Pluma Patriótica

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Coacción empresarial del voto

La campaña por un “voto informado”, emprendida por la organización Sí por México, ha resultado ser un espectáculo hilarante que devela la raíz más profunda de la cultura empresarial, sostenida con pinzas en nociones caducas sobre la clase, la raza y las distinciones sociales jerárquicas. Bajo estas ideas, los empresarios se colocan a sí mismos de forma auto referencial a la cabeza de un orden que, sienten, se les está yendo de las manos.

La injerencia ilegítima (y en momentos ilícita) de los grupos empresariales constituidos en México ha sido constante en los procesos electorales de la historia reciente. Su origen como grupos de presión, negociación, cabildeo y coerción datan del periodo posrevolucionario, donde a la par de la construcción del fortalecimiento del sindicalismo, se erigieron en contraparte como agrupaciones defensoras del interés empresarial. La COPARMEX, como uno de estos grupos, es el sindicato patronal más relevante y añejo de México; surgió en 1929 encabezado por empresarios neoleoneses que, años más tarde, intentaron oponerse a las políticas cardenistas que fortalecían los alcances del Estado en la economía, así como a los derechos laborales y las demandas obreras que se fortalecieron en un contexto favorable para la lucha de los trabajadores. 

La influencia política de éste y otros grupos empresariales se ha manifestado de acuerdo con coyunturas específicas y con las políticas neoliberales de las dos últimas décadas del siglo XX. En la llamada transición democrática, los grupos empresariales han participado de forma pública y notoria en defensa de sus intereses, representados concretamente por la alianza PRI/PAN (a la que paulatinamente se sumó el PRD). No es casual entonces que en 2006 y 2012, las cámaras de comercio y empresariales, a niveles local y nacional, hayan emprendido campañas de oposición abierta al liderazgo político de Andrés Manuel López Obrador.

A él lo caracterizaron como “un peligro para México” y emprendieron en su contra operaciones de desprestigio bajo nociones catastrofistas en las que uno de los principales argumentos ha sido el riesgo de que la inversión privada y extranjera disminuyera, o bien, que las empresas no encontraran solvencia y tuvieran que cerrar, dejando a las y los trabajadores sin empleo. En esa perspectiva, donde se le adjudica al empresario toda la responsabilidad de crear y reproducir la riqueza pero sobre todo dar trabajo, su labor es considerada imprescindible para el “bienestar” del pueblo trabajador, colocándose así en un nivel de importancia superior, incluso, al del propio Estado.

Por eso, detrás de los mensajes empresariales en esta coyuntura electoral del 2021, vemos esa lectura donde asumen que la clase trabajadora necesita su guía para tomar una decisión electoral. Claramente, ello también implica consideraciones de desprecio y subordinación por, supuestamente, tener mayor preparación o elementos para saber lo que es mejor para el país. Estos mensajes que pretenden sostener la desigualdad estructural, a diferencia de 2006, ahora se leen como intentos desesperados para continuar con la narrativa del neoliberalismo tecnócrata que respaldaba las políticas de pauperización de la clase trabajadora, bajo nociones de supremacismo fuertemente conectadas con el racismo, clasismo y desigualdades prevalecientes. 

El miedo a la bancarrota de sus empresas (o el fantasma de la expropiación) es una imaginería fincada en realidades concretas que no afectan al empresario de forma radical, pero sí implican un cambio de narrativa. El fin del outsourcing, las garantías laborales, el papel preponderante del Estado en la dirección económica y la separación del poder político del económico forman parte del proyecto de nación de la Cuarta Transformación y se encuentran en marcha. 

El papel empresarial ante el fin del neoliberalismo, en esta elección de 2021, se ha develado en su vacío ideológico con campañas que suenan ilusas y anacrónicas, como la que ha emprendido Sí por México. También, por ejemplo, con las ridículas narrativas que intentan coaccionar el voto de la clase trabajadora tratándola con un condescendiente desconocimiento fincado en prejuicios clasistas y racistas, como en la reciente columna de comedia involuntaria de “El Cachas” titulada Vas carnal.

Su temor a  la democracia efectiva, al parecer, es proporcional a su desconocimiento de la clase trabajadora a la que deben su riqueza, pero desprecian inconmensurablemente.

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