La Presidenta Claudia Sheinbaum representa la consolidación de un proceso histórico en México: que busca erradicar los viejos vicios del régimen neoliberal y dar paso a una democracia verdaderamente representativa, participativa y popular. Una de las reformas fundamentales que marcarán su sexenio será la reforma electoral, cuya relevancia no solo radica en modernizar el sistema democrático del país, sino en profundizar el carácter popular y territorial de la representación política.
Desde su primer discurso como presidenta electa, Claudia Sheinbaum fue clara al señalar que es tiempo de una reforma electoral que garantice equidad, transparencia y, sobre todo, territorialidad en la representación proporcional, es decir, en las diputaciones y senadurías conocidas como “plurinominales”. Este planteamiento no es menor. Durante décadas, los partidos políticos tradicionales usaron las listas plurinominales para colocar a sus cúpulas, premiar lealtades internas o colar figuras impresentables que no podrían ganar una elección por voto directo. La consecuencia fue un alejamiento del poder legislativo respecto a las realidades territoriales del país.
La Presidenta ha propuesto que la representación proporcional, en lugar de funcionar exclusivamente a través de listas cerradas y decisiones cupulares, se ancle territorialmente, es decir, que los y las legisladoras plurinominales estén obligadas a responder ante una región específica, interactuar con el pueblo que dicen representar, rendir cuentas y comprometerse con una agenda local concreta. Esta reforma no solo es innovadora, sino profundamente democrática. Busca cerrar la brecha entre los representantes y los representados, entre la política institucional y las luchas cotidianas de los pueblos, comunidades y colonias de todo el país.
Además, la Presidenta plantea que esta reforma sea una herramienta para reducir los excesos del gasto electoral, simplificar los órganos electorales y fortalecer la confianza ciudadana en las instituciones democráticas. Lejos de ser una propuesta centralista o autoritaria como lo quieren presentar algunos sectores conservadores y sus medios afines, esta reforma es una respuesta a una demanda histórica del pueblo mexicano: que el poder regrese al territorio, que la política se haga desde abajo y no desde las élites.
Esta iniciativa de la presidenta se inscribe en una visión política profundamente republicana y de izquierda, en donde la democracia no se limita a lo electoral, sino que implica una redistribución real del poder. En este sentido, la reforma electoral con enfoque territorial permite visibilizar a las regiones tradicionalmente excluidas, dar voz a las zonas rurales, a los pueblos originarios, a las periferias urbanas, a las entidades con menor peso mediático y económico, pero con la misma dignidad y derecho a decidir el rumbo del país.
Cabe destacar que esta no es una idea improvisada. Durante su gestión como Jefa de Gobierno, la ahora Presidenta mostró que gobernar desde el territorio es posible y eficaz. Implementó asambleas vecinales, presupuestos participativos, programas con enfoque comunitario y esquemas de rendición de cuentas territorializada. La propuesta de reforma electoral con justicia territorial es una extensión lógica y coherente de esa misma filosofía de gobierno.
Por supuesto, esta reforma electoral no estará exenta de resistencias. Los partidos del bloque conservador PRI, PAN y PRD, junto con sus aliados en los medios de comunicación y el INE, intentarán obstaculizarla con el argumento de que busca “debilitar la democracia”. Nada más falso. En realidad, lo que buscan defender es el viejo modelo de cuotas y privilegios, ese que les permitió colocar a sus incondicionales en el Congreso sin rendir cuentas a nadie.
La reforma electoral impulsada por Sheinbaum no solo plantea una reducción en el número de diputaciones plurinominales, sino una democratización profunda del proceso de selección, en donde las personas sean elegidas por representación proporcional, sí, pero con una base territorial real, donde los pueblos, colonias, barrios y comunidades los identifiquen y reconozcan. Esta es una forma de romper con la simulación de la democracia representativa tradicional y dar paso a una democracia con rostro, voz y cuerpo popular.
En suma, la reforma electoral que propone la presidenta Claudia Sheinbaum no es técnica ni superficial: es estructural, ideológica y profundamente transformadora. Se alinea con el espíritu de la Cuarta Transformación, con el legado de lucha de nuestro pueblo y con la necesidad de construir instituciones más cercanas a la ciudadanía. Es una reforma que hará que la política vuelva al territorio, que el Congreso se parezca más al México real y que las decisiones se tomen con el pueblo y no a sus espaldas.





