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Catalina Vizcaíno e Irene Robledo, fundadoras de la Universidad de Guadalajara

postal PP horizontal Candelaria Ochoa

Este 12 de octubre de 2025 se cumplen cien años de la fundación de la Universidad de Guadalajara, impulsada por el gobernador José Guadalupe Zuno Hernández. Se trata de una ocasión propicia para reflexionar sobre el carácter de la institución mediante el análisis de la genealogía política, ideológica e intelectual del proyecto del que es resultado. Por supuesto, no se puede hacer abstracción del contexto político en cuyo marco cobró vida la universidad popular: la Universidad de Guadalajara.

La fundación de la Universidad de Guadalajara en 1925 nos permite examinar sus características a la luz de las discusiones de su tiempo y de la circunstancia política en que cobró forma la universidad popular, producto de la Revolución mexicana de 1910 y vinculada a un proyecto de educación popular bajo los auspicios de un estado laico surgido de una revolución social.

En el acta fundacional de la Universidad de Guadalajara aparecen dos mujeres entre las ocho personas “fundadoras”. Una de ellas, Irene Robledo, ha sido ampliamente reconocida; la otra, Catalina Vizcaíno, no solo ha sido invisibilizada, sino casi borrada de la historia de la Universidad de Guadalajara. Por ello, este texto es apenas un primer paso para reconocer la importancia que ambas tuvieron en la construcción de una universidad de este calado.

Irene Robledo García y Catalina Vizcaíno Reyes tuvieron una trayectoria destacada en la educación pública. Ambas colaboraron con Manuel M. Diéguez, quien estaba convencido de impulsar una educación popular y laica, principios que también enarboló José Guadalupe Zuno al conformar una universidad con esas características.

Estas mujeres, figuras notables de su tiempo, formaron parte del grupo fundador y del Consejo Universitario durante varios años. Reconocer la importancia de su presencia y participación nos convoca a valorarlas no solo como fundadoras, sino también como precursoras que, con su trabajo y compromiso, contribuyeron al desarrollo de la universidad en ciernes. Su impronta se refleja en las demandas y preocupaciones que incorporaron al proyecto educativo.

Fueron ellas quienes abrieron camino a la participación de otras mujeres en la vida universitaria jalisciense, que encontró su máxima expresión en el ingreso de las estudiantes a los estudios superiores. Y es que, en aquella época, la profesión “adecuada” para las mujeres era la docencia en educación básica, rol que desempeñó Irene Robledo García al impartir clases en escuelas primarias y de educación superior dirigidas a mujeres, como la Escuela Normal. Por su parte, Catalina Vizcaíno cursó estudios en la Normal y en la Escuela de Comercio para señoritas, centro de estudios que después dirigió, al igual que la Facultad de Comercio de la Universidad de Guadalajara.

Ambas fueron mujeres de una época. Destacaron por su preparación y por eso fueron convocadas a participar en la conformación de una universidad popular. Fueron visionarias al impulsar carreras dirigidas a las mujeres, como Comercio y Trabajo Social, que les permitirían trabajar, ya fuera en el sistema de asistencia social o bien creando sus propias condiciones para desarrollarse económicamente.

La producción escrita sobre Irene Robledo es más prolífica, aunque aún es limitada. Se cuenta con el libro de Patricia Ettiene y la compilación de Mendoza Cornejo, además de varios reconocimientos a su figura, entre ellos una escultura en la antigua escuela de Trabajo Social. Su nombre también forma parte de la Rotonda de las y los Jaliscienses Ilustres. Hasta su fallecimiento, fue una actora importante en el ámbito académico de la Universidad de Guadalajara.

Por su parte, Catalina Vizcaíno es la otra destacada universitaria que firma el acta fundacional de la UdeG. Ella renunció a la institución en la década de 1930, aunque hasta ahora se desconocen las causas. Se ha escrito muy poco sobre ella, e incluso, el reconocimiento que alguna vez llevó su nombre fue derogado. Vizcaíno fue una precursora feminista y defensora de la autonomía económica de las mujeres. La universidad mantiene con ella una deuda pendiente de reconocimiento.

Sin duda, la participación de estas dos mujeres en la fundación de la universidad y en el primer Consejo Universitario marcó un parteaguas para la participación femenina en una época particularmente difícil. Ambas destacaron por sus aportes a la educación del estado.

Mujeres como ellas, y cientos más que han pasado y pasarán por sus aulas, han contribuido al desarrollo educativo de Jalisco y a la transformación de la universidad, haciéndola cada vez más diversa, crítica, equitativa e igualitaria.

Tanto Catalina como Irene fueron precursoras de la integración de mujeres en los espacios de toma de decisiones universitarias, cosa nada menor frente a un entorno que no les era favorable y, seguramente, frente a críticas familiares por irrumpir en espacios tradicionalmente masculinos. Ambas salieron airosas, y su destacado papel merece ser revalorado.

A cien años de contar en Jalisco con una universidad que hoy alberga a cerca de 310 mil estudiantes, posee una red universitaria extendida por todo el estado, es autónoma y cuenta por ley con un presupuesto propio -y que, por si fuera poco, este año acaba de elegir a su primera rectora-, es innegable que se han alcanzado importantes transformaciones. Sin embargo, aún falta consolidar una vida universitaria libre de violencias, en la que las mujeres gocen de condiciones laborales dignas y en igualdad de oportunidades. Cumplir con ello no solo será un acto de justicia histórica, sino la confirmación de que el legado de Irene Robledo y Catalina Vizcaíno sigue vivo en esta institución.

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