El 1º de octubre de 2024 marcó un antes y un después en la historia de México: la llegada de Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia consolidó la continuidad del proyecto de transformación que nació con el Pueblo y para el Pueblo. Su discurso, pronunciado un año después ante un Zócalo desbordado de esperanza, no solo fue un informe de gobierno, sino una reafirmación de principios: honestidad, justicia social, soberanía y amor al Pueblo.
Habló con claridad: “No camino sola, no gobierno sola”. Y esa frase resume el sentido profundo de esta nueva etapa. A diferencia de los gobiernos neoliberales, caracterizados por la corrupción, el saqueo y la distancia entre poder y ciudadanía, encarna el espíritu colectivo de un movimiento que nació de la resistencia popular y que hoy gobierna con humildad, transparencia y sentido histórico.
Durante décadas, México fue sometido al dogma del mercado, al culto del dinero y a la entrega de los bienes nacionales a intereses privados. Entre 1982 y 2018 los años oscuros del neoliberalismo se abandonó a millones de familias, se destruyó el tejido social y se instaló una cultura de privilegios. Frente a ese pasado de desigualdad y despojo, el proyecto humanista que hoy lidera ha demostrado que sí es posible un gobierno que ponga en el centro al ser humano y no a las utilidades de unos cuantos.
Los resultados hablan por sí mismos. En tan solo unos años, 13.5 millones de mexicanas y mexicanos salieron de la pobreza, y la brecha entre ricos y pobres se redujo drásticamente. Mientras en 2008 el 10 % más rico ganaba 27 veces más que el 10 % más pobre, hoy esa distancia se ha reducido a 14 veces. Este no es un dato técnico, es una victoria del Pueblo sobre el egoísmo neoliberal. Es el reflejo de una política pública guiada por el principio ético de “por el bien de todos, primero los pobres”.
Ha reafirmado que el poder no se utiliza para enriquecerse, sino para servir con humildad. Por ello, los recursos públicos se devuelven al Pueblo en forma de derechos, programas sociales, infraestructura y bienestar. En 2025, más de 32 millones de familias mexicanas reciben algún apoyo directo del gobierno federal, sin intermediarios ni clientelismo, garantizando así una redistribución justa de la riqueza.
La Presidenta ha impulsado 19 reformas constitucionales y 40 nuevas leyes que consolidan una nueva arquitectura del Estado social. Entre ellas destacan la reforma al Poder Judicial, que pone fin al nepotismo y a los privilegios de la élite judicial; la incorporación de la Guardia Nacional a la Sedena, que fortalece su disciplina y honestidad; la igualdad sustantiva de las mujeres como principio constitucional; y la consagración de los programas de bienestar como derechos sociales. Pero quizá la más simbólica de todas sea aquella que establece con claridad: “México no acepta injerencismo, no acepta intervencionismo”. Es una declaración de soberanía frente a los poderes extranjeros que durante décadas influyeron en las decisiones nacionales.
El salario mínimo, que durante los gobiernos neoliberales se mantuvo en la miseria, ha crecido 135 % en términos reales, demostrando que un Estado fuerte y comprometido con la justicia social puede elevar la calidad de vida sin sacrificar estabilidad.
Ha colocado a la educación, la salud y la vivienda como pilares de su gobierno. La creación del Bachillerato Nacional, la expansión de las Universidades del Bienestar, la inversión en hospitales y clínicas públicas, y la construcción de viviendas dignas para familias trabajadoras, reflejan una visión integral, el bienestar no es una dádiva, sino un derecho.
Asimismo, el impulso a la soberanía energética con la recuperación de Pemex y la CFE, la prohibición del maíz transgénico y la protección de los recursos naturales como el agua, confirman que este gobierno ha roto con la lógica extractivista del neoliberalismo. El agua, la energía y la tierra vuelven a ser del Pueblo.
Ha demostrado que la política puede ser ética, racional y profundamente humana. Frente al odio mediático, responde con resultados; frente a la calumnia, con hechos; y frente al desánimo, con esperanza. Su liderazgo científico y sensible encarna la madurez del movimiento que inició con Andrés Manuel López Obrador, pero que hoy tiene rostro de mujer, de Pueblo y de futuro.
Y como dijo con voz firme y emocionada desde el corazón del país:
“No les voy a fallar. Mi compromiso es entregar mi alma, mi vida y lo mejor de mí por el bienestar del Pueblo de México”.



