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Cuando la política perdió el pulso social

postal PP horizontal Pablo Quintero

La segunda vuelta presidencial en Chile no fue simplemente una jornada electoral adversa para la izquierda. Fue, sobre todo, un momento de quiebre emocional y político entre un proyecto que alguna vez prometió transformación y una ciudadanía que hoy se siente cansada, distante y, en muchos casos, decepcionada. La derrota de Jeannette Jara no se explica por una súbita derechización del país, sino por algo más incómodo: la incapacidad de la izquierda gobernante para sostener un vínculo vivo con su propio pueblo.

Durante la campaña, el mensaje fue claro, pero equivocado. Se habló insistentemente de estabilidad, de responsabilidad fiscal, de gobernabilidad. Se habló, en resumen, como si el problema principal de Chile fuera el exceso de expectativas y no la persistencia de desigualdades estructurales que siguen marcando la vida cotidiana de millones de personas. Mientras los discursos llamaban a la calma, en la calle seguían pesando el salario que no alcanza, las listas de espera en la salud pública, el endeudamiento y la sensación de que el cambio prometido quedó a medio camino.

La tibieza no fue un error táctico aislado; fue una decisión política sostenida. Se eligió no confrontar, no nombrar responsables, no incomodar a los poderes fácticos. Se apostó a que el recuerdo de la derecha bastaría para movilizar, como si el miedo pudiera reemplazar indefinidamente a la esperanza. Pero el miedo cansa y, cuando se agota, deja paso a la indiferencia. Mucha gente no cruzó ideológicamente al otro lado; simplemente dejó de sentirse convocada.

La abstención, en este contexto, no fue apatía sino síntoma. Síntoma de una izquierda que empezó a hablar un lenguaje cada vez más técnico, más administrativo, más distante de la experiencia real de quienes la llevaron al gobierno. Cuando un proyecto político deja de hablar como pueblo y comienza a hablar como gerente, algo se rompe. Y ese quiebre no se repara con spots ni con llamados abstractos a la unidad.

El papel de Gabriel Boric en la segunda vuelta profundizó esa sensación. Su respaldo a Jeannette Jara fue correcto desde el punto de vista institucional, pero insuficiente en términos políticos y simbólicos. Faltó presencia en la calle, faltó cuerpo, faltó la épica mínima que recordara por qué este ciclo político llegó a La Moneda: para disputar poder, no sólo para administrarlo. Gobernar desde la izquierda no puede reducirse a evitar errores; debe atreverse a empujar límites.

Jeannette Jara no perdió sola. Perdió junto a una coalición que, con el paso del tiempo, fue diluyendo su identidad y su horizonte. Se confundió responsabilidad con renuncia, diálogo con concesión permanente y pragmatismo con abandono del programa. En ese vacío, la derecha no necesitó convencer demasiado: le bastó ocupar el espacio que la izquierda dejó libre.

Chile no se volvió conservador de un día para otro. Lo que ocurrió fue más silencioso y más grave: una parte importante de la sociedad dejó de sentir que este proyecto político le pertenecía. Y sin ese lazo emocional, sin esa identificación profunda, ningún programa —por sólido que sea en el papel— logra traducirse en votos.

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