ha definido como “el intelectual revolucionario”: “Así como el partisano es un combatiente irregular que no pertenece a ningún ejército formal y no lleva uniforme, el intelectual revolucionario, de igual modo, no pertenecía al mundo académico, no procuraba un reconocimiento institucional y rechazaba los marcadores simbólicos de una carrera convencional. Con independencia de sus orígenes sociales, era un pensador, escritor o polemista desclasado o bohemio.” (Traverso, Enzo, 2021). Ese era Carlos Monsiváis.
El hombre-ciudad Monsiváis, ¿quién mejor que él para ubicar la disputa por la Nación no como un problema de poder entre la clase política, sino como el levantamiento pacífico del Pueblo de México en demanda de democracia y justicia? ¿Quién mejor que el cronista, acompañado esa tarde por Sergio Pitol, para definir la perspectiva estratégica de aquellas movilizaciones contra el fraude que habrían de convulsionar la Patria? “Las causas que funcionan sólo a corto plazo son apenas y en rigor promociones publicitarias o desahogos emotivos. La batalla por la democracia es una causa permanente que en este caso pasa por la defensa del voto y de los votantes, de todos los que acudimos el 2 de julio sin excepción. Nuestra causa a corto, mediano y largo plazos es la construcción de la democracia, de la que forman parte esta marcha y esta concentración”.
De las palabras del escritor la audiencia pasó del enojo y la frustración a la merecida esperanza. Este era un capitulo más, pero era un deber histórico recorrerlo (lo supimos años después), pues no íbamos a ser testigos desconsolados de otro 1988, sino protagonistas del impulso que la congruencia dicta a la edificación del mañana. La opción fue no quedarse cruzado de brazos aquel julio de 2006, realizar un bloqueo como cuna de la resistencia pacífica desde la Fuente de Petróleos hasta el Zócalo (medida con la que no comulgó el propio Monsiváis), y no claudicar ante la embestida del régimen neoliberal, que otra vez, como el reciente proceso de desafuero (2004-2005) —del que habíamos salido victoriosos y se fundó el Obradorismo—, quería negarnos el derecho a decidir nuestro destino.
Mirando a los ojos de las multitudes, ataviado con un inusual traje gris sin corbata, desde el estilo irónico que lo caracterizó, le habló al espejo brilloso de un sinfín de personajes que él retrató en sus crónicas: estudiantes, costureras, sindicalistas, organilleros, maestros, librepensadores, defensores de la diversidad sexual, ecologistas, chavos banda, bohemios, artistas, periodistas… Carlos Monsiváis relató en tiempo real el Zócalo que se vive esa mañana: “Hoy, La Gente es sinónimo del Yo y esta operación donde lo colectivo apenas enmascara lo individual es propia del Tiempo donde el egoísmo a ultranza no funciona y la tradición insiste en el egoísmo. Por eso, hoy, aquí, quienes desean expresar sus sentimientos y sus pensamientos se los atribuyen a La Gente. Nosotros, por ejemplo, advertimos que La Gente está indignada, alegre, informada y muy decidida”.
El 19 de junio se cumplen quince años sin la presencia del célebre escritor en la vida nacional. Siempre es buen momento para que los jóvenes de corazón revisiten su obra plasmada en reportajes, entrevistas, ensayos, crónicas, y libros. Ahí está la formación política necesaria, en el corazón de la gente “muy decidida” a recuperar el papel del Pueblo en la historia; y que sirve para comprender que, sin ganar el cambio cultural no habrá cambio social de largo plazo.



