El anuncio y la discusión reciente sobre un acuerdo preferencial entre México e India ha sido presentado, en distintos espacios, como una señal de diversificación inteligente y apertura estratégica. En abstracto, la idea suena razonable: ampliar relaciones comerciales con una de las economías de mayor crecimiento del mundo. El problema no está en el principio, sino en la forma, el momento y la ausencia de una política industrial que lo respalde. Visto con cuidado, este acuerdo entraña riesgos reales para la industria nacional, para las cadenas de valor existentes y, de manera indirecta pero significativa, para la posición negociadora de México dentro del T-MEC.
India no es un socio comercial convencional. Es una economía con una estrategia industrial profundamente proteccionista hacia adentro y agresivamente exportadora hacia afuera. Su modelo se basa en subsidios cruzados, economías de escala masivas, bajos costos laborales y una política estatal explícita para colocar manufacturas, farmacéuticos, químicos y componentes intermedios en mercados abiertos. Cuando un país como México, altamente integrado a cadenas norteamericanas, abre un carril preferencial sin una estrategia clara de salvaguardas, no está diversificando: está desordenando su propia base productiva.
El primer riesgo es industrial. Muchas de las importaciones potenciales desde India no compiten en el margen, sino en el núcleo de sectores sensibles: autopartes, insumos químicos, farmacéuticos, textiles técnicos, componentes electrónicos. No se trata de bienes finales que complementen capacidades existentes, sino de insumos que desplazan producción local, erosionan proveedores nacionales y rompen procesos de integración productiva que tardaron décadas en construirse. Una apertura mal calibrada no fortalece a la industria: la fragmenta.
El segundo riesgo es para las cadenas de valor nacionales. México no produce en aislamiento; produce integrado. Buena parte del valor agregado mexicano está en su capacidad de ensamblar, transformar y escalar insumos dentro de una lógica regional. Introducir flujos preferenciales desde una economía extrarregional, sin exigencias de contenido local, transferencia tecnológica o integración productiva, reduce el incentivo para invertir en proveedores mexicanos. En lugar de subir en la cadena de valor, el país corre el riesgo de retroceder a un rol de ensamblador dependiente de insumos importados más baratos, pero estratégicamente vulnerables.
El tercer riesgo es geopolítico-comercial, y aquí el tema se vuelve más delicado. México no negocia en el vacío. Su principal activo económico es su integración profunda con Estados Unidos y Canadá. El T-MEC no es solo un tratado; es una arquitectura de confianza basada en reglas de origen, trazabilidad y alineamiento productivo regional. Cualquier acuerdo preferencial que permita la entrada indirecta de insumos asiáticos a cadenas norteamericanas tensiona esa arquitectura, aunque no la viole formalmente.
No se trata de percepciones: en el entorno actual, donde Estados Unidos está reordenando sus cadenas de suministro por razones económicas y de seguridad nacional, México es observado con lupa. Acuerdos preferenciales mal diseñados pueden convertirse en munición para disputas comerciales, paneles y presiones regulatorias. Lo que hoy se presenta como diversificación, mañana puede leerse como debilitamiento del compromiso regional. Y eso tiene costos.
Una crítica a este acuerdo no es una crítica al comercio ni a India. Es una crítica a la asimetría estratégica. México no puede darse el lujo de firmar acuerdos preferenciales sin evaluar su impacto en empleo industrial, en proveedores nacionales, en contenido regional y en su credibilidad como socio dentro del T-MEC.
Si México quiere profundizar su relación con India, debe hacerlo desde acuerdos sectoriales, con reglas de origen claras, exigencias de inversión productiva, compromisos de transferencia tecnológica y mecanismos de protección a industrias sensibles. Todo lo demás es apertura sin dirección. El momento exige algo más que entusiasmo diplomático. Exige disciplina económica. En un mundo de competencia industrial abierta, los países que ganan no son los que firman más acuerdos, sino los que saben exactamente qué están defendiendo.



