De la democracia a la dictadura perfecta 

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De la democracia a la dictadura perfecta 

Por Horacio Franco | miércoles, 03 de junio del 2020.

El haber vivido de los 17 a los 21 años en Holanda estudiando y tratando de vivir no como un extranjero sino como un verdadero holandés –tal como lo hace Abraham Mendieta en México, lo que es dignísimo de admiración– fue una de las más importantes y significativas experiencias que me dejó la vida. Aprendí su idioma a la perfección –que no olvido nunca–, me lié con mi primer marido con quien estuve seis años a su lado; formé parte de su familia y me asimilé lo mejor posible a la cultura, a la mejor escuela de mi instrumento –la flauta de pico– en el mundo en la que había sido aceptado, al enorme nivel de democracia, justicia e igualdad y a la forma de vida de la Holanda de los años 80. Enormemente alejado todo ello de lo que se vivía en México.

Me asombraba mucho ver el respeto a las minorías, el nivel de la convivencia de las diversas etnias que pese a que tenían muchas diferencias entre ellas era casi inexistente ver confrontaciones; la sencillez de la gente acaudalada a la que jamás se veía con guardaespaldas; de  los políticos y hasta los hijos de la reina Beatrix viajando en bicicleta, en tren o en su propio auto a sus deberes. Ruud Lubbers, el Ministro Presidente, llegaba al Parlamento en su “Citroën” todo sencillo y la gente lo  esperaba a la entrada para exigirle que rindiera cuentas de algo o a dialogar con él y la sana convivencia de todas las ideologías, religiones, filiaciones, sexualidades y el respeto al derecho a ser quien quiera que fueres. Me acuerdo que cuando Juan Pablo II osó visitar Holanda todo el pueblo se volcó en contra de esa visita por lo irrelevante que un jerarca católico era para el pueblo holandés y fue fríamente recibido hasta por la misma minoría católica, y ya no se digan las protestas que hubo por parte otros sectores no religiosos que por todo lo que iba a costar esa visita salieron a las calles a repudiar el paso del “Papamóvil”. “Igualito que en México cuando fue en 1979”, pensé.

El balde de agua fría al llegar a Holanda fue tal vez por mi juventud y las ganas de liberarme del yugo familiar que nunca aceptó mi homosexualidad, una mezcla entre refrescante por haber llegado a tal paraíso democrático y liberal, y asfixiante por la enorme responsabilidad de haber sido aceptado en la escuela en que distaba de ser laxa o relajada por ser la “crème de la crème” de las escuelas de flauta del mundo. Así que cero desmadre: era muy buen chico en verdad, una mezcla entre nerd y latin lover adolescente y a trabajar como una bestia para asimilarme a tan alto nivel del Conservatorio de Ámsterdam (Sweelinck Conservatorium, en ese entonces).

Así pues empecé a vivir en una democracia donde no percibí la corrupción, la doble moral, la discriminación, el clasismo, el racismo, el favoritismo a las clases “pudientes” (había una ley en Holanda que los ricos, mientras más ganaban, más porcentaje de impuestos tenían que pagar y obviamente no protestaban), y otros muchos flagelos que a los mexicanos nos siguen golpeando. La democracia holandesa de principios de los años 80 marcó mi vida. Y al regresar a México en 1985 con una mano adelante y otra por atrás –todas las ganas del mundo para abrirme brecha  y un marido holandés–, hizo que yo mismo descubriera la famosa y vargasllosista “Dictadura perfecta” en la que México estaba inmerso cinco años antes que el peruano la declarara por primera vez en 1990.

Y hoy después de haber construido una vida y una carrera, 35 años después, que desde jovencito anhelé que una izquierda similar a la que gobernaba en los Países Bajos en los años 80 gobernara  México, heme aquí como un ciudadano que quiere un cambio profundo y verdadero: un ciudadano que anheló por décadas un gobierno que repartiera equitativamente la riqueza y que aprovechara la inminente necesidad de (casi) todo un país para que cambie de rumbo, lo que puede ser la coyuntura histórica más ansiada de México desde hace más de un siglo. ¿O quizás desde siempre?

El actual gobierno no va a cambiar lo que quisiéramos cambiar en 6 años. Y menos aún nadando contra corriente: los poderosos que perdieron sus privilegios, el COVID, las fake news, la caída de la economía mundial incluyendo los precios del petróleo, y me atrevo a decir cosas que algunos de ellos mismos han hecho o dicho “escupiendo para arriba”, que les han ocasionado cierto daño y si no se cuidan les costará mucho más, lo cual obviamente no deseo, pero es el primer indicio de un verdadero cambio de rumbo y sería muy pertinente darle todo el apoyo al Presidente Andrés Manuel López Obrador para que esto suceda. Cuando ganó Vicente Fox la presidencia había esa esperanza en el inconsciente colectivo, pero la terrible decepción por su ineptitud y los desastres que este históricamente triste y patético personaje dejó en muchos rubros (no estaba en lo más mínimo preparado para el cargo para el que se le eligió; no por mí, por fortuna y que aún inexplicablemente sigue dando patadas de ahogado) destrozaron esa esperanza. Y de ahí pa’l real:  nunca más tuvimos los mexicanos esperanza de alcanzar ninguno de los cambios profundos que anhelábamos muchos y que necesitábamos, sólo hicieron algunos “cambios”, para variar, de apariencias. Huelga recordar aquel incongruente slogan de “El gobierno del cambio” y quitarnos de encima los flagelos de este país que no tiene 80 años sino 500: corrupción, doble moral, educación de pésima calidad  y sobre todo la repartición tan inequitativa de la riqueza que parecía no tener fin sin contar la colusión con el crimen organizado que desencadenó en la absurda “Guerra contra el narco”,  e incluso nos quitaron la alimentación sana que teníamos en décadas pasadas imponiéndonos la porquería neoliberal de comida rápida de toda índole.

Después de vivir y crecer de la adolescencia a la adultez en una democracia perfecta y haber vuelto a vivir la vida de una dictadura perfecta que funcionó tan bien para solo un sector determinado de la población y dejó a tantos millones de pobres en los años del fracasado neoliberalismo me hizo, a lo largo de los años, volverme una suerte de ciudadano-artista-activista por lo que no tuve ni tengo aún reparo en apoyar a este Gobierno a cuya cabeza admiro enormemente por su enorme voluntad y astucia política, a quien no juzgo impulsiva e injustificadamente por cada cosa que haga o diga pese a que pueda no estar de acuerdo con todo, las menos cosas, pero de quien sí espero lo mejor y confío en que lo va a hacer pese a tantas y tantas contracorrientes. Podré, lo reitero, no estar de acuerdo con todo, pero menos estaría de acuerdo que México siguiera siendo esa dictadura perfecta debajo del agua que hoy dejó de ser gracias al triunfo legítimo de AMLO. 

Y para quienes digan que esto es ya una dictadura comunista habrá que sugerirles que vayan a vivir un par de años a Corea del Norte para que sigan diciéndolo. Y para quienes digan que “Mexico debió tomar decisiones como Suecia o Nueva Zelanda para la pandemia del Covid”, les sugiero que (con lo que admiro la labor que López Gatell y su equipo han hecho) conviertan a la pobreza al 50% de la escasa población de esos países, y a ver si sus muy excelentes gobiernos hubieran hecho lo mismo que hicieron y que es, desgraciadamente, lo que no podremos hacer por lo pronto en México debido al enorme número de pobres que tienen que salir a ganarse la vida. 

 

Por Horacio Franco | miércoles, 03 de junio del 2020.

Horacio Franco

Flautista mexicano con 42 años de trayectoria. Fundador y Director de Capella Barroca, primera orquesta barroca de México. Ofrece alrededor de 150 conciertos anuales y se ha presentado en las salas y festivales más importantes del mundo.

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