Pluma Patriótica

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Comunidad

A comparación de la tesis evolutiva de Darwin en la que las especies compiten para sobrevivir, existe otro planteamiento dentro de la biología en el que estas tienen que apoyarse mutuamente para no extinguirse. La sobrevivencia no está obligadamente sujeta a la supremacía del más fuerte, sino a la capacidad de cooperación entre los seres vivos para conseguir alimento y hogar; es decir: se necesitaba una comunidad y que, además, estuviera lo suficientemente organizada para poder transcender como conjunto.

Sin embargo, la diferencia entre nosotros y los animales recae en la capacidad de razonar bajo un sistema lógico y construir un criterio. Bajo esa premisa, los humanos necesitamos de la política para poder organizarnos lo suficiente y tratar de vivir de la forma más armoniosa posible dentro de una comunidad establecida. Así es como, al repasar la historia de la humanidad, la comunidad ha sido vital constante para nuestro existir, desde las tribus de cazadores-recolectores hasta la Patria como la forma moderna de la comunidad organizada.

La comunidad, como indica su etimología, es la unión de lo que tenemos en común. En una nación de naciones, como México, nos une en primer plano un pluralismo de identidades, una apasionante solidaridad entre sus habitantes, un profundo respeto por la familia y un orgullo a nuestra riqueza cultural. Todo esto tiene su efecto político en el sujeto sustantivo de la comunidad, que es el Pueblo, y, más allá de apropiarse de los términos propagandísticos donde los viejos intelectuales de la oligarquía vendían la idea de la Patria como una tragedia, quizás es hora de verla con ojos de reconciliación y destino. Al fin de cuentas, no hay Pueblo sin el otro.

Y ante la desgastada diarquía entre el individuo o el Estado, la comunidad puede y debería convertirse en un nuevo sujeto político que pueda equilibrar el derecho individual con el colectivo. Así es como el Estado se convertiría en un medio para su defensa exterior y su concordia interior, un partido político sería un medio para que llegue al poder lo mejor del Pueblo, y la propiedad sería un medio para la prosperidad de las familias y trabajadores. Nunca estos conceptos deberían ser instrumentalizados como fines porque han derivado en el totalitarismo. Sin embargo, desde la comunidad, lo importante es el Movimiento con el que nos identificamos y las instituciones populares que podemos construir alrededor de él, como los sindicatos, las cooperativas, las uniones, los círculos de estudios, los y las colectivas, y hasta algunas centrales patronales, porque —dejando de lado la antiética lucha de clases— no hay ninguna comunidad que no pueda sobrevivir sin cooperación y solidaridad entre sus habitantes. Todo esto no nace del Estado —aunque sea un mal necesario— ni tampoco del ramplón e individualista mercado —aunque no sea suficiente—, sino de la profunda necesidad que tiene la sociedad civil en organizarse en comunidad.

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