Ciudad de México a 23 enero, 2026, 17: 54 hora del centro.
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Carroñeros mediáticos lucran tragedia del Tren Interoceánico Oaxaca

PP Hector Zarinana

Otra vez se repite la misma escena, ocurre un incidente o hecho doloroso, hay información incompleta, las autoridades consolidan datos y, como si siguieran un guion, se activa la andanada y el “nado sincronizado” de los mismos de siempre. De pronto, Joaquín López-Dóriga, López San Martín, Alito Moreno y su coro de opinadores se lanzan a convertir el dolor en munición política. No esperan peritajes, no esperan responsables, no esperan contexto, esperan la oportunidad.

Hay que decirlo sin rodeos, para esa derecha mediática y partidista, la realidad no es un asunto de verdad, sino de utilidad. Si un hecho les sirve para golpear al gobierno, lo exprimen hasta la última gota. Si no les sirve, lo minimizan, lo silencian o lo relativizan. Su indignación es selectiva; su “preocupación por México” dura lo que dura el ciclo de noticias. Y cuando se les cae la narrativa, cambian de tema sin reconocer el daño causado.

Lo que revela esta coreografía es el odio, odio a un proyecto que les quitó el monopolio del sentido común, el negocio de la corrupción y el privilegio de mandar sin rendir cuentas. Odio a un país donde la política social dejó de ser limosna y se volvió derecho, y donde el presupuesto se orienta a las mayorías. Ese odio no es crítica, es resentimiento vestido de análisis.

Por eso, cuando hay tragedia, no actúan como periodistas responsables ni como opositores democráticos, actúan como operadores de crisis. Buscan la frase más incendiaria, el titular más morboso, la imagen más dura. Empujan versiones prematuras, siembran sospechas como si fueran hechos y señalan culpables antes de que exista una investigación sólida. Su apuesta no es por la justicia, es por el escándalo.

Esa maquinaria necesita miedo. Necesita que la ciudadanía crea que “todo está peor”, que desconfíe de sus instituciones y se canse, para que regrese el viejo régimen. A veces incluso parece que su deseo íntimo fuera que el país se descomponga, que haya caos, para poder decir “se los dijimos” y cobrar políticamente cada herida. No es amor por la vida, es hambre de poder.

Ahí está la raíz, perdieron privilegios y quieren recuperarlos. Quieren volver al México de los pactos en lo oscurito, de los negocios con el presupuesto, de la impunidad para los de arriba y la obediencia para los de abajo. Por eso Alito Moreno grita “crisis” desde su aparato, mientras calla sobre los años en que el PRI y el PAN dejaron territorios sin Estado, oficinas públicas capturadas por mafias y comunidades abandonadas. Se indignan hoy para ocultar ayer.

Frente a eso, toca poner un límite ético y político, la tragedia no es espectáculo, el dolor no es rating, la sangre no es argumento. Si de verdad les importara la vida, exigirían investigaciones serias, respeto a las víctimas, cuidado en la información y responsabilidad en el lenguaje. Pero prefieren la insinuación, el linchamiento mediático y el golpe a como dé lugar. Eso no es oposición, es oportunismo.

El gobierno federal, encabezado por la Presidenta Claudia Sheinbaum, tiene una obligación clara, esclarecer, investigar, atender a las víctimas, sancionar a quien resulte responsable y comunicar con transparencia. Y la sociedad tiene otra obligación igual de importante, no regalarle a la manipulación el control de la conversación pública. Verificar antes de compartir, exigir fuentes, distinguir hechos de opiniones y no permitir que intereses resentidos conviertan cada dolor en campaña.

También implica reconocer que los problemas de seguridad no se resuelven con gritos en televisión, sino con coordinación, inteligencia, prevención y justicia social. Quien quiera soluciones, aporta información, no fabrica pánico ni deshumaniza a las víctimas para manipular.

Que nadie confunda firmeza con fanatismo, se puede exigir justicia sin fabricar culpables; se puede pedir resultados sin mentir; se puede debatir sin lucrar con el sufrimiento. La izquierda, cuando es coherente, defiende la vida, la verdad y la dignidad del Pueblo. Eso implica acompañar a las víctimas y no permitir que su dolor sea secuestrado por quienes viven de la estridencia.

A quienes hoy pretenden imponer su “verdad” a fuerza de ruido, hay que responderles con serenidad y determinación: México ya cambió. Cambió porque el pueblo se organizó, votó y decidió que nunca más se gobernaría para unos cuantos. Cambió porque millones entendieron que la dignidad no se negocia y que la información debe servir para comprender, no para incendiar. Que sigan con su nado sincronizado, nosotros seguiremos con algo más poderoso, memoria, organización y compromiso con la justicia.

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