Pluma Patriótica

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De los límites de la democracia liberal

En tiempos recientes, hemos sido testigos de procesos políticos en distintas regiones del mundo. Las expresiones de corte fascista llaman la atención, sobre todo, por la normalidad con la que muchos aceptan su existencia o, peor aún, su protagonismo en la arena pública.

Hace apenas unas semanas, el Partido Acción Nacional recibía en el Senado a Santiago Abascal, máximo líder de VOX, el partido de ultraderecha española. Se trata de un sujeto que bien podría formar parte del extinto régimen franquista que tanto dolor le causó a España. Sus posiciones claramente enmarcadas dentro del fascismo son bien recibidas por el sector más reaccionario de Europa y de América Latina.

Si bien los contextos son diversos, esas ideas tienen un eje rector: concentración de poder y riqueza en una élite que está dispuesta a vulnerar los derechos de las mayorías con tal de frenar cualquier cambio en beneficio de los históricamente invisibilizados. Lo describo muy suave porque realmente el fascismo no es más que la expresión de un capitalismo asustado a raíz de exigencias o movilizaciones de las clases populares.

No es menor que actualmente tengan espacio este tipo de manifestaciones con un discurso de antiderechos. Racismo, clasismo, misoginia, xenofobia, entre otras, son la constante y, en el marco de la democracia liberal, son toleradas a tal grado que existen partidos y organizaciones que impulsan dichas agendas de manera abierta en distintos espacios. ¿Lo peor? Ganan elecciones y toman el poder, como fue el caso de Donald Trump, Jair Bolsonaro o Nayib Bukele, lo cual trae como consecuencia un drástico retroceso en el ámbito social, político y cultural.

En este mismo escenario, avanzan expresiones de la derecha no tan estridentes, pero sí suficientemente conservadoras como para frenar o revertir los cambios que fueron realizados durante gobiernos progresistas o populares en favor de los que menos tienen.

¿Cuál es la cuestión? La construcción vigente de nuestras democracias se basa en la tradición liberal, permite la coexistencia de diferentes corrientes o posiciones políticas y, en un primer momento, eso parece lo más sano. Sin embargo, hay momentos históricos en los que las fuerzas más reaccionarias se abren camino a través de las instituciones formales y encuentran resonancia en las calles.

La democracia liberal está agotada porque no resuelve los problemas que el sistema de producción capitalista genera inevitablemente; por el contrario, este encuentra en ella un instrumento para legitimarse. La democracia liberal da lugar a graves retrocesos en términos de conquistas sociales. La democracia liberal no permite asfixiar y erradicar al neofascismo porque, en última instancia, es el recurso final que se puede activar en caso de que las masas se radicalicen y busquen transformar la realidad material más allá de unas elecciones.

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