Sobre el caso del CCH Sur
El ataque en el CCH Sur nos dejó con un duelo difícil de nombrar: la muerte de un estudiante de 16 años a manos de un compañero de 19. Pero más allá del horror inmediato, los mensajes que dejó el agresor revelan una raíz inquietante: participaba en comunidades incel, un submundo digital donde el resentimiento contra las mujeres y el rechazo a la diversidad se transforman en discurso de odio y, a veces, en acción violenta.
Los incels —“célibes involuntarios”— se autodefinen como hombres a quienes las mujeres supuestamente “niegan” sexoafectivamente. En los espacios en donde conviven, esa frustración se convierte en narrativa de victimización y, pronto, en la idea de que las mujeres —y los varones que no comparten su resentimiento— son el enemigo. No es un fenómeno nuevo: el patriarcado siempre ha culpado a las mujeres de las carencias masculinas, pero este fenómeno más bien muestra a los hombres como mismas víctimas del patriarcado. La novedad es que hoy ese discurso circula sin freno en plataformas digitales, se alimenta de algoritmos que priorizan lo más extremo y encuentra eco en las juventudes que se sienten solas, enojadas y sin contención.
El caso del CCH Sur no es un hecho aislado ni un “arrebato individual”: forma parte de esta tendencia que surge en el norte global. En Estados Unidos y Canadá, varios ataques armados en escuelas han sido perpetrados por jóvenes vinculados a foros incel, mismos que están siendo replicados e incluso sirviendo de inspiración -como ya se evidenció- hoy en nuestros espacios. La misoginia digital ya está cruzando la pantalla.
El plantel donde aconteció la tragedia – CCH Sur- ya arrastraba denuncias por violencia y amenazas que no recibieron respuesta oportuna. La falta de protocolos de prevención y de acompañamiento psicológico convirtió esas alertas en gritos al vacío. Mientras tanto, los chicos —como el agresor— encontraron refugio y validación en espacios virtuales que refuerzan su enojo.
El feminismo ha abierto espacios de escucha para mujeres: programas de empoderamiento, redes de acompañamiento, campañas contra el acoso. En cambio, pocos esfuerzos institucionales trabajan con los varones jóvenes para cuestionar el mandato de masculinidad que les exige dureza, silencio y dominio. Esa ausencia deja el terreno libre a los foros tóxicos: los jóvenes encuentran allí un sentido de pertenencia, aunque sea basado en el odio.
Es urgente reconocer que los mensajes misóginos no son un simple “humor de internet”, sino que son tecnologías de poder —como diría Teresa de Lauretis— que modelan subjetividades y justifican la agresión. Silvia Federici nos recordó que el patriarcado capitalista construyó la división sexual del trabajo sobre el control de los cuerpos de las mujeres; hoy, esa vieja estructura se reconfigura en memes y chats que prometen devolver a los varones un poder que sienten perdido.
Hablar de esto no significa eximir de responsabilidad al agresor. Significa ver el entramado que permite que un joven llegue a pensar que la violencia es legítima y que un aula puede ser escenario de su venganza personal.
El duelo de la comunidad del CCH Sur merece justicia, pero también cambios de fondo: educación socioemocional con perspectiva de género, protocolos de alerta temprana, acompañamiento psicológico, y demás propuesta que se puedan construir para detener este fenómeno de la radicalización de las masculinidades en nuestras comunidades.
El feminismo ha mostrado que el patriarcado se reinventa; hoy lo hace en plataformas digitales que convierten el resentimiento masculino en ideología violenta. Ignorar este fenómeno por verlo como rareza adolescente es perpetuar la violencia de género con otros nombres. Urge una respuesta pública antes de que se traduzcan en más agresiones contra las mujeres y jóvenes.




