Cocinar es no dejarse

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Cocinar es no dejarse

Por Diego Mejía | viernes, 03 de abril del 2020.

El resguardo apenas comienza. Inevitablemente vendrán el aburrimeinto, las quejas, las ansias y las ansiedades. No lo podemos evitar: nuestra vida pública es fundamental; salir a la calle, necesario. Debemos trabajar para comer, socializar para querar y divertirnos para seguir. El confinamiento atenta contra lo que necesitamos y queremos; el confinamiento es nuestra única defensa contra la tragedia que pende sobre nosotros. 

Hasta el momento estar en casa ha sido un descanso. Los que tenemos el privilegio de poder trabajar desde ella hemos adecuado espacios y momentos para laborar de mejor manera: hemos comenzado rituales que invlucran café, agua y dos galletas antes de abrir la computadora; luego revisamos correos, respondemos mensajes, nos conectamos a Zoom. 

Casa se ha vuelto poco a poco oficina.

Ante lo espacios que gana la chamba, casa se reduce. La sala, por ejemplo, está ocupada indefinidamente y ya anexó al comedor. La cocina sigue intacta. Le hemos impuesto un cerco sanitario. Las citas de trabajo tienen horas pero los pendientes son intemporales, una constante: presente continuo. Son un estado de ánimo. Se sientan al sillón junto con las preocupaciones y los miedos por la pandemia y  la crisis económica que pronto llegará. 

Cocina se ha vuelto poco a poco guarida. 

Más allá de lo simbólico –en el refri y tres peldaños tenemos los alimentos que nos permitirían subsistir algunos días– cocina es el espacio que determina el tiempo de casa. Es el Meridiano 0 que organiza el tiempo: la panza no sabe de momentos, desconoce angustias; tenemos la bendición de no padecer hambre. 

Los días previos al confinamiento hicimos las compras. Nos procuramos sin desproteger de frijoles o avena al próximo necesitado que llegara al supermercado. Privilegiamos ingredientes y productos que nos permitieran combinarlos y combatieran la parsimonia, nos  permitimos algún lujo: yo un queso, ella un vino, (creo que lo eligió para darme gusto, siempre lo ha hecho). Cocina nos determina: es la primera luz que se prende porque inaugura el día: planeamos a través del antojo, porque así diferenciamos el lunes de arroz del miércoles de lentejas.


Si el cine es esculpir el tiempo, cocinar es ecualizar sabores a través del tiempo. Al cocinar existe una perfecta sincronía entre al mano y la respiración: antes de cada ataque del cuchillo a la cebolla, hay un suspiro (acaso porque no sabemos por quién serán las lágrimas que derramaremos, acaso porque el que está pensando es el cuerpo); entes de colocar la carne en el sartén hay un silencio. Para saltear unas ajos movemos la muñeca al ritmo del corazón –si nos adelantamos o atrasamos, se derraman o se queman–. Después de sazonar los guisos vemos por unos segundos a nuestra infancia. 

La cocina nos determina y nos salva. 

Casa caerá ante chamba –o desamos que así suceda, que haya chamba y que sea lo menos grave para los más mexicanos posibles–; y ella seguirá saliendo porque así es la vida con los médicos, para ellos no hay tiempo sino momentos que le arañan a la vocación. 

Yo le seguiré cocinando para diferenciar de un jueves a un martes, para decirle que la cena es diferente al desayuno y disfrazar que no me dan nervios que salga; también seguiré cocinando para abrazar a distancia mi madre, a mis amigos, a todos los que estamos unidos desde casa.  

 

 

Por Diego Mejía | viernes, 03 de abril del 2020.

Diego Mejía

Juntaletras por necesidad y mezclapimientas por el puro gusto. Me dedico a ser preguntón en entrevistas, cabinas de radio o grupos focales. He sido copy, reportero de un programa de deportes y director de una revista de emprendedores. Twitter: @diegmej

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