Entre datos y dogmas, cómo responder sin perder la paciencia
Los datos no tienen ideología, se miden o no se miden. Y los números más recientes son contundentes: En el conjunto En el sexenio de Andrés Manuel López Obrador más de 13 millones de personas salieron de la pobreza. Nunca, en la era moderna de la medición de la pobreza, el país había registrado un logro de esta magnitud. Es un hecho histórico que no se puede esconder bajo la alfombra y que constituye prueba inequívoca de que el humanismo mexicano y el modelo de la Cuarta Transformación funcionan. Se trata de un cambio estructural que no depende de narrativas, sino de realidades medibles en los hogares de millones de familias trabajadoras.
Frente a este logro, que debería generar orgullo colectivo, la reacción de las personas opositoras ha sido predecible. Las detractoras sistemáticas, esas plumas incondicionales del “no”, han buscado desvirtuar las cifras con argumentos que se derrumban al primer soplido. Se dice, por ejemplo, que el mérito es de los empresarios porque pagan salarios. Una afirmación que invierte la realidad: los salarios no caen del cielo ni son concesión graciosa del capital, son el resultado del trabajo diario de la clase trabajadora asalariada, que produce riqueza y ganancia para los capitales, y es esa enorme mayoría de mexicanas y mexicanos que dependen de su esfuerzo para vivir y que durante décadas vieron cómo los gobiernos neoliberales condenaban sus ingresos a la inmovilidad, perpetuando la pobreza. No fueron los empresarios quienes decidieron aumentar el salario mínimo en términos reales más de 110 por ciento en seis años; fue el Estado, a través de un gobierno popular, el que reconoció la dignidad del trabajo y puso a la clase obrera en el centro de la economía.
Es necesario, sin embargo, distinguir entre dos tipos de voces críticas. Por un lado, están las detractoras sistemáticas, que no buscan diálogo ni entendimiento, sino desprestigio. Para ellas la verdad es irrelevante porque su objetivo no es construir argumentos, sino repetir mentiras. Por otro lado, están las críticas dialogantes, quienes pueden disentir y equivocarse, pero lo hacen con voluntad de razonar, de ser voces críticas y cuestionantes. Con estas últimas vale enteramente la pena debatir, porque el intercambio honesto fortalece y abre caminos de mejora, mientras que con las primeras el esfuerzo suele ser estéril.
¿Cómo enfrentar entonces este escenario? Primero, entendiendo que vivimos en una época marcada por la posverdad. La infodemia, definida como el exceso de información, cierta y falsa, que dificulta encontrar fuentes confiables y guía segura, se ha convertido en un terreno fértil para la manipulación. Cuando las noticias falsas circulan más rápido que los datos y cuando el origen de un mensaje importa menos que la simpatía que genera su emisor, el debate público se distorsiona. Y no se trata solo de errores involuntarios, sino del uso intencional de mentiras como estrategia política.
En ese mar de confusión, el pensamiento crítico se vuelve indispensable. Saber argumentar, contrastar, cuestionar y, sobre todo, preguntar de dónde viene lo que sabemos, es un antídoto contra el colapso silencioso de una sociedad incapaz de distinguir hechos de ficciones. Por eso el reto no es solo ganar discusiones, sino cultivar una cultura democrática donde la crítica reflexiva sea bienvenida y las mentiras sean desenmascaradas. La ventaja moral de la transformación radica en esto: reconocer que no somos infalibles, que la autocrítica fortalece, que siempre hay espacio para corregir y mejorar.
También es fundamental reivindicar el lenguaje. Hablar de clases sociales en términos de clase trabajadora asalariada y clase propietaria de los medios de producción devuelve claridad al debate. La mayoría somos asalariadas y asalariados, dependemos de nuestro salario para vivir, y si no trabajamos no comemos. Esa condición compartida debería ser la base de un diálogo entre quienes piensan distinto, pero tienen en común la necesidad de un ingreso digno, seguridad social y un país estable. La tarea es construir puentes con las críticas dialogantes y al mismo tiempo exhibir el carácter obsoleto de las detractoras sistemáticas, que representan los intereses de una oligarquía cada vez más reducida, pero con mucho poder mediático y económico.
Vivimos una batalla comunicacional desigual, donde los medios de la élite invierten en sembrar infodemia, mientras la realidad de millones de hogares cuenta otra historia. Una familia que hace unos años sobrevivía con poco más de cinco mil pesos mensuales hoy alcanza ingresos combinados que superan los catorce mil gracias al salario mínimo, las pensiones y los programas sociales universales. Eso no es clientelismo ni dádiva, es redistribución de la riqueza y ejercicio de derechos.
Al final, conversar en la sobremesa con la prima panista o con la tía del “seremos Pejezuela” es un ejercicio de paciencia. No se trata de convencer a las detractoras sistemáticas, porque nunca lo estarán, sino de responder con serenidad a las críticas dialogantes, poner los datos sobre la mesa y reivindicar la fuerza de la verdad. Y si la conversación se complica, recordemos siempre que el dato duro es más sólido que cualquier dogma, y que la transformación ha probado con hechos lo que antes era promesa: se puede gobernar con justicia social y se puede reducir la pobreza como nunca en la historia moderna de México.



