El fracaso del proyecto opositor
Esta semana, el Senado de la República fue escenario de uno de los episodios más vergonzosos de la política reciente, por supuesto, comandado por la oposición. En plena sesión solemne, cuando se entonaba el himno nacional, Alejandro “Alito” Moreno, dirigente nacional del PRI, decidió irrumpir en la tribuna para exigir la palabra y, al no conseguirlo, pasó de la protesta verbal a la agresión física y verbal contra el presidente de la Mesa Directiva, Gerardo Fernández Noroña y personal del recinto.
La escena es grave no solo por la violencia en sí misma, sino por lo que significa en términos institucionales y el mensaje que envía a la población. El Senado, que debería ser espacio de deliberación, diálogo y construcción de acuerdos, se convirtió en un ring en donde la palabra fue sustituida por el insulto y el golpe. El dirigente de un partido que alguna vez gobernó el país con mano de hierro, hoy reducido a su mínima expresión, expuso de manera brutal lo que ha llegado a ser la oposición en México: ruido, violencia y espectáculo.
Lo ocurrido no es un hecho aislado ni una simple pérdida de control. Es la evidencia de que la oposición ha normalizado la confrontación estéril como forma de hacer política. Al carecer de un proyecto alternativo serio, el bloque opositor apuesta por la provocación y la violencia como manera de seguir siendo noticia. En lugar de hablarle a la gente sobre propuestas concretas, sobre cómo resolver los problemas cotidianos de las familias, prefieren gritar y empujar dentro del recinto parlamentario.
De manera simultánea, bajo esta lógica de hacer política para el espectáculo, la oposición salió a las calles en una marcha bautizada como “La Resistencia”. El nombre evoca a la defensa de libertades y derechos, pero el contraste con lo ocurrido en el Senado es inevitable: ¿cómo hablar de resistencia democrática cuando se recurre a la violencia en el máximo órgano legislativo?
La marcha pretendía mostrar fuerza y cohesión, pero lo que exhibe es lo contrario: un bloque desarticulado, incapaz de articular un proyecto más allá del “no” a todo lo que provenga del gobierno de la transformación. Llamarse “La Resistencia” sin un horizonte político real es, en el mejor de los casos, un ejercicio retórico vacío; en el peor, un intento de maquillar el fracaso con consignas.
La ciudadanía ya ha sido testigo de demasiado. En un país con memoria política, la imagen de un líder priista empujando y amenazando a un legislador, mientras su partido se desangra en relevancia, pesa más que cualquier discurso. Y ver a los mismos partidos convocar a una marcha llamada “La Resistencia” después de protagonizar semejante bochorno en el Senado, solo confirma lo que muchos ya perciben: que ese proyecto opositor ya no tiene nada que ofrecer. La oposición quiere convertir el parlamento en un campo de batalla y las calles en un teatro de resistencia vacía. Pero México no necesita ni espectáculos ni simulacros: necesita certezas, necesita proyectos, necesita futuro, y sin duda la transformación ha demostrado estar a la altura.



